El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 10. #2
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Capítulo 10. #2

Saben que no tengo escapatoria y que me he estado reventando a trabajar para no pensar; para no sentir... Para no enfrentar lo que había pasado entre Keith y yo, y para no enfrentar lo que siento cada vez que intento dormir.

Me incorporo lentamente y empiezo a recoger mis cosas.

—Está bien —suspiro—. Me voy, voy al médico. ¿Contentos?

Takumi levanta una ceja, como si no se fiara.

—Contento no es la palabra. Tranquilo se acerca más.

—Sí, sí, como quieras —respondo, metiendo todo en mi bolso con prisa: móvil, llaves, un par de carpetas, mi botella de agua medio vacía.

Mina sonríe y me da un pequeño toque en el brazo.

—Te enviaré la dirección por mensaje. No te distraigas, ¿vale?

—No me distraigo —digo, automáticamente. Luego recuerdo el curry quemado y cómo casi golpeo a Keith con una sartén en la cabeza—. Normalmente.

Me cuelgo el bolso sobre los hombros y camino hacia la puerta antes de que me dé tiempo a arrepentirme.

—Dahlia —me llama Takumi desde atrás.

—¿Qué? —pregunto, sin girarme.

—No corras, te vas a marear.

—Prometo no desmayarme en la calle —le vacilo.

—Esta mujer… —Le escucho rezongar mientras la puerta se cierra tras de mí.

Y bajo a la ciudad, con la fiebre empapándome la piel y la sensación de que, en cualquier momento, mi corazón puede darme un susto peor que esta maldita gripe.

13 de julio, Clínica Sakura Kurinikku, Tokio

La clínica está sumida en un silencio extraño para ser media mañana. El cartel de “Clínica Sakura Kurinikku” cuelga sobre una fachada moderna junto a un par de faroles tradicionales de color blanco.

Algo en este lugar parece decirme que, por fin, puedo parar un rato… Aunque la fiebre y el cansancio me recuerdan que no va a ser instantáneo.

Empujo la puerta acristalada y un aroma tenue a flores mezclado con desinfectante me envuelve. Me apoyo en el mostrador, tratando de mantener el equilibrio, mientras la recepcionista me toma los datos y me pide que espere a que me llame el doctor en la sala de espera número 6.

Me duele la cabeza, la piel me arde y tengo la garganta seca. Tomo un poco de agua y vuelvo a pensar en Yuko, en Kioto, en Keith… Todo a la vez me provoca un dolor punzante detrás de los ojos. Cada intento por respirar decentemente me recuerda que mi cuerpo ha llegado al límite.

La puerta del consultorio se abre.

—¿Hawthorne-san? —dice una voz grave, raspada y masculina.

Me está llamando el doctor Hayato Nakahara.

Es alto y tiene el pelo negro, revuelto y despeinado, pero sin pasarse. Viste una bata blanca con una placa grabada: “Dr. Nakahara”, y su postura refleja autoridad absoluta. Tiene cara de médico.

Sus ojos oscuros me estudian con detenimiento mientras me invita a pasar pacientemente por la puerta. Algo en su mirada me hace tensarme sin motivo aparente.

—Sí… Soy yo —respondo, débil y ligeramente desconcertada.

—Por aquí, por favor —dice, señalando la camilla.

Su despacho es cálido y tiene focos de luz fría instalados en el techo, paneles de madera y cuadros botánicos.

Me siento y teclea algo en su ordenador; parece que está revisando mi historial médico.

Sus movimientos son curiosos, pausados y calculados, como si no estuviera pendiente únicamente de mi estado físico, sino de todo lo que estoy proyectando.

—Lleva poco tiempo en Japón, Hawthorne-san —comenta al fin—.

He revisado su historial y no me preocupa.

Veo que no tiene antecedentes por ningún cuadro médico grave, nunca ha estado hospitalizada ni ha tenido ninguna baja laboral importante.

Tampoco veo medicación que me preocupe en su cartilla, aunque observo un par de benzodiacepinas...

