El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 8. #4
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Capítulo 8. #4

Cierro los ojos un instante, dejando que la camiseta me arrope mientras intento convencerme de que puedo mantener la cabeza fría, ser profesional, racional y fuerte. Pero, en el fondo, sé que mañana, cuando todo vuelva a comenzar, nada va a ser igual, por mucho que aplique la ley del hielo.

Estoy agotada, sí, pero una sensación inesperada empieza a abrirse paso: el hambre.

No el simple deseo de comer, sino una necesidad de movimiento, de respirar, de hacer algo que me recuerde que sigo viva más allá de las paredes de ese apartamento. Quedarme encerrada no va a ayudarme a procesar nada; solo logrará hundirme más en mis propios pensamientos.

Desde que llegué a Japón, he soñado con perderme por las calles de Tokio con sus luces y su gente. Y ahora lo sé: eso es justo lo que necesito. Salir, caminar, respirar y dejar que la ciudad me abrace.

Me levanto de golpe, decidida, y corro hacia el armario. Aparto la ropa cómoda y aburrida de estar por casa y elijo algo que me haga sentir poderosa y segura.

El blanco siempre ha sido mi color favorito, así que opto por un vestido ceñido con un pequeño corsé atado a la espalda que realza mis curvas y mis pechos. Complemento con unas sandalias negras de plataforma y un bolso pequeño a juego. Frente al espejo, sé que falta algo: mi pelo.

Con paciencia, hago tirabuzones despeinados que le dan un volumen espectacular y un toque de descaro.

El maquillaje es lo último: una sombra marrón suave para resaltar mis ojos verdes, un pequeño delineado estilo gato y los labios perfilados con un rosa nude, rematados con un gloss brillante que les da un toque jugoso y natural.

Cuando finalmente me miro en el espejo, me reconozco de nuevo.

Vuelvo a ver a la Dahlia que no se deja dominar por el miedo ni se pierde en la tensión o la confusión. La ciudad me espera ahí afuera, así que cojo las llaves y bajo. No puedo cambiar lo ocurrido esta mañana, pero sí puedo decidir cómo vivir el resto del día.

20 de junio, Shibuya, Tokio

Hace calor, pero no me importa. Mis tacones pisan fuerte sobre la acera mientras me rodean cientos de caras desconocidas, tiendas y edificios que se alzan por encima de mi pequeña estatura.

La ansiedad que me ha acompañado toda la mañana desaparece casi por completo.

Me dirijo hacia Shibuya, a apenas diez minutos a pie, dispuesta a disfrutar de cada pétalo de cerezo que se dibuja en el paisaje.

Adolescentes con auriculares pasan por mi lado sin mirarme, los oficinistas cargan portátiles en maletas que deben estar castigando su espalda, y los turistas levantan la vista, fascinados ante la belleza de la ciudad más vibrante del mundo.

Me siento pequeña, pero al mismo tiempo parte de algo enorme.

Me desvío por unos callejones más estrechos, los mismos que siempre veo en vídeos en las redes sociales y de los que mis amigos de la universidad me habían hablado alguna vez cuando tuvieron la suerte de visitar Tokio hace unos años.

El aroma de los takoyaki recién hechos se mezcla con el de yakitori y los okonomiyaki. Los puestos son diminutos y quiero probarlo todo. Cada bocado cuenta una historia sobre el país, su cultura y sus sabores.

—Mmh... Esto es increíble —susurro mientras tomo un pequeño bol de takoyaki—. ¿Cómo puede estar una bolita de pulpo tan buena?

También compro unas brochetas de yakitori de pollo, crujientes por fuera y jugosas por dentro, y termino con un postre: un dorayaki con crema dulce que me hace cerrar los ojos y sonreír. No tiene nada que ver con la comida grasienta de Estados Unidos.

La nostalgia por lo que había dejado atrás ha desaparecido. Ahora solo hay en mí curiosidad, asombro y una paz inesperada.

Sigo caminando y, al llegar a un semáforo, noto que dos chicas, estudiantes, se quedan paralizadas al verme. Sus mejillas se tiñen de rojo y no se mueven, como si mi sola presencia les hubiera detenido el tiempo.

«No paran de mirarme, ¿tendré algo en la cara? A lo mejor me he manchado comiendo...», pienso.

Me acerco a ellas con una sonrisa.

—¡Hola, chicas! Siento molestaros, pero ¿sabéis de algún templo tranquilo donde pueda ir a rezar?

Se sonrojan de nuevo y comienzan a susurrarse algo en japonés. Al final, una de ellas arranca un pequeño trozo de papel de la libreta que sostenía y escribe el nombre de un templo.

—Eh... Sí... Hay uno... Es pequeño, pero muy bonito. Te lo he escrito aquí, aunque está un poco lejos a pie, deberías ir en tren o en taxi.

—Gracias, de verdad —les respondo—. Me ha venido muy bien vuestra ayuda. A veces esta ciudad es enorme y abrumadora, y encontrar lo que buscas no es tarea fácil.

Me acompañan hasta un lugar reservado para tomar un taxi; la fila parece interminable.

