El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 10. #3
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Capítulo 10. #3

El teléfono empieza a vibrar con insistencia. Mina.

—¿Te pillo bien? —pregunta, alegre y directa, como siempre.

—Sí… Acabo de salir de la consulta —respondo—. Ya me han visitado.

—¿Y el doctor? —insiste, y por un instante un cosquilleo me recorre la espalda.

—Se llama Hayato Nakahara —contesto, notando cómo el nombre parece flotar entre mis pensamientos—. ¿Lo conoces?

—No… Nunca he ido a esa clínica, pero me la recomendó una amiga que trabaja cerca de los juzgados. Está prácticamente al lado del bufete y puede ser interesante tenerla como referencia, por si pasase algo.

Asiento y, aunque Mina no puede verme, la cara del doctor vuelve a mi cabeza. De verdad, no es una atracción desbordada, pero hay algo en su porte, en la calma de su mirada y la precisión de sus gestos... que me llama la atención.

—Ha ido bien, no te preocupes. Me ha recetado unas pastillas y dice que quiere que vuelva dentro de una semana para revisar que todo esté bien —le explico.

—Me alegro —contesta—. Alguien estaba bastante preocupado por aquí mientras no estabas… Alguien un poco gruñón.

Río suavemente, sintiendo cómo el calor de la fiebre y el cansancio todavía me pesan sobre los hombros.

—No cambiaréis nunca —comento, divertida.

—Vale, vale, no te entretengo más —continúa Mina—. Pero hazme caso, vete a casa a descansar, tengo una sorpresa esperándote al otro lado de la calle.

Levanto la vista automáticamente y mis ojos se encuentran con el Toyota de la comisaría de Tokio aparcado justo delante de la clínica. Las luces encendidas me hacen fruncir el ceño y aprieto los labios.

—¿Podéis dejar de hacerme pasar vergüenza? Se van a pensar que soy una criminal —digo, consciente de que estar enferma me hace ser más reactiva de lo normal.

—No te quejes tanto, encima que tienes chófer privado. Cuelgo, que están llamando al timbre. ¡Cruza la calle con cuidado!

Apago el teléfono y suspiro, intentando recomponerme. No tienen remedio.

Camino hacia la acera opuesta y allí está Fukuda, en el asiento del conductor con un café enorme en una mano y un cigarro encendido en la otra.

—¿¡Pero tú desde cuándo fumas!? —digo, sorprendida. No me ha escuchado porque tiene las ventanillas subidas—. ¡Fukuda! —Doy un golpe seco a la ventana con el puño.

—¡Dahlia! —responde de golpe, bajando rápidamente la ventanilla—. ¡No sabes lo que me he asustado cuando Takumi me ha llamado y me ha dicho que estabas en la clínica! ¿Estás bien?

Pestañeo varias veces mientras le miro fijamente.

—Madre de Dios… —Me llevo los dedos hacia el puente de la nariz—. ¿Me puedes explicar qué haces tú con un cigarro en la mano… encendido? ¿Con las ventanillas subidas, dentro del coche?

Abro la puerta cuando quita el seguro y me siento.

—Apaga eso, ya —ordena.

—No me hagas un interrogatorio en plena calle. Es que llevo varias semanas agobiado y… —explica—. No encuentro otra manera de desestresarme.

—Fumar palos de cáncer y beberte medio litro de cafeína no va a ayudar a desestresarte, idiota.

Arquea una ceja y apaga el cigarro.

—Está bien, tienes razón, pero no me castigues más, hoy no tengo el mejor de los días… —dice, cabizbajo—. Pero… ¿Te encuentras bien o no? Y no me refiero solo a la fiebre.

—Sí —contesto, evitando sus ojos por un momento—. Nada grave. Solo sobresaturación de trabajo y un poco de agotamiento.

—Hm —dice, cruzando los brazos—. Me alegra saberlo, aunque alguien tenía que decirte que parar no es un lujo, Dahlia. Es… necesario.

—Ya lo sé, pero tú también estás igual que yo, así que no tienes derecho a darme la tabarra, y lo sabes.

—¿Crees que cuando acabe el caso nos internarán? Nos está pasando factura.

—A ti sobre todo, capullo —río mientras le doy un codazo y soltamos una gran carcajada a unísono.

Suspiro, un poco desconcertada. El aire fresco y haber salido de la oficina me ha venido bien, pero todavía tengo algo que hacer antes de ir a casa y pasarme un par de días en la cama.

—Fukuda, necesito que me lleves a casa —le pido—. ¿Te importa?

Él asiente. Siempre me ayuda en todo, conoce mis límites y los respeta al mismo tiempo.

—Si no te llevo a casa, Mina Tanaka va a hablar con mi abogado, y no eres tú, precisamente. Esa mujer da miedo cuando se enfada…

Exploto de la risa.

—¿Mina? Estás de coña.

Fukuda empieza a tiritar y pone las manos al volante, con la mirada fija en la carretera.

—Créeme, no la has visto enfadada si no cumples con algo que te pide. Mejor vámonos ya.

Asiento y, mientras lo hago, me siento extrañamente…

aliviada. Aunque todavía febril y cansada, la tensión que llevaba encima se reduce un poco.

Por ahora, solo conducimos en silencio, mientras me repito que debo mantener la cabeza fría, porque hay cosas más importantes que cualquier distracción pasajera…

Incluso cuando tu propio médico tiene un aire que puede confundir a cualquiera.

—Fukuda —interrumpo el silencio.

—Dime, ¿pasa algo?

—¿Podrías dejarme en otro lugar? Luego iré yo misma en taxi hacia casa, pero… ahora mismo necesito ir allí.

Fukuda levanta la ceja y me mira extrañado.

—¿Adónde?

—Al Templo Kōka.