Capítulo 6. #7
Keith se acerca tanto que hace que mi corazón se acelere. Su olor invade nuestro espacio y alzo mis ojos hacia él.
—Eres una abogada incompetente —dice—, pero me pregunto qué podrías lograr si te llegaras a concentrar... sin distracciones —susurra con la boca cerca de mi oído.
—No necesito tus putos consejos.
—Quizás no —su aliento choca con mi piel—, pero me gusta darte algo en qué pensar.
Sus palabras me encienden y me enfurezco. Trato de empujarlo para alejarlo, pero me agarra de la muñeca, tirándome hacia él. Me inmoviliza contra la pared y levanta mis brazos, quedándose a apenas unos centímetros de mi boca.
Ese hombre definitivamente ha trabajado en la policía en algún momento. Su fuerza es desorbitada y la manera en la que me agarra me dice que sabe perfectamente lo que hace.
—¿Crees que la violencia es la solución en medio de un juicio por asesinato? —pregunta sonriéndome.
—Si estuviéramos en medio de un bosque y no en un tribunal, te mataría con mis propias manos sin dejar ninguna prueba, desgraciado —respondo a la defensiva.
—¿De verdad crees que, si estuviéramos en medio de un bosque, lo primero en lo que pensarías sería matarme?
Me sonrojo y mi corazón comienza a latir más rápido que nunca.
—Hawthorne... ¿Puedes explicarme por qué tu corazón está latiendo tan rápido? Tus mejillas están ardiendo —dice pasando sus dedos por ellas.
—Probablemente me estoy enfermando y tú tienes la culpa.
—Si te excitas tanto simplemente porque te estoy sosteniendo los brazos y estoy a míseros centímetros de tu boca, no me quiero imaginar cómo estarías si estuviéramos fuera de los juzgados.
Quise responderle, pero no puedo. Estamos demasiado cerca, más aún que cuando me acorraló en la pared del hotel y en la mesa de la oficina.
Era lo que mejor se le estaba dando desde que lo conocí. Parece que no puede mantener una conversación conmigo a una distancia prudente.
Estamos tan cerca... a solo un centímetro de besarnos en esa habitación con poca luz y persianas bajadas.
Sus ojos están tan cerca de los míos que, por un momento, se vuelven todavía más verdes de lo que recordaba.
Se mueve un poco y su colgante empieza a rozar mi nariz, balanceándose.
Es tan alto que, a pesar de llevar tacones, prácticamente estoy a la altura de...
Ya sabéis, algo que no puedo mencionar en voz alta, especialmente en un lugar tan sagrado como este.
Keith me mira directamente a las pupilas y, por un segundo, el mundo fuera de aquella pequeña habitación oscura no importa. La tensión que hemos creado estos días entre nosotros es increíblemente intensa. El odio mutuo que sentimos el uno por el otro es evidente, pero no es lo único.
Mi ritmo cardíaco aumenta y mis mejillas siguen ardiendo, como una cerilla a centímetros de su pecho.
—Estás temblando, Hawthorne —susurra—. No es por mí, ¿verdad?
—Quítate de encima... Keith —exijo.
En lugar de obedecer, se inclina todavía más y empiezo a sentir su aliento sobre el mío.
—Oblígame.
Estoy cabreada, pero también muy caliente.
Quiero empujarlo, pero es difícil teniéndolo tan cerca y mirándome de esa manera.
En ese momento, una mezcla de furia y deseo surge en mí.
Quiero recuperar el control de la situación, pero...
está tan cerca. La intensidad de su mirada y el calor de su cuerpo contra el mío me están volviendo loca.
—Te odio con todas mis fuerzas —susurro jadeando.
—Y, sin embargo... —sus labios casi rozan los míos—.
No puedes negar que rezarías a cualquier Dios para que mi próximo movimiento sea quitarte el vestido, desatarte el sujetador, arrancarte el tanga con la boca y comerte el coño en ese sofá mientras te follo tan fuerte que no te importaría que declararan culpable a tu cliente en nuestra ausencia.
Me sonrojo y me pongo tan cachonda que noto un latido por allí abajo.
Solo imaginar la escena que me ha descrito hace un segundo, me está entrando el hambre.
¿Por qué me está haciendo esto? Representa que la persona que me está apretando con fuerza las muñecas y está presionando su cuerpo contra el mío me odia, no quiere follarme.
Keith mete el pulgar de su mano derecha en su boca y empieza a impregnarme los labios, suavemente, con su saliva. Después me agarra el cuello; sabe que estoy excitada, pero él también, porque lo noto.
—Escúchame, abogada: me encantaría seguir molestándote así por otros cinco minutos, pero tengo un caso que ganar y un veredicto de culpabilidad que escuchar. Pórtate bien, y yo también lo haré. Pero si no lo haces, las consecuencias serán graves y haré de tu vida un infierno.
Sus palabras me hieren y el aura de la habitación cambia por completo, pero no tengo miedo. Yo puedo ser peor que él.
—No te preocupes —me acerco a su boca—, te haré el doble de daño que tú a mí.
Lo empujo con fuerza, me sacudo el vestido y salgo de la habitación dando un portazo.
Mis tacones resuenan por todo el juzgado y escucho la notificación de un mensaje.
Pero esta vez, le respondo.
Y apago mi teléfono.