Capítulo 8. #3
—Yo también estoy muy feliz, aunque no lo parezca. Siento mucho no haber podido hacer nada cuando la policía se ha llevado a Yuko tan de repente. Verte así me ha partido el corazón... Lo siento tanto.
—Fukuda, no te preocupes... —Me adelanto y lo abrazo.
Es la primera vez que compartimos uno y siento la calidez que emana.
Es un hombre tan bueno, que ha pasado por tanto...
Maldigo no haber controlado mis impulsos y haberlos dejado allí, tirados.
Se me ha pasado por alto el pequeño matiz de que no estoy trabajando sola, y que todo mi equipo me ha visto cuando he salido corriendo tras ella.
Estoy tan acostumbrada a ser solo yo en Seattle, que ver que estoy rodeada de compañeros —y personas— tan increíbles me hace sentir una gratitud profunda, y quizás no los estoy valorando como se merecen.
—La culpa es mía, Dahlia. Los hombres que se la han llevado eran los míos, pero es que la orden de que se la llevaran así, tan de repente... —Oshida mira hacia el suelo, sintiéndose culpable.
«Ya lo sé, Oshida. Sé que ha sido Keith, tú no tienes la culpa», pienso.
Le pongo una mano en el hombro y niego con la cabeza, haciéndole saber que todo está bien.
Soy consciente de que todos perciben que algo ha pasado, pero no quieren preguntar el qué porque, muy en el fondo, saben que no les voy a decir la verdad.
Un coche de la policía de Kioto frena detrás de nuestro taxi; son los agentes de Oshida.
—Es hora de marcharse a casa y descansar —pone su mano sobre mi espalda, dándome unas palmaditas—. Mantén la cabeza erguida y nada de dramatismos; ha sido un buen juicio. ¡Nos vemos pronto, adiós!
Me obligo a asentir y nos despedimos del inspector mientras pongo la mano en la puerta del taxi. Cada músculo de mi cuerpo parece recordarme la intensidad de lo que ha pasado con Keith, además del encuentro con Olivia...
Aunque ya he logrado disiparlo con otros pensamientos, necesito que el día de hoy termine ya.
—Vámonos a casa —dice Takumi.
Mina suspira, aliviada, mientras que Fukuda y Takumi aguardan junto al taxi. El inspector, en ese momento, me llama por mi nombre desde la puerta de su coche antes de que nos marchemos para decirme algo más.
—¡Dahlia, por cierto! —grita Oshida antes de irse hacia Kioto—.
¡Quiero felicitarte! Para ser tu primer caso, lo has llevado de manera impecable.
Has demostrado temple y claridad aun después de todo lo ocurrido, y quiero que sepas que estoy de tu lado.
Yo también busco justicia, igual que tú.
Cuando vuelvas a Kioto, escríbeme; te estaremos esperando.
Un nudo de gratitud contrasta con todo lo que siento en mi barriga desde las últimas horas.
—¡Gracias, inspector! —respondo sonriendo.
Me doy la vuelta hacia mis compañeros.
—Nosotros vamos a ir en otro taxi, Dahlia. Vosotras idos a casa —Takumi nos mira a Mina y a mí—, quiero que descanséis. Habéis madrugado mucho y ya es casi la hora de comer. Tomaos el día libre y mañana nos vemos en la oficina. Nosotros vamos a ir un segundo a comisaría, ¿verdad?
—Sí, tenemos que gestionar varias cosas, pero no es necesario que nos acompañéis. Además, hay mucho lío hoy en comisaría, ya me lo han dicho unos pajaritos...
Asiento. En otro contexto seguramente no hubiera dejado que se fueran ambos solos a trabajar después de todo lo ocurrido esta mañana, pero es que mi cuerpo ya no da para más.
—Está bien, hasta mañana. Cualquier cosa, nos llamamos.
—Descansad. Hiroshi, cualquier cosa me escribes —dice Mina preocupada.
—¡Que sí, que sí! —Takumi ríe y Fukuda le da unas palmaditas en la espalda, ayudándole a entrar al taxi mientras le sujeta el bastón.
Ambos suben a su coche y nosotras al nuestro. El motor ruge mientras el conductor nos espera y me acomodo en el asiento, respirando hondo. Miro por la ventana una última vez, despidiéndome de aquel gran juzgado donde he vivido por primera vez tantas cosas...
El taxista arranca y nos incorporamos a la carretera. Mina se recuesta un poco hacia atrás, mirándome con una sonrisa serena y cálida. Rompe el silencio con la tranquilidad que siempre la caracteriza, y sé que necesito hablar con ella en este momento.
—¿Te arrepientes de haber aceptado el caso?
Suspiro.
—No, tranquila.
—Aún no sabemos cuándo será el segundo juicio —dice—, pero mientras tanto tienes todo el tiempo del mundo para prepararte e investigar lo que necesites.
—Así lo haré, Mina, muchas gracias.
—Y no te preocupes por el bufete —continúa—. Cualquier asunto que llegue, Hiroshi y yo nos encargamos. Queremos que te concentres únicamente en este caso, y estamos aquí para apoyarte en todo lo que necesites.
Sus palabras son un refugio, pero también un recordatorio de que, si intento abarcarlo todo de golpe, terminaré mal. Puedo con mucho, pero no con todo a la vez. Agradezco su apoyo sin necesidad de decir nada.
