Capítulo 7. #4
Se acerca y me coge fuerte por las muñecas, pero esta vez, en vez de usar su pose favorita, acorralarme contra la pared, me tira con fuerza contra el sofá de cuero donde antes me había dicho que me iba a comer el coño.
Se sienta a mi lado, me agarra del pelo y acerca su cara a centímetros de la mía. Estamos nariz con nariz.
—Estás en mi país, en mi ciudad y en mi juzgado. Voy a hacer contigo lo que quiera.
Su aliento y su calor están tan cerca que me vuelvo a excitar. Sus ojos comienzan a moverse y me miran la boca. Le agarro la cadena con la mano, y su expresión cambia a una mezcla de ira y sorpresa.
—Ahora ya no es solo tu juzgado, ni tu ciudad; es la mía, te guste o no. Yo también vivo en este país y jamás me habría imaginado que estuviera lleno de ratas como tú —sonrío.
Me agarra más fuerte del pelo.
—¿Intentas provocarme?
—Lo haces tú solito.
Me mira fijamente, sin pestañear.
—Ojalá la rata de tu jefe se hubiera encargado del caso...
Ese hombre es pequeño, vulnerable e inútil.
Él debería haber sido el abogado de esa mujer.
De ser así, seguro que el juez no habría pospuesto el juicio y ella ya se estaría pudriendo en la cárcel.
Todo es culpa tuya, Hawthorne... Te estás entrometiendo demasiado, voy a tener que castigarte.
—Hiroshi Takumi te da cien mil vueltas, capullo.
Keith se ríe con fuerza y se aparta, tocándose la nariz con el nudillo del dedo índice. Me quedo observándolo. De repente, se levanta y se coloca frente a mí. Mi corazón se detiene y agarro con fuerza el sofá, intentando encontrar protección, aunque sé que es inútil.
Me coge la mano y me levanta sin esfuerzo, colocándome de pie frente a él. Luego, se da la vuelta, me sujeta con fuerza del culo con ambas manos, se sienta en el sofá y me pone encima de él.
—¿Cien mil vueltas? No lo sé... Vamos a discutirlo. Tengo varias pruebas dentro de mis pantalones que no coinciden con lo que acabas de decir. ¿O no lo sientes?
Estoy justo encima de su polla. Solo nos separa la tela de mi vestido y sus pantalones negros. Me está empezando a poner muy cachonda.
—¿No te da vergüenza? Es la segunda vez que te empalmas hoy, dentro de una habitación cerrada, conmigo dentro —le respondo, intentando hacerme con el control.
—¿No te da vergüenza, después de sentir mi polla, compararla con la de tu jefe? Si ya la sientes grande dentro del pantalón, imagínate fuera —Empieza a moverme hacia adelante y hacia atrás, lentamente, sin que pueda hacer nada. Clavo las uñas en sus brazos.
—Para... —digo en voz baja, casi gimiendo.
—¿Parar? ¿Quieres que pare?
Keith vuelve a meter su dedo en la boca y luego en la mía. Siento su polla frotándose contra mi coño, y el vestido y el tanga que llevo no ayudan en nada a la situación. Cada vez estoy más excitada y mojada. Tengo su saliva por toda mi boca, mientras él continúa moviéndome sin parar.
Lo hace tan bien que ni siquiera estoy maldiciendo la ropa.
—Keith... —gimo, le agarro del pelo y pongo mi boca a escasos milímetros de la suya—. Si no paras... Me voy a correr.
—¿Te vas a correr, puta? Todavía no —responde agitado.
Me quito de encima y nos ponemos de pie de nuevo.
Con una mano me sujeta el vestido y con la otra me abraza con fuerza por la cintura, pegándome a él.
Me empuja de nuevo contra el sofá, dejándonos frente a frente, respirando con fuerza.
Separa mis piernas y las abre. Pongo ambos pies sobre el sofá mientras él se inclina hacia mí, apoyando una rodilla en el cuero y la otra de pie.
Desliza sus dedos dentro de mi coño y comienza a moverlos de arriba abajo, rápido, demasiado rápido.
Empiezo a gemir, le agarro de nuevo del pelo y lo acerco a mis tetas. Las tiras del vestido se han caído y, con la mano con la que no me está masturbando, las saca y las sujeta con fuerza, dejándolas al descubierto. Empieza a tocarlas y a chuparlas con un hambre que me desarma.
Es la primera vez en mi vida que alguien me da tanto placer a la vez.
—Me encantan tus tetas, son enormes... He estado distraído todo el juicio —gime con fuerza y resopla, haciendo ruido.
Estiro con fuerza de sus mechones despeinados y lo atraigo de nuevo hacia mi cara, sin que nuestros labios se toquen.
—Si me lo hubieras dicho, me habría puesto un vestido aún más escotado.
—Me estás poniendo muy cachondo, Hawthorne... Si no te callas, voy a acabar follándote muy duro en este sofá.
Empiezo a gemir aún más fuerte. Sus dedos siguen en mi coño y continúa metiéndolos dentro y fuera a la velocidad de la luz.
—Me encanta, no pares —gimo de placer—, no pares, sigue...
Keith aumenta la velocidad.
—Córrete en mis dedos —ordena gimiendo, a un milímetro de mi boca.
—Estoy... muy enfadada —añado con la respiración agitada—. Me lo estaba pasando muy bien encima de tu polla...
Sonríe, junto a una leve risa agitada.
—Serás muy mala en la corte, pero tienes pinta de ser todo lo contrario en la cama.
Me agarra del pelo y me tira hacia atrás. Me escupe en la boca y empieza a gemirme fuerte en el oído, hasta que, finalmente, se lo pido.
—Fóllame, Keith.
Y me corro, dejando su mano llena de mí.