Capítulo 9.
(不確かな運命 — Suerte incierta)
—¿Qué haces con eso en la mano?
—¡Me has asustado! —grito—. ¡No sabía quién estaba pegando esos portazos, ni quién me estaba mandando esos mensajes de mierda!
Keith apoya su brazo en el marco de la puerta y suelta una risa divertida y satírica.
—Dos preguntas, rápidas.
—¿Qué? —Le miro, sin tener ni idea de qué está hablando y qué está haciendo en mi casa.
—¿Por qué no sabías quién te estaba enviando los mensajes? Te he escrito esta mañana, deberías saber que era yo.
—Porque... borré tu puñetero número y los mensajes después del juicio.
—Ninguna mujer ha borrado nunca mi número después de escribirle —responde con un tono irónico que me hace entrecerrar los ojos.
—Eres un gilipollas.
Respiro e intento recomponerme. La adrenalina de lo que ha pasado apenas hace dos minutos sigue corriendo por mis venas y cada fibra de mi cuerpo está en alerta. Lo miro directamente, desafiante.
—¿Vas a quedarte ahí plantado o me vas a decir cuál es la otra pregunta?
Keith se acerca un paso y mi respiración se acelera. Tiene el pelo suelto y viste igual que siempre: camisa negra desabrochada y remangada, y unos pantalones anchos negros llenos de bolsillos. A saber qué guarda en ellos.
Sus ojos brillan, oscuros, y afila su sonrisa como si fuera un cuchillo.
—¿Qué haces vestida así?
Mi mirada desciende a mi reflejo en el espejo de al lado del recibidor: el tanga blanco y de hilo apenas me tapa nada, la camiseta me enseña toda la barriga y los pezones se transparentan. Las mejillas empiezan a arderme de la vergüenza e intenté taparme con la sartén, pero se me cae al suelo.
—Bonito piercing.
—¡Estoy en mi casa, desgraciado! —le grito mientras me agacho para recogerla.
Reacciona instantáneamente, agarra mi brazo y me levanta. Su contacto no es violento, pero sí lo suficiente para recordarme que siempre acaba tomando el control.
—Tranquila, bala de plata... —dice—. No tengo nada nuevo que ver, ya lo he visto casi todo esta mañana.
—Podría decir lo mismo.
Keith ríe fríamente y me estremece.
—Si mal no recuerdo... no llegaste a quitarme los pantalones. Aunque admito que me gustaría ver cómo reaccionarías ante tal grata sorpresa.
Su mirada recorre mi cuerpo con descaro y un escalofrío se posa en mi ombligo.
—Eres un imbécil —respondo, apartándome y tratando de recuperar la dignidad—. ¿Siempre tienes que tener la última palabra?
—Solo cuando la situación lo amerita —me dice mordaz, disfrutando—. Aunque debo admitir que hoy... tu elección de vestimenta ha sido un golpe maestro que me ha dejado mudo, ya lo sabes —Su sonrisa se ensancha, juguetona—. Casi tan atrevida como tu descaro durante el juicio.
Me pongo rígida, pero las piernas empiezan a temblarme. Quiero golpearle, empujarle y gritarle a cinco centímetros de su boca, pero hay algo en sus ojos esta noche que me lee como un libro abierto. Ahora mismo, apostaría que podría predecir cada uno de mis movimientos antes de que los haga.
—Kudo, eres un gilipollas —avanzo hacia él, pero sus manos me detienen suavemente, con autoridad—. Te juro que si me vuelves a tocar...
—¿Qué, Hawthorne? No me estoy acercando más. Entiéndelo, cualquier cosa que pase... depende de ti.
Me congelo y empiezo a respirar con dificultad. Cada palabra suya es un disparo directo al corazón, mezclado con odio, deseo y adrenalina. Retrocede lentamente, pero sus ojos no se apartan de mí ni un segundo.
—Qué... ¿qué estás haciendo en mi casa? —Logro articular, todavía con el corazón latiendo a mil por hora. Mi respiración me recuerda que algo ha cambiado hoy, pero, sobre todo... cambiará esta noche. Mi voz se quiebra y el calor sube por mi espalda.
Si lo reconozco, peco.
Keith me mira de arriba abajo de nuevo. Esa mirada helada podría ahogarme en una piscina vacía. Una sonrisa apenas perceptible se dibuja en sus labios. Es ligeramente cruel y provocativa.
—¿Sorprendida? No me imaginaba que me recibirías con una sartén en la mano, Rapunzel.
—No vuelvas a llamarme así jamás —ordeno mientras me agarra de las muñecas—. Para ti, debería ser una bienvenida normal.
Cada músculo de mi cuerpo está tenso y, aun así, siento cómo mi estómago se retuerce ante su presencia.
—¿Cómo sabes dónde vivo? ¿Por qué estás aquí?
Da un paso adentro, sabiendo que le voy a dejar pasar, porque soy estúpida.
Mantiene la distancia y me suelta las muñecas. El calor de su cuerpo me llega como si fuera una vela encendida.
—Digamos que... estoy informado —responde con un deje de vacile—. No es difícil seguir ciertos patrones.
Mi frustración explota.
—¡Eres un puto acosador! —grito avanzando hacia él, respirando agitadamente.
Keith no se inmuta. Ni un solo músculo de su rostro se mueve. Solo me observa con esa calma gélida que me desquicia y me deja indefensa ante él, pero al mismo tiempo, fuertemente tentada.
