El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 8. #2
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Capítulo 8. #2

20 de junio, Baños de los Juzgados de Tokio

Camino hacia el baño con la sensación de que cada espejo que me encuentro me devuelve a una versión de mí que no reconozco del todo.

Mi reflejo muestra a alguien despeinada, indefensa, con el rostro enrojecido y los ojos aún brillantes de emociones que no puedo permitirme sentir.

No quiero apagar todavía el fuego eterno de la chispa que Keith había encendido y que, por más que lo negara, seguía ardiendo.

Cierro la puerta y me apoyo contra ella un instante, respirando hondo y tratando de no perder la compostura. Camino hacia la pila y mis manos empiezan a temblar un poco mientras abro el grifo y me las lavo con agua y jabón.

«Pensaba que tendría el maquillaje mucho más corrido... Pero tampoco está tan mal. Lo arreglaré con un poco de agua y papel».

Me miro al espejo y me obligo a enfrentarme a mí misma.

«No puedes permitirte esto, Dahlia, es un error.

Él es peligroso y no se siente igual que tú.

Solo está jugando, y estás así porque hace demasiado tiempo que no sentías algo despertar en tu estómago, ni que tenías sexo.

Puedes diferenciar entre sentimientos, pero no disocies; sabes que solo ha sido un impulso de atracción y nada más.

Estás trabajando y hay vidas en juego, no bajes la guardia, eres más fuerte».

Pero incluso mientras me repito esas palabras, reafirmo mis pensamientos en la habitación: desde el primer instante en el que me crucé con él en el Templo Katsura, había deseado esto.

Es el hombre más guapo que he visto en toda mi vida y, como mujer, no puedo negarle.

Solo le he estado negando como Dahlia Hawthorne, la abogada, pero no como Dahlia.

Solo Dahlia.

Tomo aire y cierro los ojos un momento. Afuera me estarán esperando desde hace rato y el mundo seguirá girando como si nada hubiera pasado. Debo ser profesional antes de volver a casa y retomar la normalidad.

Pero, de repente, alguien abre la puerta del baño, interrumpiendo mis pensamientos. Y entonces la veo.

Apoya sus manos contra el mármol y se mira al espejo para retocarse el pintalabios.

Lleva un vestido rojo que parece haber sido diseñado para llamar la atención, junto a una chaqueta negra que suaviza la intensidad de su presencia.

Su pelo moreno cae en ondas sutiles por encima de los hombros, y me fijo en su pecho, que no es tan grande como el mío, pero es elegante.

Sus facciones son fuertes y marcadas, y lleva un peinado parecido a los de Marilyn Monroe.

Al acercarse un poco más al espejo, consigo verle una pequeña peca encima del labio superior, y también observo que el color de sus ojos es el marrón; grandes, felinos y saltones.

—Tú debes de ser Dahlia Hawthorne —dice con voz dulce y pícara—. He escuchado mucho sobre ti, felicidades por el juicio.

Intento no disociarme y enderezar los hombros, consciente de que el corazón aún me late demasiado rápido.

—Gracias, ¿y tú eres...?

—Olivia Carter. Soy la detective de la fiscalía de Kioto; es un placer.

La detective de la fiscalía... Keith.

—Debo decirte, Dahlia, que he visto tu «defensa» durante el juicio muy... provocadora.

Me tenso y sonrío; vaya tono tan venenoso. Ese comentario no es profesional: hay algo mucho más personal detrás.

—Gracias por la observación, pero me parece que has estado viendo otro juicio —intento mantenerme firme, evitando que se dé cuenta de que no estoy en mi mejor momento.

Olivia arquea una ceja.

—No te hagas la ingenua, sé perfectamente que está pasando algo entre tú y Keith —su tono se endurece y empieza a sonar amenazante.

—¿Keith? Ah, te refieres al fiscal Kudo —vacilo.

Olivia se acerca a mí lentamente.

—Sabes perfectamente de lo que hablo. He venido expresamente para informarte de que ese hombre no está disponible, así que aléjate de él; no voy a compartirlo.

«Compartirlo», dice. Voy a vomitar.

Mi estómago empieza a rugir, pero no de miedo. Es por la mirada gélida de esa mujer y su comentario pasivo-obsesivo que le hace parecer una niñata aburrida. Tengo que hacer sobreesfuerzos para calmarme y no dejarme intimidar.

—Señorita Carter, no deberías dirigirte así a la abogada del caso, y mucho menos darle órdenes. Podrías meterte en problemas.

Olivia da un par de pasos hacia mí y el eco de sus tacones retumba en el suelo del baño.

—Déjate de tonterías, me importa una mierda quién seas. No sé qué es lo que estás haciendo aquí y por qué te han cedido la defensa de un caso tan importante, pero te lo repetiré: no intentes nada con él.

—No sé de qué estás hablando —respondo lo más cortante posible, negando sus insinuaciones—. No hay nada entre ese fiscal y yo.

—Deja de mentir; sé distinguir muy bien cuando una mujer está loca por meterse en la cama de un hombre, y yo soy la única que se mete en la suya.

He visto cómo lo tratabas y te insinuabas, así que, si me entero de que te estás entrometiendo entre nosotros, yo misma me encargaré de ponerle remedio —continúa amenazándome.

Su comentario me cabrea y me cruzo de brazos, enfrentándola sin ceder un centímetro.

