Capítulo 7. #2
Su sonrisa empieza a resultarme molesta, así que intento recordar todo el sufrimiento que me ha hecho pasar en tan poco tiempo desde que lo conozco para opacar lo que acaba de pasar.
Quiero convertir mi vulnerabilidad en una ventaja.
Si fallo ahora, él saldrá ganando... Pero no me conoce de verdad, y no sabe que, aunque él sea el mejor fiscal de todo Japón, yo soy la mejor abogada de todo Seattle.
Y como no estamos en Seattle, eso me da el derecho a adaptar mi título aquí.
«Te sorprendería la capacidad que tengo para recordar detalles, Kudo».
—Por supuesto, Su Señoría, no tengo inconveniente en aceptar la petición de la fiscalía, con su permiso —empiezo poniéndome de pie—.
Hasta ahora, mi cliente ha testificado que la última vez que vio a la víctima con vida fue antes de irse a dormir.
Además, ha declarado haber escuchado un fuerte ruido caer alrededor de las cinco de la mañana y, aunque desconocemos su origen o causa, la defensa considera que podría ser significativo y tener relación con el caso.
Asimismo, ha testificado que es la única ama de llaves del templo y que el ala de invitados permaneció cerrada desde el momento en que se retiraron a dormir hasta el amanecer, cuando se reportó el incidente.
Se añade al testimonio la posibilidad de que algo ocurriera durante la noche en la habitación de la víctima, debido a la temperatura de la estancia y a la eventualidad de que alguien que no fuera él hubiera abierto la ventana.
En cuanto a los invitados que pernoctaron esa noche, Erika Suzuki y Masaru Tanaka, hasta que no se demuestre lo contrario, quedan excluidos como sospechosos, según la fiscalía, por la supuesta imposibilidad de acceder al ala de invitados por la única puerta que da acceso a ella.
La defensa ha presentado una petición formal para investigar más a fondo el templo y descartar por completo las hipótesis debatidas, solicitando la oportunidad de verificar el trabajo realizado por la fiscalía.
Por último, un agente de la policía metropolitana de Kioto ha declarado que las únicas huellas encontradas en la escena del crimen pertenecen a la víctima, Takashi Yamanaka, y a la acusada, Yuko Nakamura, añadiendo que las huellas de Yuko son las únicas presentes en el arma.
No se descarta la posibilidad de que alguien haya entrado y salido de la escena del crimen sin dejar rastro, según afirma la propia policía.
Por ello, la defensa formula una segunda petición para valorar si realmente hay indicios de que otra persona haya estado allí.
Eso sería todo, gracias —me siento y cruzo las piernas.
Keith se inclina hacia delante y su expresión se vuelve seria.
«Jódete».
—Señorita Hawthorne —el juez se dirige hacia mí—, ¿cree realmente necesario continuar la investigación y posponer el juicio unos días más?
—Completamente, todo el equipo de la defensa lo cree así.
Este caso es mucho más complejo de lo que aparenta, Su Señoría, y para descubrir la verdad de lo sucedido y hacer justicia, debemos llegar hasta el final.
Considero que hemos dejado varias ventanas entreabiertas; posibilidades que me llevan a pensar que alguien más pudo cometer el crimen y quiso inculpar a la acusada.
—¿Qué opina la fiscalía, señor Kudo?
Keith está serio, apoyado contra la pared. Cuando quiero darme cuenta, veo que sus labios juguetean con un cigarrillo mientras lo mueve de arriba abajo.
Esta vez me cuesta entender qué piensa o qué pretende, pero, sea lo que sea, sé que no es nada bueno.
Agarra el cigarro y se lo coloca detrás de la oreja.
—Hawthorne, ¿realmente es necesario alargar esto solo para volver a Kioto y estar cerca de mí? Si quieres pasar más tiempo conmigo, solo tienes que pedirlo.
El público en el palco se sorprende y empiezan a hablar en voz baja entre ellos. Varias voces suenan por toda la sala, repitiendo el comentario de Keith y analizándolo, mientras otros se contienen la risa, sonrojados.
Mis mejillas se calientan. Lo odio. Odio la manera en que me hace perder el control con una sola frase y cómo logra hacerme creer que tiene razón.
—Fiscal Kudo... —interviene el juez con la voz temblorosa, limpiándose el sudor de la frente—. Le ruego que mantenga la compostura; esto es un tribunal, no...
—No se preocupe, Su Señoría —lo interrumpe, alzando la voz antes de que termine.
Lo miro directamente, clavando mis ojos en los suyos. Le contesto sin moverme ni un centímetro de mi sitio.
—Solo lo hago porque quiero ver la cara que se te quedará cuando pierdas el caso y tengas que aceptar tu derrota ante todo el país. Cuando eso ocurra, y consiga un veredicto de inocencia para Yuko, espero que tengas la decencia de aplaudir.
El silencio se vuelve tan denso que puedo escuchar el latido de mi propio corazón.
Keith no sonríe; simplemente desvía la mirada de mí hacia el juez, y después vuelve a observarme con una expresión indescifrable que mezcla guerra y deseo, como si mi insolencia le resultara tan fácil de ignorar como cuando tiene la verdad ante sus ojos.
