El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 10.
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Capítulo 10.

(消えた炎の灰— Cenizas de un fuego apagado)

Dormí. O, al menos, hice el intento.

Después de que Keith se fuera aquella noche, subí a mi habitación como una sombra que no sabía dónde colocar el cuerpo ni qué hacer con el vacío repentino entre las manos.

No lloré al instante; el llanto vino después, mucho después, cuando ya estaba bajo las sábanas y las luces de Tokio entraban por la ventana como pequeñas cicatrices.

Cerré los ojos deseando que el sueño me arrastrara lejos, pero no funcionó.

Mi mente seguía allí, en su espalda alejándose, en su cigarro encendiéndose al otro lado del portal, en mi estúpida carrera descalza.

El cansancio ganó y mi cuerpo, agotado por tantas emociones, demoró apenas unos minutos en dejar caer mi conciencia como quien apaga una cerilla que ya no se va a volver a encender.

A la mañana siguiente, cuando desperté, ya no quise permitirme pensar.

Me duché deprisa, me recogí el pelo en una coleta improvisada y salí del apartamento sin desayunar. Sentía la mirada del espejo juzgándome mientras me calzaba en el recibidor, pero no quise enfrentarme a ella. Preferí enfrentarme al trabajo. Preferí enfrentarme a todo menos a mí misma.

Al llegar a la oficina, lo supe al instante: algo no iba bien. Fukuda, Takumi y Mina estaban allí, los tres juntos, en un silencio tenso, como si hubieran ensayado lo que iban a decirme. Sus ojos me siguieron cuando entré, y ninguno de ellos pareció saber por dónde empezar.

Fue Fukuda quien habló.

—La investigación del caso… Se pausaba.

Tres semanas. Tres semanas largas, pesadas, exasperantes.

El inspector Oshida había llamado a primera hora.

Al parecer, después del primer juicio, el juez y la Policía Metropolitana de Kioto se reunieron y llegaron a una decisión conjunta: el Templo Katsura debía ser analizado desde cero por la policía científica.

Cada rincón, cada viga, cada grieta, cada mota de polvo.

Un proceso minucioso, lento y protocolario.

El juez emitió una orden judicial inmediata: la buhardilla del templo quedaba totalmente inhabilitada. Nadie entraría, ni siquiera la fiscalía, hasta nuevo aviso.

Un cierre completo, un bloqueo absoluto y una pared invisible levantada justo delante de nuestras propias manos.

La noticia nos vino por sorpresa y me sentó como un jarro de agua helada.

Aunque expresamos nuestra disconformidad, no tuvimos espacio para protestar; la ley lo había decidido.

Tuvimos que aceptar la pausa obligatoria y, simplemente, esperar a nuevo aviso.

Un intervalo insoportablemente largo para una investigación que ya estaba colgando de un hilo.

A Yuko la trasladaron de la comisaría de Tokio a Kioto, de regreso al sitio al que pertenecía, pero permanece bajo arresto. Su única familia era Takashi Yamanaka y su único hogar la escena del crimen, el Templo Katsura.

Un templo que ahora está manchado de sangre y era inhabitable.

El monje Fujita Haruko —quien descubrió el cadáver— pidió acogerla. Solicitó arresto domiciliario, intentó interponerse entre la fiscalía y la soledad de Yuko, pero le fue denegado. Intenté luchar por ello, pero fracasé. Una derrota silenciosa más que todavía arrastro conmigo.

Mientras tanto, los testigos siguen sueltos y los días avanzan como un reloj sin aguja. El verdadero asesino sigue libre, y yo no puedo hacer nada.

Nada.

Takumi, siempre sensato, intentó convencerme de que me diera un respiro. Seguimos trabajando en otros casos menores, juicios rápidos que no dejaban huella, pero mi mente estaba en otro sitio, y mi corazón aún más lejos.

No volví a ver a Keith desde aquella noche.

No sé nada de él desde hace semanas enteras. Ni una llamada, ni un mensaje... Nada.

A veces, demasiado a menudo, revisaba su último mensaje: “Si no abres la puerta, la tiro abajo, te dejo elegir”. Un eco que sigue viviendo en mi pantalla y que no borré.

Y al que tampoco respondí.

Mientras tanto, mi vida se fue ordenando sola, casi por inercia.

Mi apartamento quedó completamente amueblado y Mina me arrastró de compras más de una tarde para llenar mi armario de vestidos, zapatos y cosas inútiles que, sin embargo, me hacían sentir extrañamente viva.

Guardé mis maletas al fondo de un armario que ya no necesitaba abrir.

Yukiko vino a verme un par de veces; cocinó conmigo, me enseñó recetas que anoté con esmero en mi móvil y las intenté replicar entre lágrimas y risa.

A veces, las hijas de mi vecina Emiko me llaman al timbre porque quieren jugar.

Les encanta que las maquille, las vista con mis vestidos y les ponga canciones pop internacionales para bailar durante horas.

Solo tienen tres y cuatro años, y son unas diablillas de manual, pero me hacen olvidarme de lo que hay ahí fuera, que es lo importante.

También volví un par de veces al templo donde recé aquel día tras el juicio. El monje ya me saludaba como si fuera una presencia habitual, y me contó que el templo Kōka significaba “Templo de la Flor Carmesí” o “Escarlata”, por el color intenso de ciertas dalias.

Me pareció casi una burla del destino.

