El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 7. #3
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Capítulo 7. #3

La sala entera queda tan callada que hasta mi corazón parece detenerse.

El juez guarda silencio durante unos segundos que se hacen eternos.

Las miradas entre Keith y yo se cruzan como cuchillos deseando agujerearnos la ropa.

Finalmente, carraspea, nervioso, intentando recuperar el control del caos que el testimonio de Yuko ha provocado en su tribunal.

—Bien, este juzgado ha escuchado suficientes irregularidades por hoy —dice el juez, intentando sonar autoritario, aunque el temblor de sus manos lo traiciona—. A pesar de que la fiscalía se oponga a ello, he decidido que el juicio queda pospuesto hasta nuevo aviso.

Todo el público empieza a cuchichear entre sí. Los periodistas se levantan de sus asientos y los flashes de las cámaras destellan como relámpagos dentro del juzgado.

—Es de vital importancia —continúa el juez, alzando la voz— que esa buhardilla sea investigada. No pienso permitir que un solo rincón de ese templo quede sin revisar. Si ahí arriba hay algo que pueda esclarecer este caso, lo sabremos.

Keith aprieta la mandíbula y gira su cuerpo hacia mí.

Sin poder evitarlo, le sostengo la mirada por un instante. Mi corazón late tan fuerte que puedo oírlo entre el murmullo de la sala y el golpe final del mazo del juez, dando por concluida la sesión de hoy.

He ganado una batalla, pero no la guerra.

Pequeña, pero crucial.

Detrás de mí, Takumi se acerca con una sonrisa.

—Lo has hecho, Dahlia... —susurra—. Has conseguido posponer el juicio.

Mina abraza a Takumi, sin poder contener la emoción.

—¡Sabía que ella podía hacerlo! —dice mirándole fijamente, con los ojos llenos de lágrimas—. Eres increíble, Dahlia —se voltea para decírmelo.

Fukuda, que ha estado abatido por el impacto que le había causado su testimonio al inicio del juicio, respira hondo y se acerca a mí, sonriendo.

—Buen movimiento, pequeña. No tuve ninguna duda cuando te conocí que eras una gran abogada. Me lo has demostrado con creces y hemos ganado un poco más de ventaja; debemos usarla bien.

Respiro y, por primera vez en días, siento que el aire vuelve a fluir por mis pulmones. Hay esperanza, pero esa sensación no dura mucho.

El sonido del mazo del juez vuelve a retumbar en la sala.

—La sesión queda suspendida. Agentes, trasladen a la acusada.

Dos policías se acercan a Yuko para llevarla de regreso a la comisaría, todavía esposada, pero mientras suben las grandes escaleras que llevan a la puerta de salida, gira lentamente la cabeza, buscándome con la mirada.

—¡Esperad! —exclamo dando un paso al frente.

—¡Dahlia, no, espera! —me gritan Mina, Takumi y Fukuda mientras me alejo, pero no les hago caso.

Los agentes ignoran mi llamada y siguen subiendo escalones.

—¡No os la llevéis todavía! ¡Necesito hablar con ella! —protesto intentando abrirme paso.

Uno de los guardias me bloquea el paso con el brazo.

—No puede pasar, señorita, mantenga la calma.

—¡No! —grito alzando la voz por encima de su brazo—. ¡No he terminado de hablar con ella! Es mi cliente, ¡tengo derecho a hablar con ella! ¿Cómo podéis ser tan crueles?

Yuko se detiene un instante en lo alto de las escaleras al escuchar mi voz a lo lejos, volviendo la mirada hacia mí. Su expresión es tranquila y serena, como si, en medio de tanto miedo, hubiera encontrado finalmente un propósito.

—Muchas gracias, señorita Hawthorne... No habría podido ser tan valiente de no ser por ti —alcanza a decir con una lágrima cayéndole lentamente por la mejilla—. Por favor, que se haga justicia.

—Yuko... ¡Yuko!

Siento cómo se me encoge el pecho y doy un paso más para sobrepasar al guardia. Estoy desesperada y dispuesta a correr, pero entonces una mano firme me sujeta del brazo con fuerza y me tira hacia él.

Keith.

—Basta, no montes una escena. No te servirá de nada, ni a ella ni a ti.

—¡Suéltame! —le agarro el brazo con el que me queda libre y los ojos se me envidrian—. ¡Tú no lo entiendes!

—Si no dejas de armar escándalo, te voy a volver a encerrar en la habitación de antes —susurra acercándose a mi oído.

Quiero pegarle, gritarle y hacerle pagar por todo lo que me ha hecho hasta ahora, pero lo único que consigo es que mi voz se quiebre y mis mejillas vuelvan a sonrojarse.

Keith mira al suelo, pensativo, mientras sigue sujetándome con fuerza. Siento cómo las lágrimas empiezan a brotar con intensidad.

—¡Es todo por tu puta culpa! —me doy la vuelta y le agarro la camisa negra, desabrochada, con las uñas, mirándolo con dolor y tristeza.

