Capítulo 6. #6
—Es tan trágico oír esas palabras salir de tu boca, Dahlia Hawthorne. Parece que la has domado bien en solo tres días, Hiroshi Takumi —se defiende Keith.
—¡Hijo de...! —Takumi da un fuerte golpe en la mesa con el puño.
Kudo mira directamente a Takumi y, en ese instante, me altero. Detengo a mi jefe, posando mi brazo sobre su pecho, impidiéndole avanzar. He olvidado por completo que está allí, a mi lado, y que frente a él se encuentra la persona que prácticamente le ha destrozado la vida.
—No sabes lo que estoy disfrutando verte sudar frente a la abogada que tengo al lado, Kudo. Tendrás lo que te mereces, yo no tengo nada más que añadir.
—Takumi... —digo mirándole con tristeza. No había visto esa expresión en su mirada hasta ahora y me sorprende su reacción, pero la veo normal; esa provocación se merece esta contestación.
—Para tu información, bala de plata, por supuesto que investigamos las ventanas de las habitaciones. No hay huellas, ni signos de que alguien las haya forzado.
«Lo está haciendo a propósito, Dahlia. No caigas, por favor, concéntrate, está mintiendo. Sé perfectamente que no han revisado las ventanas».
—Probablemente la acusada lo soñó todo, como declaró al principio de su testimonio.
Estaba tan dormida que no pudo discernir entre el mundo real y el de los sueños; suele pasar.
¿Y la temperatura elevada? Nada más allá de una mañana fría de verano en Kioto.
Me estáis haciendo perder el tiempo y esto tiene que finalizar pronto, no tenemos todo el día.
Keith está cabreado, se nota. Pero me importa una mierda lo que quiera, sus sentimientos, sus ganas de finalizar o su puto ego que siempre tiene que estar por encima de los demás. El juicio de hoy acabará cuando yo lo diga.
El juez inclina la cabeza, meditando las palabras.
—Señorita Hawthorne, señor Kudo... Veo argumentos válidos en ambas posiciones, pero nada claro. ¿Tiene pruebas la defensa que respalden la posibilidad de un acceso alternativo desde la habitación de la víctima?
Inspiro hondo. El tribunal está en silencio.
—Aún no, Su Señoría. Pero con su permiso, me gustaría investigar más a fondo esa posibilidad antes de aceptar como verdad absoluta que la acusada estaba sola esa noche.
La fiscalía no es la única que puede revisar el templo, Kudo —me giro ante él—, y si eres un buen fiscal y estás tan seguro de tu verdad, no te importará que me adentre en él.
Kudo me mira fijamente. Sus ojos me acuchillan.
—Me parece que estamos ante un juicio de voluntades, Hawthorne. Y la tuya va a necesitar mucho más que palabras para imponerse. Investiga todo lo que quieras, querida.
El juez vuelve a golpear el mazo, llamando al orden.
—Queda registrado, procedamos. Señorita Hawthorne, continúe. Señor Kudo, reserve su réplica para el momento adecuado.
Ambos guardamos silencio, pero no puedo evitar sentir que aquel intercambio ha dejado una línea invisible marcada entre nosotros.
Una disputa anunciada que va a ir mucho más allá del juicio que estamos pisando ahora mismo.
El juez llama al siguiente testigo al estrado, un oficial de la policía de Kioto que ha estado investigando junto al equipo la escena del crimen y varias zonas del templo.
Mientras el oficial testifica, no puedo dejar de pensar en ese maldito inútil de ojos verdes que está a diez metros de mí, y que no puedo tocar.
A pesar de los esfuerzos del agente por testificar de manera imparcial, no puedo evitar pensar en que trabaja al lado de Kudo, y que eso ya lo tiene, seguramente, condicionado de por vida.
El testimonio es meticuloso. Describe cómo encontraron el cuerpo de la víctima y la ausencia de cualquier signo de entrada forzada en la sala principal.
«Es cierto... Oshida, Fukuda y yo investigamos la sala principal hasta la saciedad y es evidente a ojo humano que no había signos de entrada forzada.
Además, aquí no hay debate de puertas secretas; la sala principal no tiene ventanas y es el recibidor del templo.
La única manera de entrar desde fuera es la gran puerta principal, donde está esa maldita ranura-buzón que tantos dolores de cabeza me dio cuando la vi».
