Capítulo 9. #3
—Te odio por lo que eres y por lo que le has hecho a todas las personas importantes que he conocido aquí. Has jugado conmigo para que bajara la guardia, pero te has equivocado en una cosa: ha pasado tan rápido que no ha llegado a significar nada para mí —miento.
Tomo aire profundo, con las lágrimas todavía rodando por mi cara.
—Me he corrido con muchos más hombres, y me han escuchado gemir muchos otros más. Haz lo que quieras, pero no va a ser conmigo. Serás el fiscal y yo seré la abogada, como tuvo que ser desde el principio. Fuiste tú el que me pediste que no me importara; ahora ya estamos en paz.
Me mira en silencio, con la intensidad de su mirada chocando con mi fuego interior. Por un instante, el tiempo parece detenerse. Ni él habla, ni yo consigo respirar con normalidad. Todo lo que hemos compartido, todo lo que hemos sentido, está suspendido en este instante oscuro.
Enemigos, pero peligrosamente cerca de algo más.
—Ya te lo dije, Hawthorne —responde—. Eres una abogada incompetente. Y tan incompetente eres que así son tus deducciones.
Su respuesta me pilla por sorpresa. Espero alguna reacción, un indicio que afirme la verdad de mis palabras, pero permanece impasible. Sus ojos siguen fijos en mí, oscuros, y no puedo captar ni una sola emoción.
—¿Eso es todo? —pregunto con el corazón en un puño—. Después de todo… ¿eso es lo único que tienes que decir?
—Si esa es tu verdad, que así sea. Yo también decido en la corte cuáles son mis verdades, y siempre opto por las que más me convienen e interesan.
Mi pecho se contrae. Sé que lo dice para protegernos a los dos de algo que nosotros mismos no podemos controlar.
—Keith… —Intento decir, pero me corta con un movimiento leve de la cabeza.
—Basta —dice sin dejar de mirarme—. No hay nada más que discutir. No vas a ser mi tentación, ni mi distracción, ni mi perdición. No vamos a tocarnos más.
El silencio se tensa entre ambos. Puedo sentir cómo mi respiración se acelera y cómo mi cuerpo responde a su presencia, aunque él quiera mantener esa distancia de acero que me deja fuera de alcance.
Quise decir algo más, gritarle que no puede hacerme esto, que no es justo, que todo lo que ha pasado me ha dejado enloquecida… pero no me sale la voz. Mis manos tiemblan y todo mi cuerpo grita porque quiere tocarle y buscar en él un poco de calor, un poco de consuelo...
Aunque me lo esté negando con la mirada.
—Eres culpable, Keith Kudo, siempre lo serás —sentencio.
Se dirige hacia la puerta con pasos medidos, pero antes de abrir, se gira ligeramente hacia mí.
—Hace tres meses… saqué la suerte incierta en aquel templo. Sé exactamente a dónde me ha llevado.
Portazo.
El golpe de la puerta resuena en mis oídos, y mi corazón vuelve a romperse por quinta vez.
Quiero correr hacia él… pero mis piernas no responden.
Cuando logro reaccionar, agarro mi chaqueta blanca y la cuelgo sobre mi brazo mientras tiemblo, pero no por el frío de esta noche de verano en Tokio, sino por todo lo que ese hombre acaba de dejar en mí, en mis manos, en mi suelo.
Corro casi sin pensar, deseando alcanzarlo, pero el ascensor está ocupado y —no me preguntéis cómo— bajo a pie veintiocho pisos. Cuando llego a la planta baja, salgo a la calle y veo a un Porsche Cayman negro arrancar.
Allí está él, sentado al volante, encendiéndose un cigarro con calma, indiferente a todo, incluso a mí. Mi corazón se descompone de nuevo al ver su perfil a contraluz, viendo cómo se aleja.
Me quedo descalza en el portal, con la chaqueta blanca arrugada sobre los hombros, las lágrimas cayendo sin control y la garganta ardiendo por contener los gritos que no salen.
Cada kilómetro que Keith hará en la carretera, alejándose de mí, se me clava como un puñal en el pecho; muy parecido a la daga que usaron como arma del crimen.
No puedo dejar de preguntarme cómo alguien puede ser tan frío y, a la vez, tan imposible de ignorar.
El vacío que deja en su huida es desgarrador. Quiero maldecirlo, gritarle que vuelva, que no puedo permitirme sentir esto, que no tiene derecho a dejarme así… Pero mi voz se ha roto, y ahora solo queda un nudo de emoción que me ahorca.
Tampoco lo llamo, ni borro su número.
Mis manos tiemblan mientras me abrazo a mí misma y me quedo de cuclillas, tratando de calmar el torbellino de deseo, rabia y tristeza que ha dejado en la cocina de mi apartamento.
Cada lágrima que cae reclama un poco de su atención; un poco de lo que jamás me dará.
Y, aun así, una parte de mí sabe que no puede odiarlo por completo porque, si sigue siendo el mismo y sigue a mi lado… ya es demasiado tarde para apartarme.
Aunque voy a hacer todo lo posible para hacerlo. Lo juro.
Ahí, de pie frente a la puerta, descalza y temblando, me prometo algo a mí misma: no importa lo que él haga, no importa cuán lejos se vaya…
Mientras viva en Tokio, mientras compartamos espacio en esta batalla de sangre y deseo, escaparía de él.
De su fuego y de sus llamas. Y si tenía que quemar el juzgado entero para no verle más, lo haría.
Keith, lo haré.
Hazlo tú también, por favor.