Capítulo 8. #5
Cuando abro los ojos, la luz suave del atardecer acaricia los árboles, bañando el templo en un resplandor cálido.
Las horas han pasado volando, y el sol ya está a punto de irse.
Siento un pequeño alivio y decido volver a casa, aunque el deseo de quedarme unos minutos más y disfrutar de esta tranquilidad me tienta por un instante.
Aquí puedo mirar a Keith con otros ojos y darme cuenta de que he convertido un gramo de arena en una montaña. No es para tanto: ni él, ni lo que ha pasado entre nosotros. Todos cometemos errores; aprender a dejarlos atrás y seguir adelante es lo que nos hace humanos.
Mientras aún estoy frente al altar, un movimiento a mi lado capta mi atención. Un monje, con túnica ocre, de unos setenta años, se inclina hacia mí con una reverencia. Su humildad me hace detenerme y le devuelvo el gesto con una sonrisa respetuosa.
—Buenas tardes. Si necesita algo, señorita —dice suavemente—, no dude en pedírmelo.
—Oh, gracias, no —respondo con cortesía—. Estoy bien.
El monje me mira durante unos segundos, como si intentara ver más allá de mi apariencia.
—Puedo ver en sus ojos que hay algo que la preocupa. Los dioses son sabios y la guiarán por el camino que deba tomar.
Mis ojos se pierden en los jardines que rodean el templo. Los cerezos están verdes, pero su belleza permanece intacta. Las pequeñas flores que brotan de la tierra danzan con la brisa ligera del atardecer, mientras los estanques reflejan el cielo como espejos silenciosos.
El monje me muestra una pequeña caja que sostiene con cuidado.
Está hecha de madera tallada y decorada con delicados kanjis que no consigo leer.
Al abrirla, descubro un conjunto de palitos de madera y papeles enrollados: son omikuji, los tradicionales palitos de la suerte que predicen el destino de quien se atreve a consultarlos.
—Si desea, puede tomar uno —me ofrece el monje—. Solo recuerde que el camino que elija influirá en lo que le depara el destino.
Asiento y extiendo la mano, tomando un palito con cierto nerviosismo. Mi corazón se acelera al leer las palabras grabadas: suerte incierta.
Me sorprendo y me preocupo, así que alzo la vista hacia él, arqueando una ceja.
—¡Ah! —dice sorprendido—. Hay muy pocas posibilidades de que salga este tipo de suerte... Es la más difícil de todas.
Lo sostengo entre mis dedos, apretándolo contra el pecho.
Es curioso cómo algo tan simple puede reflejar con tanta exactitud lo que siento.
Supe entonces que esta suerte incierta no es un castigo ni un mal augurio, sino un recordatorio de que la vida nunca es lineal.
Cada decisión que tome y cada paso que dé marcará el rumbo de mi camino.
—Esta suerte... —continúa— está determinada por varias acciones. Según el camino que elija, acabará en un lugar u otro. La buena o mala fortuna dependerá de las decisiones que tome. Si elige seguir el corazón o la cabeza, eso ya será decisión suya.
Le agradezco sus palabras y recuerdo mi llegada a Japón, el primer juicio, mi historia con Keith y todo lo que he aprendido sobre mí misma en tan poco tiempo. Ningún hombre ni ninguna circunstancia puede decidir por mí; solo yo puedo trazar mi camino.
Respiro hondo y me detengo un instante más para absorber el silencio del lugar y el murmullo de las hojas.
Guardo el palito con cuidado en mi bolso, como si llevarlo conmigo significara conservar un pedacito de este templo en medio del caos, y me despido del monje.
Camino despacio por el camino de piedra y dejo que la brisa me despeine un poco.
La advertencia de ese hombre resuena en mi cabeza: «Cada camino, cada decisión, puede cambiarlo todo». No puedo evitar sentir un escalofrío al darme cuenta de lo fina que es la línea entre lo que quiero y lo que debo hacer.
Bajo a la calle principal y llamo a un taxi para que me lleve a casa. Se está haciendo tarde y pronto será la hora de cenar.
Al llegar, subo y le indico al conductor la dirección de mi apartamento, pero antes de llegar, le agradezco el viaje y le pido que me deje a unos 5 minutos de mi casa, ya que necesito pasar por el supermercado a hacer la compra.
No he tenido tiempo de llenar la nevera en todos estos días, y ya va siendo hora.
El olor a verduras frescas y productos recién llegados despierta mi apetito.
Empujo el carrito vacío por los pasillos, pensando que llenar la nevera será una forma de reconstruir mi espacio y transformar mi apartamento en un hogar.
Tomar decisiones simples que sean solo mías me hace sentirme dueña de algo.
Selecciono verduras como el daikon, brotes de bambú y espinacas japonesas.
Después paso a los fideos y al arroz, imaginando las recetas que podría preparar cuando tuviera un poco más de tiempo.