—Sabíamos que el fiscal Kudo no te lo iba a poner fácil...
—Ha sido un capullo, sí, pero ahora sé la línea por la que camino, y te prometo que no me distraeré.
Mina me mira desde el asiento a mi derecha. Toma mi mano con suavidad, como si quisiera protegerme y darme un poco de cariño. Es lo más cercano a una hermana mayor que tengo aquí.
Quiero decirle algo, pero hablar de Keith es como abrir una herida que aún no está lista para sanar. Lo único que logro murmurar, con la voz apagada, es que hoy necesito descansar.
Asiente y le pide al taxista que me deje a mí primero en casa, que queda más cerca. Sé que tanto ella como Takumi quieren cuidarme de todo lo que todavía duele.
◆◆◆
El reloj marca casi las dos de la tarde y la luz del sol se cuela por las ventanas del taxi.
Afuera, las calles siguen su ritmo habitual, recordándome que la vida continúa, aunque yo sienta que está congelada.
Ver a la gente caminar, tan tranquila y despreocupada, contrasta de manera abrumadora con lo que he vivido apenas unas horas antes, como si todo lo que se vive en un juzgado perteneciera a otra realidad, a otra vida.
—¿Estás segura de que quieres irte a casa? Puedes venir a la mía si quieres —pregunta Mina mientras el taxi dobla la esquina y se acerca a mi edificio.
—Hoy prefiero descansar un poco, si te parece bien—respondo levantando apenas la vista—, pero mañana podemos comer todos juntos en la oficina.
—Claro que sí, querida, lo que necesites. ¡Hasta mañana!
El taxi finalmente se detiene frente a mi edificio y el conductor abre la puerta, invitándome a bajar. Me despido de ella y camino hacia la entrada de mi apartamento, consciente de que la soledad me dará espacio para procesar la tormenta que Keith y el juicio han dejado dentro de mí.
Aprieto el botón del ascensor y la llave tiembla entre mis dedos antes de girarla en la cerradura.
No es solo cansancio físico...
Es agotamiento mental.
20 de junio, Apartamento de Dahlia
Cuando abro la puerta, siento un alivio profundo.
«Por fin en casa», pienso. Dejo caer el bolso al suelo con un suspiro y camino hacia el baño, deseando darme la ducha más larga de mi vida y quedarme allí para siempre.
El vapor ya se dibuja en mi mente y, mientras abro el grifo y veo cómo el espejo se empaña, me desnudo y tiro la ropa sucia en un pequeño cesto blanco.
Una parte de mí no quiere ducharse porque no quiere borrar las huellas de Keith sobre mi piel: en el cuello, las mejillas, los pechos, la cintura, el culo... incluso en mis partes íntimas.
Me sonrojo.
El agua cae sobre mí y está tibia. Durante un instante, cierro los ojos y dejo que las gotas me cubran por completo.
La imagen de Keith masturbándome y la mía corriéndome en sus dedos se repiten sin cesar, tanto que empiezo a excitarme tan rápido que se siente descortés por mi parte.
Empiezo a tocarme, recreando y recordando cómo lo hacía él, deseando que hubiera terminado lo que empezó y que me hubiera follado fuerte y duro sobre aquel sofá, tirándome del pelo y llamándome «puta» otra vez.
Dios, me pone tan cachonda pensar en ello; escucharle gemir y ver su cara y sus ojos mientras lo hace. El sudor le bajaba por la frente y, cuando ponía los ojos en blanco mientras me restregaba sobre su polla sin cesar, no me dejaba pensar con claridad.
Acabo y gimo. Es un gemido largo y con nombre incluido, en su honor.
Enjabono mi cuerpo y me lavo el pelo con calma. Cuando el agua cesa, me envuelvo en la toalla y siento cómo el peso físico de todo desaparece un poco.
Mientras desenredo mi melena, me pongo una camiseta ancha para no hacerme daño en los hombros y en los brazos. Mi pelo es bastante largo y, a veces, me resulta complicado manejarlo sola.
Al terminar, voy hacia la cama y me siento en el borde, inhalando y exhalando aire. Sé que ni la ducha ni la ropa limpia pueden borrar la realidad, pero debo seguir mi consejo. Al principio, dudo y lucho contra mi propio ego, pero tengo que jugar con sus mismas cartas.
Si él saca el Joker, yo también. Si a él no le importa, a mí tampoco.
Lo peor será volver a verle y sentirme reprimida todo el tiempo. Supongo que tendré que aceptar que todo ha sido fruto de la atracción, de la tensión, de romper la moralidad y de cruzar la línea en un lugar tan sagrado para mí como lo es la corte.
En ningún momento me ha obligado a nada; eso está claro. Él empezó a jugar, y yo caí rendida a sus pies, pero ¿quién no lo haría?
¿Cuántas mujeres habrá tenido en sus brazos? ¿Y cuántas habrá tratado así? No debo ser ni la excepción ni la regla; probablemente solo lo nuevo.
Cuando un hombre te conoce y siente atracción, su interés se fija en ti con un único objetivo: tenerte. Después pueden pasar dos cosas: que quiera repetir, o que ya hayas calmado el deseo de lo que buscaba y aún no tenía.
«No pienso tocarte más», me dijo.
Así que supongo que yo pertenezco al segundo grupo.
Al menos, disfruté cada segundo de ello.
◆◆◆