Capítulo 6. #5
—Exactamente. No subestimes lo que puede hacer la verdad, incluso fragmentada. Kudo puede ser un tiburón, pero cada tiburón tiene un punto ciego; solo tienes que encontrarlo.
Cruzo los brazos y bajo la mirada hacia la libreta que llevo conmigo con las notas del caso.
—Takumi, a lo largo del juicio, cada palabra contará... y cada testimonio. No puedo despistarme ni un segundo, estoy demasiado agobiada y estoy segura de que vendrá alguna contradicción y no la sabré ver.
Mi jefe asiente con firmeza, dándome un leve toque en el hombro.
—Para eso me tienes aquí. Yo también soy tus ojos y tus oídos, no estás sola. Confío en ti, Dahlia. Solo recuerda: en esta sala nada es imposible, ni siquiera un fiscal tan peculiar como ese de ahí.
Me siento un poco más segura, aunque el nudo en mi estómago persiste. El desafío está claro, y la batalla apenas comenzaba.
El juez golpea con suavidad el mazo, reclamando orden.
—Gracias por su testimonio, señorita Nakamura; aunque haya sido duro, le agradezco que lo comparta con la corte. Ahora bien —nos observa a los dos—, señorita Hawthorne, señor Kudo, antes de continuar, deseo recordarles que este tribunal no es lugar para disputas personales. Procedan con respeto.
Keith no me mira, no de inmediato. Se limita a inclinarse hacia adelante, apoyando sus codos sobre la mesa. Su voz no tiembla y sabe que eso nubla el juicio. Pero, aunque está callado, oigo sus susurros, como si estuvieran destinados a que solo yo los escuche.
—Vaya, Hawthorne... No esperaba que fueras tan... combativa. Me gusta.
Mi piel reacciona antes que mi mente. Empiezo a sentir calor y cruzo las piernas con cuidado.
—No confundas firmeza con combatividad, Kudo —respondo conteniéndome la sonrisa—. Y dudo que esa sea tu especialidad.
Sus labios se curvan en una media sonrisa provocadora.
—Es curioso... Siempre pareces saber qué decir, incluso cuando estás claramente perdida.
Me apoyo ligeramente en la mesa.
—Quizás deberías aprender de mí... Pero no te preocupes, tendrás tiempo para intentarlo —contesto provocativa.
El juez tose suavemente para interrumpirnos, aunque no con mucha convicción. Keith me lanza una última mirada que hace que mi pulso se acelere, antes de volver a enderezarse y dirigirse al tribunal.
—Con su permiso, Su Señoría, procedamos.
Pero mientras habla, puedo jurar que su mirada sigue clavada en mí, aunque no me esté mirando.
Que me mire, por favor.
No sé por qué, pero que me vuelva a mirar.
—Señorita Nakamura —dice el juez—, entonces, ¿la última vez que vio a la víctima con vida fue antes de ir a dormir?
—Sí, Su Señoría —confirma ella.
—Señorita Hawthorne, tiene paso para examinar el testimonio de la acusada.
—Gracias, Su Señoría —Keith vuelve a mí—. Yuko, ¿estás segura de que dormiste plácidamente y no escuchaste nada durante la noche?
Yuko se detiene.
—Bueno, ahora que lo mencionas...
Bingo.
—Probablemente fue un sueño, pero creo que escuché algo caer alrededor de las cinco de la mañana.
No le presté demasiada atención porque estaba muy dormida, y me costó ubicarme.
Si me llegué a despertar, estoy segura de que volví a dormirme al segundo, pero sé exactamente que fue a esa hora porque recuerdo verla en el reloj digital.
El corazón me sale por la boca con esta nueva información.
—¿Algo cayó? ¿Qué fue exactamente? ¿Podrías describirlo? ¿Fue un ruido fuerte? ¿Sonó como algo rompiéndose?
—Sonó como... si algo pesado cayera. Recuerdo haber pensado que era extraño, pero no me asusté.
Como he explicado, estaba prácticamente dormida...
