El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 8.
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Capítulo 8.

(法廷で起きたことは、法廷に残る— Lo que pasa en los juzgados se queda en los juzgados)

El fiscal inclina la cabeza, rozándome la mejilla y el cuello... pero no llega más lejos.

Sus labios se detienen a un centímetro de los míos.

—No sabes cuánto quiero hacerlo —susurra con una voz que no parece suya—, pero no así. No ahora.

Abro los ojos, todavía brillantes, pero no por llorar. No entiendo nada. Me siento perdida, como si de repente algo dentro de mí se hubiera roto. El orgullo me duele, me arde en el pecho, y por un segundo quiero gritarle y preguntarle por qué está haciendo esto.

—¿Por qué paras? —pregunto.

Keith apoya su frente en la mía. Sus manos están firmes y pasan a sujetarme la cintura, pero no avanzan más.

—Porque si sigo, no podré parar —dice—. Y no pienso tocarte más.

Trago saliva, incapaz de contestar. El corazón me golpea el pecho con fuerza y da un paso atrás, rompiendo el contacto. La habitación parece enfriarse al instante, después de que la hubiéramos casi quemado en llamas.

El silencio se extiende entre nosotros como si fuera una cuerda tensada mientras que Keith levanta la mano y aparta un mechón de pelo que roza mi rostro. Cierro los ojos un instante para reprimir el odio que está sintiendo mi cuerpo por necesitar ese contacto.

Empiezo a temblar. No sé si es de rabia, del agotamiento o por la forma en la que me está mirando.

—No me toques —susurro retrocediendo.

Keith no obedece y sigue acercándose a mí, sin pronunciar palabra.

—Te haré daño.

Lo miro con los ojos húmedos y desafiantes.

—Ya lo haces —respondo con la voz rota.

Todavía siento el pulso latiendo en mis oídos.

Mi respiración es irregular y, por unos segundos, no soy capaz de moverme.

El silencio de la habitación pesa como una losa. No puedo creer lo que acaba de pasar, ni siquiera quiero ponerle nombre.

Keith se ha levantado y está dándome la espalda, con la camiseta todavía medio desabrochada y el pelo largo despeinado cayéndole sobre ella. Puedo escuchar, sentada desde aquí, cómo está intentando recuperar el aire.

No dice nada.

Ni un mísero movimiento, ni una mirada de culpabilidad, de agobio, de recién —casi— follado. Nada; solo me castiga con ese silencio suyo que me duele más que cualquier palabra que suelte por su sucia boca.

Y entonces me golpea la realidad.

Lo que hemos hecho. Lo que casi hemos hecho.

Cruzar esa línea es lo único que me había prometido no hacer con él.

Pero lo he hecho.

Y lo peor es que no puedo fingir que no quería y que me arrepiento.

◆◆◆

Me incorporo despacio, sintiendo un ligero temblor en las piernas.

Quiero pensar, ignorante de mí, que puede ser fruto del cansancio, la tensión y la rabia acumulada después del juicio, pero en el fondo, sé que es por la gran pose en la que me ha puesto mientras me masturbaba con demasiadas ganas, al parecer.

Ahora mismo no siento debilidad, sino deseo.

Crudo, irracional e imposible de controlar.

Desde el primer día que vi a Keith, sentí que algo en mí se quebraba. Me odia, lo sé. Me desafía, me empuja hasta el límite... y, aun así, no puedo dejar de verme en sus ojos verdes. Es el espejo que quiero tener en casa y lo último que quiero ver antes de besarle.

No lo he besado.

No puedo dejar de querer que me mire así.

Me llevo las manos a la cara. El calor que me recorre por el cuerpo es el resultado de la culpa, la confusión y la rabia que le tengo por pararlo. Jamás habría cruzado esa línea aquí con alguien, pero no era solo alguien; era él.

Y ha pasado en tan poco tiempo que me asusta. Demasiado poco tiempo.

Mis pensamientos me atacan en ráfagas. ¿Por qué?

¿Por qué conmigo? ¿Por qué aquí? Pero sé la respuesta.

Desde el primer día que lo vi, bajo aquel atardecer y ese viento que bailaba con nuestro pelo y mi vestido, no había logrado ignorarlo.

Cada gesto, cada mirada, cada maldito comentario suyo me atraía de una manera que no podía controlar, y lo peor era que había cedido ante ese impulso.

Creo que quise arrancarle la ropa desde ese mismo momento, y algo se despertó en mí. Cuando abrió la boca y fue frío, distante y cortante, todavía me gustó más. Mi estómago me lo dijo.

Más tarde, en el hotel, lo confirmé. Dahlia Hawthorne se había puesto nerviosa ante él. Y Dahlia Hawthorne no se pone nerviosa ante nadie.

Sabía que debía reprimirlo y no porque fuera algo prohibido, sino porque Keith Kudo, el fiscal, no era alguien bueno. Aun así... mis ganas habían sido más fuertes que mi razón.

Lo siento, Takumi. Sé que te ha hecho daño. Esto no debería haber acabado así. Yo también saldré herida, pero de otra manera; y ahora mismo, no sé cómo evitarlo.

Respiro hondo.

Mi cuerpo me está traicionando. Estoy intentando poner orden en mi cabeza, pero... es más fuerte que yo.

No debería haberle dejado acercarse tanto. No debería haber rezado para que esto pasara antes de irme a dormir.

Porque Keith es una mala persona.

Y aun sabiéndolo, lo deseo.

◆◆◆

Me llevo una mano a la frente. No sé si reír o llorar.