—¡Tú y tus putos hombres os empeñáis en joderme todo el rato!

¡No creas que no me imagino que la orden para que se la lleven sin que pueda hablar con ella la has dado tú!

¡Eres un gilipollas, un imbécil...! —Me acerco aún más a su rostro, llena de odio—.

Me tienes harta... Si pudiera arañarte todo el pecho hasta que sangraras con estas uñas, lo haría. Te odio con toda mi alma.

Sin dejarle responder, me aparto bruscamente y salgo corriendo de la sala, empujándole y dejando atrás a los demás.

Escucho cómo me llaman, pero sus voces se vuelven cada vez más lejanas, hasta desvanecerse por completo.

Keith se queda atrás. Quieto y en silencio.

Empiezo a correr por el pasillo del juzgado, abrumada y con un ataque de ansiedad. Pero Yuko ya se ha ido, así que miro a mi alrededor una y otra vez sin poder encontrarla. Es demasiado tarde.

Maldigo mi incapacidad para imponer un poco de autoridad en este maldito país, preguntándome una y otra vez qué demonios me pasa y por qué me siento así.

Pero mis propios fantasmas me están nublando los pensamientos, la razón... y la vista. Me sujeto la cabeza con ambas manos; el dolor es tan intenso que apenas puedo mantenerme en pie. Siento que todo gira, que el suelo se abre bajo mis pies... y que estoy a punto de desplomarme.

Pero alguien me agarra con fuerza por la cintura antes de que caiga, impidiéndome desplomarme. Siento su brazo firme sosteniéndome, casi con rabia, mientras me arrastra hacia la habitación contigua sin decir una sola palabra.

Con un pequeño detalle.

Ya había estado allí antes.

20 de junio, Habitación Carmesí

Estoy tan angustiada y mareada que el moño se me deshace y mi pelo cae sobre mí, completamente despeinado. Cuando por fin puedo abrir los ojos y el mareo cesa, levanto la cabeza y allí está: los ojos más peligrosos que jamás me han mirado en toda mi vida.

Tengo la nariz roja por haber llorado y las pupilas dilatadas. Keith me sostiene por la cintura con ambos brazos, evitando que caiga al suelo. Seguramente me ha sujetado en el pasillo justo cuando estaba a punto de desmayarme y me ha traído hasta aquí.

A la misma habitación de antes.

Su expresión es seria, con una ceja levantada, fija en mí.

—Para tener tantas ganas de matarme... la que tiene todos los papeles para morir eres tú, Hawthorne.

Todavía estoy mareada y no puedo sostenerme por mi propio pie.

Pongo mis manos sobre los brazos musculosos y tatuados de Keith, intentando apartarlos de mí, pero él no se mueve ni un milímetro.

Su agarre sigue firme, como si temiera que me derrumbara de nuevo en cualquier momento, o quizás... como si no quisiera soltarme.

—Suéltame... —susurro volviendo a mirar al suelo.

—Si te suelto, te vas a desplomar. Y créeme, aunque no me importaría, no puedo dejarte aquí dentro, sola y desmayada.

—Eres un estúpido... —Mi voz es débil y suena cansada, como si estuviera haciendo esfuerzos de más para responder a sus provocaciones.

—Mírate. ¿Crees que tienes que ponerte así? Estamos en la casa de la justicia, compórtate.

Alzo la mirada y le agarro fuerte. Estoy empezando a recuperarme poco a poco. Su respiración roza mi rostro, cálida y contenida. Puedo sentir cómo sus músculos se tensan bajo mis dedos, y aun así no aparta la vista de mí ni un segundo.

—¿La casa de la justicia, Keith, en serio? —río lentamente, con varios mechones tapándome la mayoría de la cara—. ¿De verdad crees que lo que buscas cuando pisas este edificio con tus sucios pies es justicia?

Me aparta lentamente los mechones de la cara y me los pone detrás de las orejas.

—El fin justifica los medios, Hawthorne.

—¿Perdona? —el mareo está desapareciendo por completo y siento que ya puedo sostenerme en pie por mí misma.

Pero dejo que siga haciéndolo él.

—¿Qué gilipolleces estás diciendo? ¿El fin justifica los medios? ¿Qué es lo que buscas? —frunzo el ceño.

—Un veredicto de culpabilidad, bala de plata.

Bala de plata.

—Me das asco.

—Para darte asco, no me sueltas, aunque ya podrías haberlo hecho hace rato.

Me sonrojo y me aparto. Estoy demasiado cerca de la pared, exactamente en la misma posición en la que, hace un rato, me había dicho que deseaba que me follara.

—Por supuesto... A ti te importa una mierda que se haga justicia o que se dicte un veredicto justo, todo lo que te importa es aparentar. Eres una vergüenza, Keith Kudo, no vales nada como fiscal.

Estoy furiosa.

—Tú no vales nada como abogada, Hawthorne —sonríe—. Pero me gusta verte jugar a los detectives en esa sala tan grande... Me excita.