Capítulo 7.
(あなたの身体の判決— La sentencia de tu cuerpo)
Se lo merecía, por gilipollas.
Aunque mentiría si dijera que le había dicho la verdad.
Regreso al juicio, pero no puedo evitar lanzar una mirada hacia Yuko, que permanece recluida en un rincón junto al equipo médico, intentando controlar su tensión.
Me preocupo y empiezo a sentirme angustiada, así que camino hacia ella con la intención de ofrecerle ayuda, pero una voz me detiene, sujetándome ligeramente del brazo antes de que pueda alcanzarla.
—Dahlia, es mejor que no vayas. Los médicos se encargarán de atenderla; está bien, solo se ha mareado un poco. Sabes que estos lugares, a veces, provocan estas cosas... —Takumi me mira fijamente y me hace un gesto para que regrese a nuestro estrado.
Asiento y caminamos hacia los demás.
—Lo estás haciendo muy bien —dice Mina dándome un abrazo.
Me aparto suavemente y le sonrío.
—Sé que me dices eso porque no quieres que me desanime, pero sabes que no es cierto —respondo, esforzándome por contener el temblor en mi voz.
—Dahlia... —susurra con tristeza.
—Dahlia, concéntrate. El juicio se pospondrá, estoy seguro, pero tienes que resistir hasta el final.
Si no estás centrada, bastará con que la fiscalía suelte cualquier argumento para convencer al juez de que Yuko es culpable, y no podrás hacer nada más.
Sabes que un veredicto de culpabilidad no es reversible.
Asiento y trago saliva mientras Fukuda se acerca.
—Todo es culpa mía... Mi testimonio ha sido una mierda, lo reconozco.
—No es cierto —respondo—. Gracias a eso he podido ganar tiempo y reconducir el juicio. No quiero que vuelvas a hablarte mal, te prometo que mañana regresaremos juntos a Kioto.
—Pero...
—Eh, Fukuda —le agarro de los hombros—, te lo juro por lo más sagrado. ¿Me escuchas?
—Sí, volveremos.
—Bien —respondo—. Acercaos todos aquí, vamos a hacer una breve recopilación de esta primera parte.
—Sí —responden al unísono, rodeándome mientras anoto varias cosas en mi libreta.
—Hasta ahora sabemos que Yuko vio por última vez a la víctima con vida antes de irse a dormir, y que escuchó un fuerte ruido horas después, cerca de las cinco de la mañana.
Está completamente segura de que fue a esa hora porque la vio en el reloj, así que tenemos que aferrarnos a ese dato con nuestra vida.
Aunque no contemos con pruebas sólidas de que esto sea cierto, no porque ella mienta, sino porque ha declarado que estaba medio dormida y no sabe si lo soñó, me aferro a esa memoria como si fuera lo único que tenemos y espero, de verdad, que sea cierto que algo cayó con fuerza.
Si así ha sido, investigaré hasta el último rincón de ese templo para descubrir qué ocurrió.
Ese ruido solo puede significar varias cosas, pero me inclino a pensar que: o escuchó el momento exacto del asesinato, o al asesino entrando al templo.
—Podemos comprobar tu primera teoría, Dahlia. ¿Has revisado ya el informe de la autopsia?
—Sí, ¿qué quieres comprobar?
—Verifiquemos la hora de la muerte —contesta Mina.
—De acuerdo.
Saco el informe de un sobre marrón y lo deposito sobre la mesa.
"La causa de la muerte es una puñalada directa al corazón con una daga ceremonial de al menos ocho kilos. El fallecimiento se produjo en no más de diez minutos, debido a la pérdida masiva de sangre que afectó rápidamente la función cardíaca. Se estima que el corazón dejó de latir entre las 6:00 y las 6:30 a.m.”.
Mi corazón se acelera.
—Seis de la mañana... —susurro más para mí que para ellos—.
Entonces, ¿descartamos la posibilidad de que Yuko escuchara el momento exacto en el que lo asesinaron?
De ser así, es muy posible que la víctima también estuviera despierta a las cinco de la mañana, y si logro probar que ese ruido fue provocado por alguien externo, podré demostrar la presencia de otra persona aquella noche, como un posible asesino —hago una pausa y me llevo el dedo a la barbilla—.
Aunque... también cabe la posibilidad de que fuese la propia víctima quien provocara el golpe.
¡Dios, esto es una mierda! Estoy hecha un lío, ¿qué pasó realmente entre las cinco y las seis?
¿Y por qué hay esa diferencia de una hora?
—Dahlia, querida, tranquilízate, por favor. Aunque tu teoría sea posible... te aferras a meras conjeturas. ¿Estás segura de eso?
No lo estoy.
—No, pero es lo único a lo que puedo aferrarme ahora mismo, Fukuda. Si me equivoco, lo descubriré cuando vuelva a pisar ese templo; pero, por ahora, es lo que mi corazón quiere que crea.
Mina baja la mirada, pensativa, mordisqueándose el labio inferior.
—Ahora mismo no podemos llegar a ninguna conclusión sólida —añade Takumi con voz firme—.
No somos videntes, Dahlia. No podemos saber qué ocurrió realmente con un único testimonio, así que necesitamos que Yuko aporte más información...
o escuchar a otros testigos. Si no, acabarás frustrándote más de lo que ya lo estás.