Logro subir a uno y me despido de ellas con una sonrisa, moviendo la mano de un lado a otro.

Creo oír un «Kawaii desu ne» mientras entro en el vehículo, pero no consigo recordar qué significa.

No importaba; seguro que no es nada relevante.

◆◆◆

Durante el viaje, contemplo las pequeñas montañas que se extienden hasta el horizonte. Japón me fascina con su contraste constante entre lo moderno y lo antiguo, y cada paso, cada aroma y cada luz me susurra que, por primera vez, puedo permitirme ser yo misma.

Aunque me sienta un poco sola, será por culpa de la nostalgia del momento.

El vehículo se detiene frente a un portal discreto, rodeado de árboles y pequeñas linternas de piedra.

Supe entonces que había llegado. El templo se alzaba majestuoso y sereno, ajeno al bullicio de los turistas en la zona de Shibuya.

Agradezco en silencio a aquellas dos chicas por haberme guiado hasta un lugar tan bonito y tranquilo.

Bajo del taxi y avanzo despacio por el sendero de piedras, apreciando la armonía de los jardines y el susurro del viento entre los árboles.

El aroma a incienso y madera quemada me estremece y, con cada paso que doy, siento que me acerco a una paz que, hasta hoy, parece escondida en algún rincón de mi alma.

20 de junio, Templo Kōka

Las hojas caídas crujen bajo mis sandalias y el sonido lejano de un pequeño arroyo llega hasta mis oídos.

Me detengo frente al torii rojo que marca la entrada al santuario principal y respiro hondo.

La quietud es tan intensa que me hace sentir en paz.

Es un contraste tremendo si lo comparo con el torbellino de emociones que me han acompañado estos últimos días.

Por un instante, puedo imaginar que nada existe más allá de este espacio: ni juicios, ni amenazas, ni asesinatos, ni fiscales. Solo estamos yo y el templo.

Mientras avanzo hacia el altar, mi mente vuelve al caso.

Recuerdo cada detalle, cada gesto de Yuko durante su testimonio, y la tensión que ha dominado la sala los últimos momentos del juicio.

Pienso en la buhardilla desconocida, en cómo podría cambiarlo todo, y me pregunto cómo he logrado mantenerme firme hasta el final mientras mi corazón y mi mente parecían desmoronarse por dentro.

—Esto no se ha acabado... —susurro para mí misma—. Quedan tantas piezas por encajar y tantas preguntas que nadie puede responder. Me siento perdida... Si me estás viendo, por favor, guíame.

Yuko es una mujer fuerte. Su fuerza y su coraje para enfrentarse a todo lo que le ha pasado con tan solo veintiún años me parece admirable.

En ella veo reflejada algo de mí misma: el deseo de que se haga justicia.

Ese sentimiento me mantiene centrada, me da fuerza para entender lo que realmente ocurrió aquella noche y quiero que el o los culpables paguen, aunque el camino sea doloroso y tortuoso.

No puedo permitirme que la atracción por Keith ni la inesperada aparición de Olivia me distraigan.

Sí, he vivido algo extremo, pero lo más importante sigue siendo resolver el crimen: la inocencia de Yuko y el juicio que hemos comenzado y que, algún día, debe concluir.

Sin la cabeza fría y la mente clara, nada saldría bien.

Por eso he venido hasta aquí, para rezar y depurar todo lo negativo que aún puede habitar en mi interior.

Las huellas de Yuko en el arma del crimen, esa supuesta ventana abierta en la habitación de la víctima, los símbolos con tinta alrededor del cuerpo, un fuerte ruido sobre las cinco de la mañana que la despertó, pero no lo suficiente para que se levantara, esa buhardilla que la víctima guardaba bajo llave y ni siquiera compartió con su fiel devota...

«¿Quién te mató, Takashi Yamanaka, y por qué? ¿Qué hizo una persona enferma de 97 años para que alguien quisiera asesinarle a sangre fría?».

Me acerco al altar y, siguiendo la costumbre que he visto en otros visitantes, hago una reverencia antes de cerrar los ojos y juntar las manos. No me considero extremadamente religiosa, pero de vez en cuando, me gusta rezar a lo que pueda escucharme, por pequeña que sea la posibilidad.

Hay algo en este gesto que me conecta con algo más grande, y cada pensamiento confuso se va disipando con un simple acto de concentración.

Como abogada, he visto y sufrido tantas cosas que, a veces, aferrarme a lo intangible es la única manera de no acabar desbordada por todo lo que no puedo controlar.

—Que pueda mantener la calma... —pido—. Que pueda entender lo que siento, mantenerme fuerte por Yuko y los demás, y descubrir la verdad.

Mientras rezo, siento cómo parte de mi tensión se libera, aunque también soy consciente de que este día ha marcado un punto de inflexión.

Lo que ha ocurrido en el juzgado, en esa habitación, las decisiones que he tomado...

Las piezas empiezan a encajar en mi mente, con una claridad que solo encuentro en la quietud de este lugar.

Ahora mismo, siento que puedo respirar, organizar mis pensamientos y separar la emoción del deber para concentrarme en lo realmente importante.