—Escúchame: no me importa lo que creas que has visto ni tus supuestas conjeturas.

Me importa una mierda la relación que tengas con ese hombre y lo que hagas con él, pero a mí no me vas a amenazar, que te quede claro —me acerco a ella, quedándonos muy cerca la una de la otra—.

Tengo mucho trabajo que hacer, así que haz bien el tuyo e intenta hacerlo sin involucrarte en la vida personal de los demás.

Si vuelves a hablarme en ese tono, yo también me encargaré de ponerle remedio.

Vuelvo a ser la misma de siempre.

Olivia ríe. Es seca y nada amigable; vaya pedazo de bicho me acabo de cruzar. Deja caer la cabeza hacia atrás ligeramente, como si estuviera disfrutando de la tensión que está creando entre ambas.

—Interesante. Me gusta que no seas sumisa, pero... ten cuidado, no me dejo intimidar tan fácilmente. Pareces una niña frágil e indefensa y no eres nada imponente —se acerca y me coge un mechón de pelo, acariciándolo.

—No me toques —ordeno apartándole la mano de un reflejo. Le he dado fuerte y ha sonado.

Suspiro y quiero levantarle la mano para pegarle fuerte en la cara, dejándole una buena marca que le recordará lo frágil e indefensa que soy, pero no lo hago. No puedo hacerlo aquí.

Algo me queda claro en ese momento, y es que aquel primer encuentro entre las dos está marcado por la cosa que más pereza me da en el mundo: la disputa entre dos mujeres por un hombre.

El aura de esa chica es venenosa, aunque si miro bien, también puedo ver la inseguridad escondida detrás. Podría seguirle el juego y estirar más el chicle, pero discutir es lo último que me apetece en este momento.

—Me aseguraré de mantenerme al margen —digo intentando sonar profesional y fría a la vez—. Ahora, si me disculpas, necesito prepararme antes de volver a casa.

Olivia asiente levemente, como si sintiera que había ganado. Su sonrisa se desvanece.

—Nos veremos más, Dahlia Hawthorne. Y recuerda: Keith no se deja atrapar fácilmente.

«¿Esta tía de qué cojones va?».

Se da media vuelta y camina hacia la puerta, dejándome con un nudo de tensión en el pecho. «Otro problema más», pienso, «como si no tuviera suficientes».

No puedo evitar pensar en lo compleja que es mientras veo cómo su figura se desvanece. Intuyo que es peligrosa, obsesiva y fría, pero, aun así, algo dentro de mí me dice que tiene un corazón frágil: uno que puede romperse con solo tocarlo en el lugar adecuado.

Me recompongo, consciente de que la guerra silenciosa entre Olivia Carter y yo acaba de empezar.

◆◆◆

Salgo del baño con el pulso acelerado, y no precisamente por el agua fría que me acabo de poner en la nuca.

El encuentro con esa mujer ha sido breve, pero intenso. Esa mezcla de inteligencia y malicia contenida me ha puesto en alerta, pero me obligo a apartarla de mi mente y centrarme en lo que realmente importa.

Que Olivia esté obsesionada con Keith no suena a una simple locura romántica, sino a algo mucho más oscuro y posesivo por la forma en que me ha hablado. Me hace sentir incómoda. ¿Qué cojones hace? Me ha amenazado y me ha dado a entender que tiene una relación con Kudo.

Me pregunto si sospecha algo de lo que ha ocurrido entre nosotros o si realmente la tensión que hemos tenido delante de todos los presentes en el juicio esta mañana ha sido lo suficientemente obvia.

«¿Por qué ha venido expresamente a hablar conmigo?», pienso mordiéndome el labio inferior. «¿Habrá sido pura inseguridad solo por ser mujer y enfrentarme a él... o hay algo más? ¿Serán pareja? Keith me lo habría dicho, ¿no?».

«¿Habría hecho eso conmigo en esa habitación si realmente tuviera una relación con alguien? No lo sé... Empiezo a dudar hasta de mi propia sombra».

Camino hacia la puerta principal, debatiéndome entre mantener la profesionalidad o dejarme llevar por la irritación.

Siento que esa mujer, con sus provocaciones, intenta corroerme desde dentro, pero prometo no ceder a su juego.

No puedo, no debo... Aunque, si hubiera tenido la oportunidad, tal vez algún tirón de pelo se me habría escapado cuando insinuó que Keith era suyo.

20 de junio, Juzgados de Tokio

Abro la puerta y un soplo de aire fresco me golpea la cara. Allí está el taxi y junto a él, Takumi, Mina, Fukuda y Oshida esperándome.

—Ahí estás —me recibe el jefe, con alivio y sonriente al verme aparecer—. Sí que te has hecho de rogar. ¿Estás bien? Nos tenías preocupados.

Intento devolverle la sonrisa, aunque no me es fácil.

—Lo siento... Necesitaba un momento —murmuro bajando la mirada hacia mis zapatos—. Todo ha sido un poco intenso; no debería haber salido corriendo de esa manera.

Mina levanta una ceja, evaluando cada palabra y cada micro gesto de mi cuerpo.

—¿Intenso? —repite con un tono dulce—. Me has hecho sufrir tanto que no podrías imaginártelo. No sabes la alegría que he sentido cuando el juez ha pospuesto el juicio.

Fukuda interviene; está apoyado en la pared, cabizbajo.