Le doy la razón porque sé que la tiene.
—Tienes razón... —respondo dejando escapar un suspiro—. Además, tampoco he tenido tiempo de contarte qué descubrimos durante la primera investigación en Kioto.
Fukuda levanta una ceja, sorprendido.
—Es cierto —me responde—, no nos hemos sentado a hablar todavía de vuestro viaje a Kioto.
En vuestro informe ya está todo especificado, pero...
me gustaría escucharlo de vosotros. Cuando volviste, fuiste directamente a interrogar a Yuko a la comisaría y después...
tuvimos aquella conversación en la oficina.
—¿Qué conversación, Hiroshi? —pregunta Fukuda, interesado.
—Ninguna conversación, ¿verdad? —digo.
—Sí, ninguna —añade Mina.
—No sé de qué conversación me estás hablando —mi jefe mira hacia otro lado.
—¡Pero si lo acabas de decir tú!
Reímos y, por un momento, me tranquilizo.
El día de ayer había sido tan intenso y devastador...
que no había encontrado fuerzas para contárselo a quienes realmente debían saberlo.
Y, pese a que Takumi me había narrado su historia contra el fiscal y su oscuro pasado en los tribunales, había pasado por alto lo más importante: lo que realmente estaba pasando con Keith.
Me sabe mal por Fukuda, pero supongo que Takumi no quiere volver a hablar de su rivalidad con el fiscal y lo que pasó hace un año en aquel caso.
Tendremos tiempo de sentarnos todos juntos y hacerlo, pero de momento, lo más importante ahora mismo es esto.
—Centrémonos, la sesión se reanudará en apenas unos minutos —Takumi mira el reloj de su muñeca para comprobar la hora—. Ya tendremos tiempo de ponernos al día.
—Por cierto, también nos contarás dónde has estado estos últimos veinte minutos, ¿verdad? —pregunta Fukuda, señalando la puerta con el dedo.
Recuerdo cómo hace apenas unos minutos estaba contra la pared, con Keith encima y su mano en mi cuello... Quiero desaparecer.
Me sonrojo, aunque intento mantener la compostura.
—He ido al baño y he respondido un par de mensajes de mi familia, ¿contentos? —miento.
La expresión de Takumi se endurece y me observa fijamente, pero lo ignoro. Al menor paso en falso, estaría metida en un buen lío.
—Está bien, estás muy colapsada. Me alegra que hayas podido tomar un poco de aire —Mina acaricia mi pierna y sonríe.
—Sí, gracias por preocuparos...
—Vamos a empezar —dice mi jefe, cruzando los brazos.
—De acuerdo —respondemos a la vez.
◆◆◆
El juez vuelve a dar un golpe seco con el mazo. La segunda parte del juicio va a comenzar.
—Se reanuda la sesión del juicio contra Yuko Nakamura, acusada de asesinar a su mentor, Takashi Yamanaka —hace una pausa—. ¿Están la defensa y la fiscalía listas para continuar donde lo dejamos?
—Sí, Su Señoría —respondo segura.
—Adelante —contesta Keith con las manos en los bolsillos.
Los cuchicheos de la sala se desvanecen cuando Keith abre la boca y mis ojos vuelven a buscar los suyos.
Está de pie, con la mirada perdida, como si su alma todavía estuviera en esa oscura habitación y su boca a menos de un centímetro de la mía.
Así es él, al fin y al cabo; parece que nada le importa, ni siquiera cuando, para mí, algo así podría dejar secuelas lo suficientemente profundas e irreversibles en el corazón.
Y temía por ello.
Le temo a eso todavía más que a perder este caso.
Contengo la respiración, intentando olvidar, pero no puedo.
Lo ocurrido en ese cuarto se proyecta en mi mente, escena tras escena: el roce de su cuerpo, la presión de sus manos, su aliento rozando mi piel...
Todo está grabado en mi memoria con una claridad que me aumenta el ritmo cardíaco y me excita a la vez.
Una mezcla demasiado peligrosa, sobre sobre todo estando ahora mismo pisando el mismo suelo.
Me obligo a volver a la realidad, porque estamos en un tribunal, y aunque ese fiscal no me deja respirar tranquila, ya no hay vuelta atrás. Hemos cruzado una línea invisible y, muy probablemente, un punto de no retorno.
Al menos para mí.
Todo lo que se repite en mi cabeza es su voz diciéndome que rezaría para que me follara en esa habitación, sin importarme lo que ocurriera ahí fuera.
Y lo peor es que no logro deducir si tiene razón o no, y no puedo borrarlo con un simple parpadeo. Lo único que puedo hacer, y está en mis manos, es luchar por mantener el control.
Su mirada sigue sin apartarse de mí, y respiro hondo, enderezando la espalda mientras el juez nos espera. Estoy lista, o al menos eso me dice mi orgullo.
—Bien, continuemos, entonces. ¿Puede la fiscalía hacer un breve resumen de lo que ha sido la primera parte del juicio?
Keith saca una mano del bolsillo y se ajusta el colgante.
—Me gustaría que fuera la defensa quien lo haga. No hay ningún problema, ¿verdad?
Lo sabía. Lleva rato analizando mi lenguaje corporal y puede notar que estoy agitada, nerviosa y con la mente en blanco. Ese maldito gilipollas que tengo delante lo sabe.