El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 11.
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Capítulo 11.

(ニナ・ウィットモア— Nina Withmore)

Fukuda se queda mirándome durante unos segundos, como si intentara descifrar si estaba bromeando o si realmente pretendía ir al templo con fiebre y ese brillo en los ojos que solo aparece cuando uno lleva demasiados días sin dormir bien. Pero al final solo suspira, resignado.

—Te llevo —dice, soltando un suspiro que parece sacado de un padre agotado—. Pero tengo dos condiciones.

Arqueo una ceja.

—A ver.

—Me mandas un mensaje cuando estés en casa. Uno. No necesito una novela, ¿vale? Un “llegué” y ya podré irme a dormir tranquilo.

—Hecho —respondo sin discutir.

—Y dos… —Me señala con tono amenazador, aunque la sonrisa le traiciona—. No le digas a Mina que no te he dejado directamente en tu apartamento. Si se entera, estáis las dos invitadas a mi funeral.

Suelto una risa débil.

—Fukuda, no voy a delatarte. Mina ya tiene suficientes motivos para gritarnos.

—Tú tienes más que yo.

No contesto. Tiene razón.

Conduce en silencio y dejo que mi cabeza descanse contra el cristal.

Mis ojos todavía me arden y me pesa todo el cuerpo, pero ver las calles acercándose a mi destino me alivia.

Tengo muchas ganas de huir de todo y no mirar atrás.

Estoy hasta los cojones de pretender que no estoy hecha mierda, física y mentalmente.

Necesito volver a pisar el suelo de ese lugar para poder mantenerme entera y, después, dormir hasta el amanecer, sin mirar el móvil y sin alarma.

El coche se detiene frente a la entrada del templo y Fukuda apaga el motor.

—Dahlia —me llama antes de que abra la puerta—. Si necesitas algo, lo que sea… llámame, aunque sea solo para gritarme.

Sonrío suavemente.

—Gracias, refunfuñón, de verdad.

—Vete ya —dice, haciéndose el duro—. Antes de que me arrepienta de no haberte esposado al asiento para llevarte a casa.

Ruedo los ojos y salgo del coche. El viento me enreda el pelo y las ramas de los árboles se balancean como si estuvieran danzando al compás de la hirigana, la flauta japonesa.

13 de julio, Templo Kōka

El Templo Kōka se alza frente a mí, igual de bonito y sagrado como recordaba, y eso que no hace más de tres días desde la última vez.

Lo que más me maravilla de él, aparte de que el destino quiso que aquellas chicas me condujeran hasta aquí aquel día, es el silencio que alberga en un mismo espacio tan ruidoso como lo es la ciudad.

Puedo llegar a sentir que estoy en un lugar completamente alejado de Shibuya, a cientos de kilómetros, pero apenas estoy a diez minutos en coche.

Podría venir mil veces, y aun así seguiría sintiendo ese impacto inicial que sentí la primera vez. Su belleza es delicada e intensa a la vez, como si su mera presencia impusiera respeto.

Y siempre, inevitablemente, me recuerda al Templo Katsura.

Pero no tienen nada que ver. En el Templo Katsura, el silencio se convirtió en abismo desde la muerte de Takashi Yamanaka.

Un abismo que aquí, en cambio, es una caricia en el alma.

El contraste entre ambos me desgarra el pecho, junto al recuerdo de la escena del crimen, las imágenes que tomó la policía del cuerpo de Takashi tendido sobre el suelo con una daga clavada en el corazón y las lágrimas de Yuko brotando de sus ojos por ser vista como una asesina.

Todavía puedo recordar el olor a sangre seca y cómo las paredes de esa sala son las únicas que saben qué pasó realmente ese día. Las únicas testigos de ese crimen atroz y horrible que, a día de hoy, todavía no me deja dormir por las noches.

Es imposible que no se me oscurezca el alma.

Y este templo… Este templo me recuerda también a Keith.

A sus pasos persiguiéndome cuando salí llorando de los juzgados, a sus ojos encendiéndose cuando luchábamos por el veredicto que cada uno quería, a sus palabras antes de marcharse de mi casa: “Hace tres meses… Saqué la suerte incierta en aquel templo. Sé exactamente a dónde me ha llevado”.

«¿A dónde te ha llevado, Keith?», pienso desde entonces.

Todo lo que había empezado había terminado en un mismo incendio.

◆◆◆

Trago saliva, subo el primer escalón… El segundo… El tercero… Hasta que, en el último, mi pie resbala.

—¡Ah! —exclamo, perdiendo el equilibrio.

Alzo la mano para apoyarme en la barandilla, pero mi cuerpo se inclina demasiado. En cuestión de segundos, habría terminado rodando por los escalones como una idiota febril, si no fuera porque alguien lo acaba de impedir.

Una mano cálida me sujeta del antebrazo, con toda la fuerza que puede.

—¡Eh, cuidado! —grita una voz joven y femenina—. ¡Te vas a matar!

Me enderezo, respirando entrecortada, y miro a mi salvadora, que me está agarrando para ayudarme a ponerme de nuevo en pie.

Es una chica rubia, aunque su tono de pelo es un poco más oscuro que el mío: un rubio miel perfectamente liso, que le cae justo por debajo de los hombros.

Tiene la piel ligeramente bronceada por el sol, no demasiado, y unos ojos azules, grandes y felinos, con unas pestañas largas, negras y maquilladas.