Keith se pone de pie para examinar su testimonio. Su altura y su cuerpo hacen que solo tenga ojos para él.
—Oficial, ¿puede confirmar que no había huellas de pies y manos o signos de alguien más en la escena del crimen? —pregunta con su voz firme y profesional.
—Sí, señor. No encontramos huellas de ningún tipo, aparte de las de la víctima y la acusada.
—Gracias, oficial. No hay más preguntas, Su Señoría —Keith se sienta en su silla, satisfecho.
El juez asiente y me indica que es mi turno. Me pongo de pie, aunque mi mente sigue enredada en el mensaje que me ha enviado al teléfono y que, por mi bien, he ignorado.
—Oficial —comienzo—, ¿es posible que alguien entrara y saliera sin dejar huellas?
—Es poco probable, pero no imposible. La escena era un caos, pero alguien muy cuidadoso podría haber evitado dejar rastros.
—Entonces, es posible que alguien haya entrado sin ser detectado —insisto.
Keith se cruza de brazos, mirándome con una mezcla de interés y desafío. Siento sus ojos sobre mí y empiezo a sudar; no para de observarme y analizarme.
Escucho mi teléfono vibrar de nuevo. Otro mensaje.
«En medio de un testimonio no, desgraciado».
Me sonrojo, atrapada entre la rabia y la atracción. La tensión cada vez es más fuerte y me siento en un juego prohibido que ninguno de los dos parece dispuesto a detener.
Pero estoy en la corte. No puedo ponerme a jugar con nadie, y menos ahora.
—Es posible, señorita Hawthorne, pero tanto la policía de Kioto como la fiscalía hemos descartado esa posibilidad.
Las únicas huellas encontradas en el arma del crimen pertenecen a la acusada, y las pisadas del suelo son poco claras e indetectables.
Las más definidas, y las que la científica ha podido analizar, corresponden a la víctima y a Yuko Nakamura.
No creo que encuentre más huellas, aunque lo investigue por su cuenta, pero haga lo que considere oportuno —responde el policía, cerrando su declaración.
—Gracias por su testimonio, oficial, puede abandonar el estrado por ahora —indica el juez—. Haremos un receso de treinta minutos, pueden retirarse.
El juez golpea el mazo y la gente empieza a cuchichear. Esas cuatro paredes se vuelven sofocantes, y numerosas miradas se posan sobre mí; algunas críticas, otras admirativas... Dios sabe qué pensarán.
La primera parte ha acabado.
◆◆◆
Me levanto de golpe, agobiada, y salgo corriendo sin pensar ni avisar a nadie. Necesito un instante para despejar la mente.
—¡Dahlia, espera! —escucho a unísono detrás de mí, pero no les hago caso.
Corro sin frenarme y me cuelo en la primera puerta abierta que veo, pero apenas la cruzo, escucho los pasos firmes de alguien siguiéndome, y un segundo después, la puerta se cierra de un portazo.
El clic del cerrojo rasga el silencio y me estremezco. El corazón me va a mil por hora y siento golpes en las costillas como si fuera un tambor desbocado.
Me doy la vuelta y trago saliva. Ahí está él.
El fiscal.
Su figura ocupa el marco de la puerta como si fuera una sombra oscura. La poca luz que se filtra por las rendijas de la ventana le ilumina el contorno del rostro.
20 de junio, Habitación Carmesí
—¿Tienes intención de dejar de salir corriendo siempre como si te estuvieran persiguiendo con una pistola?
—¿Se puede saber por qué me sigues? —pregunto. Lo observo de arriba abajo. A pesar de que mi cuerpo me grita que huya, me mantengo firme y le miro intensamente a los ojos.
La habitación está sumida en la oscuridad y apenas la cubren los rayos del sol de la mañana que se filtran por la persiana medio bajada del gran ventanal entreabierto de la habitación. Las cortinas blancas, ligeras y sedosas, danzan al compás de la brisa que entra desde fuera.
Un gran sofá de cuero oscuro bajo una alfombra roja está colocado justo en el centro de la habitación, mientras que las estanterías que cubren la pared están repletas de volúmenes jurídicos y lomos gastados por el paso del tiempo.
El aire huele a papel viejo y a polvo; seguramente no es una habitación que se use frecuentemente.
Y, aun así, estaba abierta.
La piel se me eriza sabiendo que estoy atrapada en un lugar que no parece del todo seguro... pero tampoco del todo hostil.