He pasado tiempo reprimiendo esto desde que llegué a Japón, ocultándolo bajo capas de lógica y de moral. Pero, en cuestión de minutos, lo he tirado todo por la borda.

Lo más humillante es que no me ha forzado, ni me ha manipulado. Yo lo he querido. Yo he cruzado la línea.

¿Y si ahora no puedo volver atrás?

Keith se gira y me observa, al fin. Estoy indefensa, con las manos en el sofá y las tiras del vestido aún sueltas. Mi pelo está revuelto y mis mejillas enrojecidas como los pétalos de rosa del jardín de la corte. Sus ojos cambian y dejan de brillar tanto como cuando estaba encima de él.

—Ve al baño antes de irte a casa, estás despeinada.

Lo miro, intentando entender cómo puede ser tan frío después de... esto.

—¿Eso es todo lo que vas a decirme?

—¿Qué quieres que te diga, Hawthorne? —contesta sin mirarme mientras se ata la camisa—. No hay nada que decir.

Su voz me corta.

Me levanto, intentando ordenar las ideas que tengo en la cabeza.

—¿Para ti no ha significado nada?

Él está frente a mí, pero no percibo ni un solo ápice de emoción en su rostro. Ni arrepentimiento, ni indicios de que aquello le haya importado un poco, siquiera. Solo veo una mirada fría y calculadora, clavada en mí como un filo invisible.

—No, Hawthorne.

No.

Una sola palabra y todo en mí se desploma.

Lo odio por eso, por decirlo tan fácil.

Y lo odio más aún porque sé que dice la verdad.

—¿No? —logro decir con los dientes apretados—. Para ti, quizás. Pero...

—Probablemente ha sido fruto de un impulso —me interrumpe.

—Un impulso —repito con una risa amarga—. Claro, supongo que los impulsos no se pueden controlar, ¿no?

Keith me observa fijamente y, por un instante, creo ver algo distinto. Una lucha interna que intenta esconder.

—No me hagas perder el tiempo. No estoy aquí para alimentar tus fantasías —se acerca unos pasos, suficientes para que lo sienta cerca, pero no tantos como para perder el control de la situación.

—¿Mis fantasías o las tuyas?

—Ambas —responde.

—¿Y si te digo que quiero que lo hagas?

—Entonces me confirmas que eres tan insensata como yo.

Saca un coletero negro de su bolsillo y ata su pelo en un moño despeinado. Los mechones sobresalen por todas partes y le hacen ver todavía más varonil y masculino.

Cada movimiento suyo es una tortura. Incluso cuando pierde el control, logra parecer que no ha pasado nada.

—Te marchas —digo. No pregunto, lo afirmo.

—Sí, y tú deberías hacer lo mismo; el juicio ya ha terminado.

—¿Vas a fingir que esto no ha ocurrido?

—Lo que pasa en los juzgados se queda en los juzgados, bala de plata.

No puedo evitar que mi indignación salga a flote.

—Tú... ¿realmente crees que tienes el derecho de hacer que pase esto y marcharte sin más? —pregunto con la rabia contenida—. ¿Crees que no me ha afectado?

—No me importa —contesta como si fuera la cosa más natural del mundo—. Eres demasiado emocional, y esto... —hace un gesto hacia nosotros— no significa nada. Ahora, ve al baño antes de volver a casa. Estás demasiado roja y despeinada, cualquiera podría hacer preguntas.

—Que te follen.

Trago saliva, sintiendo cómo la furia y el orgullo me suben por la garganta. Quiero hacer algo más: gritarle, arrancarle otra vez la ropa o ser yo la que le diga que no me importa lo más mínimo... Pero no hago ninguna de las tres cosas.

Dos son verdad. Y una mentira.

—Keith... —la voz se me quiebra mientras lo veo abrir la puerta—. Si de verdad quieres que no me importe, así será.

La cierra y no se despide ni vuelve a mirar atrás.

En esa habitación solo quedamos yo y la frialdad de quien sabe exactamente qué decir para destruirte sin levantar la voz.

Cuando cierra la puerta, el silencio me envuelve y, allí, sola, con el pulso todavía acelerado, entiendo lo que realmente me aterra.

No es lo que ha pasado.

Es tener que salir por esa puerta sabiendo que, muy probablemente, si no hubiera sido yo, hubiera sido otra.

Me siento en el borde del sofá, aun temblando, tratando de recomponerme. Si para él no ha significado nada, para mí ha significado todo, solo por el simple hecho de llevarle la contraria.

Empiezo a rezar por dos cosas. La primera es para que, al salir de esta habitación, cuando tenga la cabeza fría y vuelva a la realidad, vea lo que ha pasado como un simple desliz y no me impida trabajar como siempre lo he hecho.

La segunda es para que sus palabras no sean la única verdad que ese hombre ha dicho por primera vez en años en estos tribunales.

Me llevo las manos a la cara, intentando borrar el calor que todavía recorre mi cuerpo y la sensación de vulnerabilidad que me ha dejado tenerle dentro de mí.

No será tan fácil, y Keith Kudo no se irá de mi cabeza tan rápido, ni de mi piel.

Y mientras me levanto lentamente, tratando de arreglar mi vestido y mi pelo, el eco de sus palabras empieza a resonar en mi cabeza: «Lo que pasa en los juzgados se queda en los juzgados».

Ahora solo tengo que hacer una cosa antes de volver con mis compañeros: borrar de mi mente la intensidad de sus dedos dentro de mí y la manera en que me ha hecho correrme sin apenas esfuerzo.