El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 9. #2
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Capítulo 9. #2

Keith arquea una ceja con curiosidad. Ese gesto le delata y me confirma que sabe perfectamente de quién le estoy hablando. Vuelve a posar su mirada en mí con intensidad, como si estuviera reclamándome que le dé más detalles.

—¿Por qué no controlas a las gatas que metes en tu propio equipo? —continúo mordiendo mi labio y cruzando los brazos con decisión, intentando que mi postura muestre seguridad, aunque por dentro me siento desbordada—. ¿O me ves a mí yendo a tocarle los cojones a tus hombres?

Keith deja escapar una pequeña risa divertida y no se deja intimidar.

—Tú te llevas muy bien con el inspector Oshida, por lo que he visto —añade.

—Yo no me he follado a Oshida —le respondo.

Por un momento, el silencio llena mi apartamento. Puedo sentir la electricidad en el aire y la tensión que nos envuelve y me hace temblar de pies a cabeza. Keith se acerca y me coge por la barbilla. Su pulgar acaricia mi piel con suavidad y se me forma un nudo en el estómago.

—¿A dónde vamos a ir a parar…? —susurra con una sonrisa, inclinándose apenas un poco hacia mí. Su aliento roza mi oído.

—Déjate de gilipolleces, Kudo —respondo apartándole, intentando recuperar la autoridad, aunque mi voz sigue quebrada bajo su presencia.

No me hace caso y vuelve a acercarse hasta que sus labios casi tocan los míos. Ese puñetero gesto es el que me obliga a retroceder sin apenas tener espacio.

—¿Te la has follado?

El corazón se me acelera y, por un segundo, siento que puedo romperme en pedazos allí mismo.

No es la pregunta en sí, sino la manera en la que tengo que prepararme mentalmente para afrontar su respuesta si no me da la que quiero escuchar.

Un ápice muy pequeño de esperanza me dice que quizás Olivia me ha mentido y que simplemente quiere desubicarme y ponerme celosa, por algún motivo que todavía desconozco.

Aun así, los demonios de mi cabeza también me dicen que quizás estaba a punto de verificar todas las posibilidades que me habían acompañado en la cabeza durante el día de hoy, y que no quería creer.

El mundo no gira alrededor de nosotros dos, pero, ahora mismo, para mí sí.

—Por supuesto que me la he follado.

Me quedo paralizada, sintiendo como si me acabara de apuñalar con el cuchillo que tenemos encima de la isla a apenas unos centímetros. Quiero odiarlo, empujarlo, gritarle, arañarle, echarlo de casa… pero, simplemente, no me muevo.

Keith no es nada para mí. Y yo no soy nada para él.

¿Cuál se supone que debe ser mi reacción, entonces?

Inevitablemente, siempre nos acaba pasando esto a las mujeres.

Por una vez, lo prometo, creí que podría haber sido distinto y que, al menos, si solo había sido fruto del deseo y de nada más, no habría nadie más involucrado.

Idiota de mí creer que un hombre como él podría ofrecerme algo así.

—Hawthorne —interrumpe mis pensamientos.

Levanto la cabeza y le miro a los ojos, sin decir nada.

—He venido por ti.

Los abro mucho, asombrada.

—¿Qué?

Lo susurro, casi sin voz. Estoy nerviosa e incluso me siento avergonzada.

Keith me agarra la cara con ambas manos. Sus anillos se sienten fríos y sus pulgares me rozan suavemente las mejillas.

—He venido hasta aquí porque tengo que decirte algo.

Me quedo paralizada y mi corazón se acelera. Mi cuerpo reacciona siempre antes que mi mente, y el simple hecho de tenerlo allí, en mi cocina, es suficiente para no saber cómo controlar la situación, o qué hacer después de esa confesión un tanto inesperada, a mi pesar.

—¿Qué quieres decirme?

—Quiero prometerte algo —dice mirándome a los ojos con intensidad absoluta—. Esta mañana te he dicho que no iba a tocarte más, ¿lo recuerdas?

Asiento, incapaz de hablar. Mi garganta se ha cerrado. Cada músculo de mi cuerpo está alerta.

Keith se quiere acercar más, pero es imposible, estamos pegados cuerpo con cuerpo.

—Quiero que sepas que jamás te voy a follar —Lo dice despacio, midiendo cada palabra, como si fuera la única verdad que existe en este instante—. Quiero que te quede claro.

No reacciono; no esperaba escuchar eso. Mi corazón se ha encogido y me duele un poco, mientras mi mente busca respuestas y no encuentra ninguna.

—¿Es por Olivia? —logro susurrar, sin poder apartar la mirada—. ¿Es tu mujer? —pregunto de nuevo, buscando un asidero, intentando racionalizar lo irracional.

—No —contesta con frialdad—. No pertenezco a ninguna mujer.

Siento cómo me empiezan a caer lágrimas por toda la cara, calientes y traidoras. Mi pecho se aprieta y, sin darme cuenta, me aparto de la isla, empujándolo, y camino hacia él.

—¿Y por qué hemos hecho eso esta mañana, Keith? —suelto entre lágrimas—. ¿Era necesario?

Él me mira, inmóvil, sin perder la calma. Su presencia me desarma aún más.

—¿Era necesario darme algo que me ibas a arrancar —digo— sabiendo que estoy sola, que no tengo a nadie, que me acabo de mudar, que jamás he llevado un caso así...

? Dime… —sollozo con la voz quebrada—. ¿Era necesario que pasara lo que ha pasado esta mañana en esa habitación?

Ni siquiera nos hemos besado. Seguramente para ti ha sido lo normal, estás acostumbrado a hacerlo con muchas mujeres, pero yo no —hago una pausa y camino hacia mi sofá—.

Me pregunto si Olivia también se habrá corrido en ese sofá, como lo he hecho yo —Miro al suelo.

Keith permanece en silencio, observándome. Su mirada es gélida, pero siento algo. Sé reconocer esa expresión, y eso me duele aún más.

—Supongo que tenía razón —digo finalmente, girándome ante él—. Simplemente era tu nuevo juguete: la «nueva» abogada.

Mi corazón se rompe en mil pedazos, pero no me dejo vencer por la vulnerabilidad. La rabia y el orgullo me empujan a hablar y a declarar mi territorio.

—No siento nada por ti, Keith. No me ha dado tiempo, por si te lo preguntas.

Mientras te lo pasabas tan bien esta tarde siguiéndome para ver qué hacía tu juguete nuevo, pensaba en que creo que ni siquiera te gusto, y solo lo has hecho para saciar el morbo de poder decir que «casi» metiste en la cama a la abogada de uno de los casos posiblemente más importantes de todo Japón en lo que queda de década.

Me paro frente a él con los ojos ardiendo y continúo, temblando:

—Pues que sepas que no me siento usada, Kudo; me siento bien. Me siento muy bien porque yo también quería tenerte ahí, conmigo. No sé por qué… pero tampoco quiero saberlo.

Mi pecho se encoge con cada palabra y, sin apartar la mirada, añado: