El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 8. #6
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Capítulo 8. #6

Él no ha tenido que ganarse mi atención. Me ha tenido en su mano desde el primer instante que le vi en aquel templo y, desde entonces, no he podido sacarlo de mi cabeza.

Con Joseph nunca he sentido nada parecido. Ni siquiera aquellas trescientas veces que hemos hecho el amor en su cama se comparan a lo que Keith ha logrado conmigo hoy en ese sofá lleno de polvo.

Sin besarme, sin follarme. Solo con sus manos, con su presencia.

Estoy jodida.

Muy jodida.

Suspiro y cierro los ojos un instante, mientras mi mente sigue dándole vueltas al mensaje en la pantalla: «Gracias, que descanses».

Nada más. Sin excusas, sin palabras que dejen margen a algo más.

No hay lugar para echar de menos a alguien que, un día, dejaste atrás, incluso compartiendo el mismo espacio día tras día.

Lo envío y caminé hacia la cocina, dejando el móvil sobre la mesa.

Quizás lo más difícil no es enfrentarse a los demás, sino enfrentarse a lo que verdaderamente siento dentro de mí.

Vuelvo a la habitación para cambiarme y ponerme el pijama, pero, al rebuscar entre la maleta, me molesto.

La mayoría de mis pijamas están arrugados y algunos desprenden un ligero olor... extraño.

Suspiro, resignada.

«Vaya, ¿y ahora qué hago? Me acabo de quitar la toalla y no tengo nada más que ponerme...», pienso desesperada.

No me queda otra que aprovechar para poner una lavadora.

Mientras cargo la ropa, me siento un poco ridícula, pero necesito que todo esté limpio y en orden.

Cuando termino de programarla, comprendo que no hay más opción, así que me pongo un tanga blanco de encaje y una camiseta corta del mismo color, ajustada, de manga corta.

Me marca los pezones y deja al descubierto el piercing que llevo en la barriga.

Mientras la lavadora gira, voy de nuevo a la cocina.

Necesito algo que me llene la tripa y me arrastre hacia el sueño más profundo, por mi propio bien.

Saco un poco de pollo del congelador y pico unas verduras.

Mientras tanto, me pongo a preparar el curry en la sartén.

El aroma se extiende por todo el departamento y mis tripas empiezan a rugir.

—Alexa, pon en Spotify «Scream My Name» de Thomas LaRosa.

«Scream My Name» de Thomas LaRosa sonando en Spotify.

La voz de Thomas suena por toda la cocina y bailo junto a la melodía mientras remuevo la salsa. Esbozo una pequeña sonrisa mientras tarareo la canción y disfruto de esta sensación de rutina sencilla, anticipándome a lo delicioso que será cada bocado cuando lo pruebe.

El teléfono vuelve a vibrar sobre la isla y la pantalla se enciende. Me estoy chupeteando los dedos para probar si el curry está bien de sal, ¿quién será ahora? Siento una punzada en el corazón cuando desbloqueo la pantalla y veo que tengo un mensaje nuevo, de alguien anónimo.

Lo sostengo con las manos temblorosas y lo leo, helada.

Mi primera reacción es volver a bloquear el teléfono y tirarlo sobre la mesa. «Seguro que es una broma», me digo. Pero, un instante después, otro mensaje aparece en la pantalla.

El pánico se apodera de mí y respiro hondo, intentando calmarme mientras la adrenalina recorre mi espalda.

Estoy a punto de escribirle furiosa algo tipo: «¿Quién coño te crees que eres para amenazarme y gastarme una broma así?

No tiene gracia», pero justo en ese instante, un fuerte sonido me corta la respiración.

Dos golpes secos en la puerta.

El teléfono se me resbala de las manos y el corazón se me acelera. Hay alguien en la puerta de verdad. Miro hacia ella y siente cómo mis músculos se tensan como cuerdas de violín a punto de romperse. La luz del pasillo apenas ilumina el pomo, y algo dentro de mí grita que abrirla sería un error.

Pero la curiosidad me empuja hacia adelante y, antes de acercarme, cojo una sartén como defensa, por si acaso.

—¿Quién es? —pregunto intentando sonar firme y autoritaria, aunque la voz me tiembla un poco.

Silencio absoluto.

Mis ojos no pueden despegarse del pomo de la puerta. Lo veo moverse, como si alguien estuviera intentando girarlo al otro lado. La respiración se me acelera a cada segundo y un nudo de nervios me oprime el estómago.

Sostengo la sartén con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

Me repito, casi como un mantra, que no soy una cobarde.

Que si hay alguien ahí fuera dispuesto a hacerme daño, sabría defenderme.

No sería descabellado pensar que una abogada involucrada en el caso más mediático del país estuviera siendo observada por el verdadero asesino...

y que quisiera silenciarla antes de que descubriera la verdad.

—¡Dime quién eres o llamo a la policía! —grito con la voz vibrando por todo el apartamento.

No hay respuesta, solo silencio y el sonido de mis propios latidos atronando en mis oídos.

«¿Se habrá ido?», pienso.

Por un momento, creo que todo ha terminado y que se ha marchado, pero no puedo volver a la cocina como si nada sin comprobarlo. Con el cuerpo lleno de vértigo, giro el pomo y abro la puerta sin pensármelo dos veces.

Levanto la sartén con las dos manos en posición defensiva y mis ojos se encuentran con los suyos.

—¿Keith?