—Querida —dice burlándose—. Creo que se te está quemando algo.
—¡Mi cena!
Corro y cruzo la cocina, apagando la encimera y apartando el humo con la mano que brota de la sartén de mi curry. Un aroma amargo y quemado inunda todo el salón.
—¡Keith Kudo! ¡Por tu culpa mi cena está chamuscada! ¿Qué vas a hacer al respecto? —exclamo furiosa.
Keith sigue apoyado en la puerta, casi riendo, con sus manos puestas en los bolsillos.
—¿Cómo puedes tener hambre después de todo lo que has comido en esos puestos callejeros?
Me quedo paralizada un instante. Su comentario va directamente al pecho.
—Me... ¿me has seguido? —digo llevándome las manos a la cabeza, confundida—. ¿Cómo sabes que he estado allí?
—Digamos que ciertas cosas no se me escapan, y parecías estar disfrutando demasiado como para interrumpirte... Así es fácil pasar desapercibido.
—Te mataré con mis propias manos, te lo prometo. Dime qué cojones haces en mi casa a estas horas, no te lo voy a volver a repetir.
Keith ya no me da el miedo que pude haber sentido las primeras veces que le vi.
—El juicio ha terminado esta mañana y todos se han ido a Kioto —inquiero—. ¿Qué tienes que hacer en mi casa? ¿Qué quieres de mí? —Avanzo y me quedo frente a él.
En ese mismo instante, cierra la puerta de un portazo que hace vibrar los cristales del marco.
El estruendo me sobresalta y mi corazón vuelve a dispararse.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa y llevo mi mano a la altura de la barbilla, un gesto de defensa automática que traiciona el susto que me ha dado y que me ha tomado por sorpresa.
—¡Estoy cansada de no entenderte! —exclamo intentando recuperar autoridad sobre la situación, aunque el temblor en mi voz delata lo nerviosa que estoy.
Keith me observa con su mirada helada y penetrante. La sonrisa perceptible que se dibuja en sus labios al escucharme me sonroja las mejillas.
—He venido a ver cómo llevas la investigación —dice seco—. Y a echar un vistazo.
Mide cada palabra, sin un ápice de importancia. Suelto una risa nerviosa llena de incredulidad y desafío.
—¿Tú? ¿A revisar cómo llevo la investigación?
—replico arqueando una ceja con burla—. Por favor, jamás te importaría cómo la llevo o dejo de llevar.
Siempre vas tres pasos por delante. Además…
según tú, eres mi segurata personal. ¿No deberías saberlo, entonces?
¿O es que simplemente te apetecía seguirme después de lo que ha pasado esta mañana porque te has quedado con ganas de más?
Keith ladea la cabeza con esa mirada calculadora, provocada y molesta. Sus ojos, profundos y verdes, me estudian como si intentara leer cada pensamiento oculto, cada miedo y cada deseo que yo misma intento ignorar.
—¿Qué ha pasado esta mañana? —pregunta vacilándome, como si no mereciera recordarse.
—Ah, claro… —digo con un hilo de ironía y sarcasmo en la voz—. Es cierto, yo tampoco recuerdo nada. No suelo acordarme de las pequeñas cosas insignificantes que ocurren durante el día… cosas muy, muy pequeñas.
Keith se acerca con su calma inquietante, poco a poco. La respiración se me acelera sin darme cuenta.
—¿A qué cosas pequeñas e insignificantes te refieres, Hawthorne? —Su voz suena baja, medida y cargada de amenaza y curiosidad. Me obliga a mantener la mirada fija en él, aunque mi instinto grita que no lo haga.
—Bueno… quizás, cosas decentes —respondo sintiendo cómo el rubor me sube a las mejillas, intentando mantener la compostura mientras mi corazón se niega a calmarse—. De las cosas decentes también me olvido, a veces.
Keith se lame el labio de abajo y la combinación de sorpresa, diversión y burla en su expresión hace que me estremezca.
—Decente, ¿eh? —contesta—. ¿A qué llamas decente?
Antes de que pueda contestar, me lleva hacia la cocina y me acorrala suavemente contra la isla, encerrándome, poniendo sus dos manos encima de ella.
La cercanía entre ambos es abrumadora y puedo sentir el calor de su cuerpo y percibir su aliento. La tensión entre nosotros es tan intensa que casi puedo tocarla. Cada segundo se estira como un hilo invisible de odio, deseo y provocación, mezclando el miedo y algo más profundo que me desconcierta.
Pero no le sigo el juego.
Mi mente grita que debo mantener la distancia, pero mi cuerpo…
ese cuerpo que reacciona antes que la razón, se niega a ignorarlo.
La adrenalina me recorre con deseo, imposible de nombrar, y mi respiración se vuelve entrecortada mientras él permanece ahí, mirándome, implacable… y completamente vestido, todavía.
Me aparto un poco, tratando de recuperar algo de espacio, pero me agarra de la espalda hacia él para que no pueda alejarme del todo. Mi corazón no deja de latir a mil por hora, pero no quiero que gane otra vez.
Así que lo digo.
—¿No estás al tanto de lo último, fiscal legendario…? —pregunto vacilando, tratando de sonar un poco más firme—. Una supuesta detective que trabaja con la fiscalía se metió conmigo en el baño después de… ya sabes. Olivia. Me dijo que no me acercara a ti o tendría problemas.