Sus facciones me recuerdan un poco a las de las princesas de una ilustración inglesa antigua, como si la hubieran dibujado sin poder hacerle justicia a su verdadera belleza.

—No quería hacerme daño —protesto, recomponiéndome y sacudiéndome el vestido—. Solo… No he calculado bien dónde pisar.

—Claro —responde ella, divertida—. Los escalones de este templo son conocidos por su sed de sangre, siempre atacan por sorpresa.

La miro con expresión muerta.

—¿Cómo?

—¡Es broma! ¿Te lo habías creído? —suelta una carcajada.

Sonrío aliviada. Qué chica más extraña.

—Soy Nina —se presenta—. Nina Withmore.

—Dahlia —respondo, aún un poco avergonzada—, Dahlia Hawthorne.

Nina ladea la cabeza con curiosidad.

—Oh, como la flor. Encaja contigo —comenta, sin pizca de ironía.

Por alguna razón, eso me desarma un poco y hace que mis mejillas se sonrojen levemente.

De repente, se agacha delante de mí.

—¿Qué haces? —pregunto, desconcertada.

—Evaluando daños. Estás sangrando —indica, señalando mi rodilla raspada—. No mucho, pero lo suficiente como para que esto pique de aquí a diez minutos.

Abre su bolso —uno algo pequeño para la cantidad imposible de cosas que saca— y empieza a desplegar un mini botiquín portátil: toallitas, un spray, gasas, tiritas con flores… Incluso una crema analgésica pequeña.

—Eres… ¿Enfermera? —pregunto.

—¿Yo? —ríe mientras me limpia la herida con delicadeza—. No, trabajo en una pastelería. Aunque, sinceramente, allí pasan cosas más peligrosas que aquí.

—¿Pastelería? —levanto una ceja.

—Sí. Turnos de madrugada, hornos asesinos, máquinas que muerden dedos… Ya sabes. Y cuando no estoy batallando contra la repostería, dibujo.

—¿Dibujas?

—Intento —responde, encogiéndose de hombros—. Mi sueño es dejar los pancakes esponjosos y vivir del arte, pero de momento solo soy buena decorando tartas con gente gritándome de fondo: “¡Más sirope, Nina!” “¡Te he pedido el matcha con leche de avena, no de coco!”, cosas así.

Suelto una risa genuina e intento taparme la boca disimuladamente con la mano para no contagiarle lo que fuera que tuviese dentro de mí.

—Suena… Absolutamente horrible.

—Gracias —dice con orgullo—. Yo también lo creo.

Termina de colocarme una tirita con pequeñas flores violetas. La miro, sorprendida.

—Qué mona.

—Es mi sello personal —sonríe—. Si un día encuentras a otra persona con una tirita como esa, será porque también la salvé de una muerte dramática e innecesaria.

—Deberías trabajar en emergencias.

—No. Sería demasiado buena y nadie soporta a los prodigios —bromea.

Vuelvo a sonreír y la miro a los ojos. Es realmente bonita.

—¿Vienes a rezar? —pregunta con naturalidad, cambiando de tema.

—Sí —respondo—. Vengo seguido.

—¿Quieres compañía? Soy buena guardando silencios incómodos.

La miro detenidamente.

Su energía es lo opuesto a todo lo que he vivido las últimas semanas: ligera, tranquila, cálida. Nada de oscuridad, nada de juicios, nada de sangre ni mentiras. Solo… Humanidad.

Y me doy cuenta de que necesito a alguien así ahora mismo.

Más de lo que pensaba.

—Sí —respondo—, me vendría bien.

—Perfecto —contesta, sonriendo como si acabara de recibir una misión importante—. Vamos, el templo siempre es menos intimidante cuando no subes sola, y menos peligroso —me guiña un ojo.

Juntas, cruzamos el arco de madera, mientras el aroma de las flores plantadas por todo el jardín flota en el aire y las campanas lejanas resuenan anunciando la media mañana. Por primera vez desde que me levanté, me siento mejor, aunque sigo teniendo un poco de febrícula.

Es como si un ángel hubiera aparecido de la nada para ofrecerme una tirita… En más de un sentido.

◆◆◆

Cruzamos el umbral del templo y el silencio nos envuelve al instante.

El interior de la sala huele a madera antigua, y el calor del sol de julio entra por los ventanales.

Nos quitamos los zapatos y caminamos despacio, con los pies descalzos sobre las alfombras que crujen a cada paso que avanzamos.

Nos miramos avergonzadas, intentando no reír y no armar escándalo.

Al avanzar hacia la sala de rezos, deslizamos la puerta suavemente hacia la derecha para abrirla, y justo cuando nuestros ojos se posan ante el altar de la celebración, vemos que están realizando el Oharai.

El Oharai es uno de los rituales más comunes y antiguos del sintoísmo.

Su objetivo es eliminar impurezas espirituales, como los kegare, y restaurar el estado de pureza, al que llaman harae.

Se realiza tanto para personas como para objetos, amuletos, e incluso espacios.

Un sacerdote, al que aquí se le llama kannushi, se viste con un hakama blanco.

Los visitantes se colocan en filas desordenadas, ya que no es una ceremonia privada, sino un ritual abierto, corto y cotidiano, y el sacerdote les recibe con un haraigushi: un cetro de madera con tiras de papel blanco, las shide, que representan la pureza.