Tenía prohibido visitar a Yuko, y, aun así, soñaba con ella cada noche. Sus ojos perdidos, su inocencia abandonada en un pasillo frío en la comisaría…

Mi impotencia pesaba más que cualquier carga que hubiese sentido antes.

Y cada día que pasaba, pensaba un poco menos en él.

No porque doliera menos, sino porque nuestra promesa silenciosa funcionó como un muro de piedra. Él no quería tocarme y yo no quería tenerle cerca. Dos vertientes alejándose con el mismo fin: no volver a incendiar aquello que jamás debió prender.

No sabía cómo sería volver a verlo, pero tampoco lo deseaba. Ya no. Estaba mejor así; estaba más segura así.

Su silencio y su ausencia me enseñaron algo que tardé semanas en comprender: éramos como una cerilla.

Una cerilla es pequeña, insignificante. Pero cuando la enciendes, arde rápido, ferozmente, como si el mundo dependiera de esa llama en medio de un bosque a pleno invierno.

Y cuando se apaga, lo deja todo ennegrecido.

Eso fuimos nosotros: una chispa veloz, una llama intensa, una advertencia ignorada.

Nunca debimos encender el mechero.

Nunca debimos rozar la punta del yesquero.

Pero lo hicimos.

Nos prendimos.

Y ahora, éramos las cenizas de miles de papeles quemados que ya no volverán a ser leídos.

13 de julio, Bufete de abogados Mei & Co.

—Hiroshi, tiene fiebre.

La luz blanca de la oficina cae sobre mi mesa como si quisiera exponerme.

Hay papeles por todas partes: informes sin revisar, declaraciones subrayadas, notas mías tan marcadas de fluorescente que parecen más un diario de guerra que trabajo.

Y yo, aquí estoy, en medio de todo esto con el pelo mal recogido en una pinza, las mejillas ardiendo y una palidez que ni siquiera me he molestado en disimular con maquillaje esta mañana.

Takumi aparece detrás de Mina, caminando con su bastón y esa expresión de “lo que nos faltaba” clavada en la cara.

—Mina, estoy perfectamente —Intento sonar convincente, pero no puedo engañar a nadie, la garganta me raspa muchísimo—. Solo son unas décimas y estrés, nada nuevo.

Mina da tres pasos hacia mí, se inclina un poco y me mira como quien analiza a un paciente moribundo.

—Calor no es, cariño —Me toca la frente con la palma de la mano—. Estás ardiendo, tienes los labios secos y estás tiritando.

—No estoy tiritando —contesto, cruzando los brazos para ocultarlo. Una decisión mediocre, pues en cuanto lo digo, empiezo a temblar entera.

Los ojos de Takumi se entrecierran.

—Dahlia —está cabreado—, llevas tres días quedándote hasta las once de la noche aquí dentro. Tres días. ¿Crees que no lo sé? ¿Te crees invisible?

No sé qué responder.

—He… trabajado un poco más de la cuenta, sí, pero estoy bien —respondo en voz baja, sabiendo que es mentira. Mi cuerpo lleva días pidiéndome que descanse, pero si dejaba de moverme, mi cabeza volvería a él, a Kioto, a Yuko... A todo lo que me está consumiendo.

Takumi, por supuesto, no iba a dejarlo pasar.

—Eres abogada, no mártir —Se acerca, apoya las manos en mi mesa y me mira desde arriba con severidad—. Y no voy a permitir que alguien se me desplome en medio de un juicio. No estamos en un drama de hospital, Dahlia. Aquí, si la gente se enferma, va al médico, punto.

—No estoy enferma —repito, ya sin convicción.

—¿Quieres que te traiga un espejo? —replica Takumi—. Porque ahora mismo pareces un personaje de Dickens abandonado en la nieve.

—Vale, ya basta —refunfuño, sintiendo cómo la fiebre me sube.

Mina interviene antes de que la discusión se vuelva más seria.

—Dejad de pelear —Su tono es suave, pero firme—. Dahlia, Hiroshi te está diciendo esto por tu bien, te lo prometo… Solo quiere que, lo que sea que tengas, no empeore.

Me agarra el brazo despacio, con ese cariño natural que solo Mina sabe ofrecer sin sonar condescendiente.

—Escucha —Saca el móvil y busca algo rápidamente—.

Hace tiempo me recomendaron un médico de cabecera muy bueno.

Su clínica está aquí cerca, a diez minutos caminando, se llama “Clínica Sakura Kurinikku” —lee—, más conocida como la Clínica del Cerezo en Flor.

Es privada y lo cubre nuestro seguro médico.

No tendrás que esperar mucho y sabrán tratarte esa fiebre.

Inspiro hondo, como si necesitara aire para sostener mis excusas.

—No quiero perder tiempo —protesto—. Todavía tengo que revisar la declaración del monje Haruko y…

—Y no vas a ir a Kioto si sigues enferma, porque te vas a morir antes —Me interrumpe Takumi con una contundencia que me deja muda.

Me quedo quieta.

Kioto.

Volver.

La investigación.

Yuko.

Takumi sigue hablando, con un tono que mezcla autoridad y preocupación.

—Es muy probable que reabran el caso pronto, ya lo sabes. Y si tú estás aquí, muriéndote de fiebre, no pienso llevarte a cuestas, ¿me oyes? No voy a permitir que aparezcas delante del juez como si vinieras de luchar contra un dragón.

—Dahlia… Hazlo por ti, no pasa nada por parar un momento.

Bajo la mirada.