Cocinar algo para mí misma puede ser un buen acto de autocuidado y un pequeño respiro tras un día tan intenso.
El pescado y la carne me cuestan más, ya que no estoy acostumbrada a hacer la compra sola en un país extranjero.
Pero, mientras inspecciono el salmón, los camarones y el pollo, voy metiendo productos al azar hasta que el carrito queda a rebosar.
Añado un par de cosas más: salsa de soja, mirin, alga nori, mochis, dulces, sal, azúcar, chocolate, café...
Todo lo necesario para sobrevivir de día, tarde y noche.
Salgo del supermercado con dos bolsas enormes por brazo y lo subo todo hasta casa como puedo. Menos mal que el supermercado está a tan solo tres minutos a pie y puedo usar el ascensor, porque estoy completamente agotada y los brazos me tambalean.
20 de junio, Apartamento de Dahlia
Ya en casa, guardo todo con cuidado, llenando la nevera y los armarios.
Colocar cada alimento en su sitio, organizar mi espacio y reconstruir un poco mi rutina me ayuda a no dejar que la mente se me desborde y consigo recuperar algo de control sobre mi día.
Vuelvo a darme otra ducha rápida y ato mi pelo en un moño para no mojármelo.
El agua caliente me envuelve y me descontractura de todo el peso de la compra.
Al caminar hacia la habitación, con la toalla enrollada alrededor de mi cuerpo, veo cómo la pantalla del móvil se ilumina sobre la mesita de noche con varios mensajes pendientes.
Contesto primero los de Mina y los del grupo de la universidad, dejando para el final los de mamá y... los de Joseph. Me ha vuelto a escribir.
Me siento en el borde de la cama y respiro hondo.
No puedo evitar preguntarme si algún día le contaré todo lo relacionado con Keith y el juicio.
A mamá no le gustan mucho estas cosas, pero...
de alguna manera, siento que me entendería, aunque nunca la he considerado mi confidente principal.
Algún día debería abrirme y explicarle a quién conocí y qué pasó, pero ese día todavía parece muy lejano.
Por ahora, me conformo con dejar los mensajes contestados mientras cuido de mí misma.
Joseph también me ha escrito y no puedo evitar fruncir el ceño. Abro el mensaje preguntándome qué querrá y si tendrá algo que ver con el juicio. Mi mundo interior se agita de nuevo, recordándome que, aunque nuestra historia ya no existe, en algún momento sí había sido real.
Ya no le amaba, y me pregunté muchas veces si alguna vez había sido así de verdad o si todo había sido fruto de la experiencia de vivir por primera vez algo parecido a una relación.
Nunca fuimos nada serio; no podría recordarlo como mi pareja, aunque quisiera.
Pero sí fue mi primera vez, mi primer amor...
aunque un amor complicado. Tal vez el hecho de tenerle cerca durante tanto tiempo y tantas horas me confundió.
Al final, él fue quien mostró interés primero.
La primera vez que nos besamos fue después de uno de mis primeros juicios. Yo no era la abogada principal, sino que actuaba como apoyo y auxiliar.
Aprendí muchísimo de él, observando cada uno de sus movimientos, su forma de expresarse y cómo se desenvolvía en la corte. No me pareció el hombre más atractivo del mundo, al principio, pero a medida que noté su interés por mí, empecé a pensar que quizá podría convertirse en el amor de mi vida.
Qué ingenua y qué poco espabilada, siendo sincera.
Sí que me rompió el corazón, pero creo que jamás sufrí tanto como quiero hacerme recordar.
Así que... tal vez nunca me enamoré de verdad. Viéndolo con perspectiva, ahora lo percibo más como un primer tropiezo amoroso que como un corazón destrozado. Que fuera él quien pusiera fin a lo nuestro me hizo pensar que quizás me faltaba algo, o que simplemente no supe hacerlo bien.
Ahora estoy segura de que no fue nada de eso y no tuvo nada que ver conmigo.
Mi pulgar se detiene sobre ese «Te echo de menos». Lo leo una, dos, tres veces... y el nudo en el estómago que pensé que sentiría, simplemente no está. Ya no lo amo; nunca lo hice.
Después de todo el daño y de cómo me dejó atrás sin importarle mis sentimientos, esas palabras no tienen valor alguno para mí. Es tarde para sentir nostalgia por alguien que ha hecho tantos esfuerzos para marcharse de mi vida.
Sin embargo, no puedo evitar sentir un vacío.
Pero no es por él.
Es otra cosa.
Echo de menos ese calor, esas caricias que me dan una seguridad momentánea...
Esa sensación que Joseph había logrado que creyera real durante nuestra historia. Pero, al compararlo con lo que había pasado hoy —y siendo consciente de que las comparaciones son siempre odiosas—, todo se reduce a la mísera nada. Keith es su completo opuesto.