—La abogacía es un poco... complicada, doctor —me justifico.

—Entiendo que necesite relajantes musculares, pero no abuse de ellos.

—La ansiedad no se va sola.

—Lo sé, simplemente me preocupo por usted.

El doctor me mira fijamente.

—He venido porque tengo fiebre, o eso dicen mis compañeros.

Sonríe levemente, con una diversión contenida.

—Entonces tienen buen ojo.

Se acerca con el estetoscopio, pero antes de tocarme, me observa unos segundos. Su mirada grisácea, con toques amarronados, me hace sentir vulnerable.

—¿Ha dormido bien estos días? —pregunta.

—No mucho —respondo—. Entre el trabajo y otras cosas, no he tenido tiempo de dormir demasiado.

—Para dormir siempre hay tiempo, señorita Hawthorne-san —dice, levantando una ceja, intrigado—. Su cuerpo lo nota y todo el exceso de horas de trabajo y tensión se refleja en él.

—No es tan grave —intento minimizarlo, aunque sé que le estoy mintiendo.

—Grave o no, su cuerpo habla —replica—, y yo soy su médico. Déjeme adivinar… Juicios, investigaciones, papeleo interminable… Y, aun así, aquí está.

Me encojo de hombros, consciente de que estoy a punto de sonar fría.

—Es trabajo. Mantener la cabeza ocupada me ayuda —digo, sin mirarle a los ojos.

—Claro —responde—. A veces el cuerpo llega a su límite antes que la mente y, a veces, alguien tiene que recordarnos que debemos escucharle.

No puedo evitarlo; siento un escalofrío al escuchar ese diagnóstico hecho con una simple observación.

—Descanse una semana —me indica, escribiendo algo en la receta—. Nada de jornadas largas, juicios, interrogatorios… Su sistema inmunológico necesita un respiro. Tómese estas pastillas cada ocho horas durante cuatro días, sin excepción.

—No puedo —respondo.

Alza la vista, con una sonrisa que parece aceptar mi terquedad con paciencia.

—Oh, Dahlia —dice, tuteándome por primera vez—. Es usted muy obstinada, pero incluso los más fuertes necesitan parar antes de quebrarse.

—No necesito que me digan lo que debo hacer —respondo, firme, aunque mi voz suena más débil de lo que quiero admitir—. Le agradezco el diagnóstico, doctor, pero es un simple resfriado y estoy aquí porque mi jefe me ha obligado a venir, no por voluntad propia. Mañana estaré bien.

—No se preocupe, no es una orden —se inclina un poco hacia mí—. Solo… Un consejo de alguien que se preocupa por usted.

El corazón empieza a irme un poco más rápido de lo normal. Nada romántico, pero hay algo en su tono y en las palabras que está usando que me hace tensarme. Debe tener unos diez años más que yo, más o menos la edad de Joseph. No siento atracción física por él, pero... Quizás sí, curiosidad.

Guarda la receta en un sobre y me la entrega. Su mano roza la mía de forma accidental o deliberada, y me sonrojo, aunque la fiebre me salva de que se dé cuenta de ello. Me levanto para irme y él se ofrece a abrirme la puerta con un gesto caballeroso.

—Vuelva en una semana, quiero asegurarme de que mejora —su tono no admite discusión.

Asiento y me voy, pero su voz me alcanza de nuevo.

—Cuídese, Hawthorne-san. Le repito, el cuerpo siempre habla antes que la mente.

Me giro, desconcertada y un poco incómoda. Respondo cortante.

—Gracias por la visita, doctor. Cuídese usted también.

Mientras salgo a la calle, respiro hondo.

Es atractivo, seguro de sí mismo, medido…

Incluso intimidante. Y, a pesar de todo, su profesionalidad y la forma en que parece preocuparse por mí sin cruzar límites me hace pensar, brevemente, que podría ser alguien en quien confiar…

Si las circunstancias fueran diferentes.

Pero no lo son.

Y no puedo permitirme distracciones.

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