—Tomo nota de tus palabras, Hawthorne —responde con sarcasmo—. Espero que estés preparada para sostenerlas cuando llegue el momento.
—Lo estoy —respondo—. Siempre lo estoy.
El juez carraspea, intentando recuperar el control de la sala, mientras el público sigue murmurando y la tensión entre ambos se mantiene, tan evidente que parece una cuerda a punto de romperse.
Estoy a punto de pronunciar algo cuando una voz interrumpe el silencio que ambos habíamos creado.
—¡Su Señoría!
Yuko se levanta exaltada del banquillo de los acusados. Los dos policías que la vigilan reaccionan con sobresalto y, en un acto reflejo, la sujetan por las muñecas, esposadas.
—Quisiera... decir algo —añade.
Keith levanta una ceja y yo me giro hacia ella, confundida.
—Yuko, no tienes que... —empiezo, pero ella me interrumpe, negando con la cabeza.
—No, señorita Dahlia, tengo algo importante que decir, por favor.
Sus manos tiemblan, pero su mirada no. Por primera vez en todo el juicio, no la veo asustada; la veo decidida.
—Durante todo este tiempo he guardado silencio por miedo.
Miedo a empeorar las cosas, miedo a que nadie me creyera, miedo a perder lo poco que me queda, pero...
Después de todo lo que has hecho por mí —sus ojos me miran y se humedecen—, después de verte luchar sin miedo contra todo y contra todos, sin apenas conocerme... No puedo seguir callando; ya no más.
Siento un nudo en la garganta. ¿Qué está pasando? ¿Qué va a decir? ¿Va a confesar? No irá a autoinculparse, ¿verdad? La ansiedad se apodera de mi pecho y temo que Yuko diga algo que pueda perjudicarla.
—Yuko...
Ella respira hondo y todos ponemos nuestra atención en ella.
—Hay una zona del templo que no se ha investigado —sus palabras caen como una piedra en medio de la sala—. Una que solo conocemos el maestro Yamanaka y yo.
Keith levanta la vista al instante. Su expresión cambia: ojos fríos y mandíbula tensa.
—¿Qué estás diciendo? —pregunta él, cortante—. Eso no es posible. Hemos revisado cada rincón de ese templo, no queda ni una baldosa sin inspeccionar. Estás bajo juramento, y mentir durante un juicio es algo grave.
«Que lo digas tú, precisamente».
Yuko lo mira fijamente; ya no tiembla.
—No, señor fiscal, no miento. El Templo Katsura oculta más secretos de los que imagina... Incluso para alguien como usted.
Río para mis adentros. Yuko, te quiero.
El silencio se hace profundo, Keith frunce el ceño y su expresión cambia.
—Explíquese —ordena el juez.
Yuko asiente.
—Existe una última planta, una zona muy antigua en lo más alto del templo.
No aparece en ningún plano ni registro porque fue construida hace siglos, cuando se fundó el templo.
Solo se puede acceder a ella mediante un mecanismo que desconozco...
Ahí arriba hay una especie de buhardilla creada para proteger los manuscritos y los objetos más sagrados del templo.
Todos los presentes intercambian miradas incrédulas. El juez se queda petrificado, y la pluma de uno de los escribas cae al suelo.
—Yo no debería saberlo —continúa Yuko, visiblemente asustada—.
Era información prohibida. Si mi maestro hubiera sabido que conocía su existencia...
Me habría despedido sin pensarlo, pero escuché una conversación telefónica hace unos meses.
Él hablaba con alguien, no sé quién. Decía que “el secreto del templo seguía a salvo” y que nadie, ni siquiera los monjes que habían vivido allí antes, sabía cómo acceder a esa buhardilla.
Keith la observa con frialdad, y eso solo puede significar una cosa: que realmente no tiene ni idea de lo que está hablando y que Yuko, sin saberlo, ha dejado entreabierta la puerta a una de las pruebas que puede cambiar por completo el destino de este caso.
—¿Está diciendo que su maestro escondía una sala secreta en el templo, a la que solo él podía entrar? —pregunta el juez.
—Sí —responde sin dudar.
—¿Y pretendes que creamos esa historia sin pruebas, basándonos solo en una conversación telefónica? —Keith golpea la mesa con fuerza, cerrando el puño. Un sobresalto sacude a todos los presentes.
—No —replica Yuko, mirándole sin miedo a los ojos—. Pretendo que la investiguen. Alguien otro mató a mi maestro, y es posible que, si logran examinarla, encuentren algo que les sea de ayuda.
Nadie se atreve a hablar.
Yo no puedo moverme, solo puedo escuchar el eco de esa frase en mi cabeza: una última planta.
Keith permanece inmóvil, pero en su mirada algo ha cambiado. Estoy segura de que la inquietud y la duda le están revolviendo el estómago por dentro por no haberlo descubierto él primero. Él mismo.
El juez traga saliva.
—Señor Kudo, señorita Hawthorne... —murmura sin saber hacia quién mirar—. Creo que tenemos mucho de lo que hablar.