Cualquier sonido mientras duermes es difícil de discernir, pero estoy casi segura de que era algo así.
Tampoco me levanté a comprobarlo —explica.
Su voz va ganando confianza a medida que habla y creo que está sintiéndose poco a poco más cómoda.
Keith se pone de pie y su imponente presencia captura la atención de la sala.
—Protesto. Señorita Nakamura, ¿estás sugiriendo que alguien pudo haber entrado en el templo mientras dormías, causando ese ruido pesado que describes?
Yuko se muestra insegura y no quiere mirar cara a cara a Keith. Aunque se ha soltado un poco, sigue teniéndole miedo.
—N-no, no sé si es así... Yo... No vi nada... Solo sé que... escuché algo...
—Yuko, tranquilízate, mírame —pongo mis manos firmes sobre mi mesa y la miro—. Ese ruido que escuchaste podría ser una pieza crucial en este caso. Sugiere la posibilidad de un intruso, lo que puede significar que alguien otro puede ser responsable de la muerte de tu maestro.
Observo la ceja de Keith levantarse y su expresión se vuelve neutra, aunque no le impide intervenir.
—Pura especulación, Su Señoría. Sin pruebas concretas, no podemos sacar conclusiones de un simple ruido.
—Fiscal Kudo, si bien su punto es válido, la defensa tiene mi permiso para explorar esta vía. Señorita Hawthorne, continúe.
—Gracias, Su Señoría —respondo con una leve sonrisa dirigida al juez. Keith, por su parte, me da la espalda por un momento y da un sorbo a su café en vaso de cristal. Parece que le gusta el café igual que su ropa: negro como el carbón.
—Yuko, cuando encontraste el cuerpo del maestro por la mañana, ¿notaste algo fuera de lugar?, ¿algo inusual?
—No, todo parecía normal... —Yuko niega con la cabeza lentamente—. Excepto... que la habitación del maestro estaba más fría de lo normal. Recuerdo pensar que era extraño porque las ventanas, aparentemente, estaban cerradas.
—¿Una habitación fría? Esto podría indicar que la ventana se abrió en algún momento de la noche.
—O simplemente podría ser una fluctuación de la temperatura, Hawthorne. Necesitamos más que evidencia circunstancial para probar la presencia de tu imaginario intruso.
Esta vez, nuestro cruce de miradas es diferente. Keith no sonríe y me mira exactamente igual que cuando abandonó ayer la oficina. No sé leer entre líneas y empiezo a inspirar y exhalar poco a poco, sin saber por qué.
En medio de esa mezcla de sentimientos, escucho mi teléfono vibrar bajo el compartimento de la mesa de nuestro estrado. La pantalla se ilumina.
Un mensaje anónimo, pero no tan anónimo. Levanto la vista y allí está, guardando su teléfono en el bolsillo mientras me levanta una ceja. Keith Kudo, el fiscal prodigio, me está provocando no solo fuera del tribunal, sino también dentro.
Mantengo la compostura, aunque siento que el calor de mi cuerpo me sube por el cuello hasta las mejillas. No puedo dejar que me desestabilice, no ahora, no aquí... Me nubla la mente con imágenes prohibidas.
—Eso es imposible —protesta Yuko, mirando al fiscal.
—¿... Yuko? —mis pensamientos desaparecen al instante.
—Señorita Dahlia —Yuko me dirige la mirada—, los ventanales de las habitaciones están demasiado altos.
La estructura es cuadrada y, aunque las ventanas son grandes, su ubicación no es la más accesible.
Es imposible que el sensei los abriera por sí mismo.
Siempre que quiere ventilar la habitación, yo acudo a ayudarle: subo a una pequeña escalera y la abro sin problema.
Su condición médica se lo impide y tiene terminantemente prohibido realizar esfuerzos físicos.
Por eso, si realmente esa habitación fue abierta durante la noche, no fue él quien lo hizo, ni tampoco quien la cerró porque, como he testificado, por la mañana me la encontré cerrada, y la temperatura indicaba que no había sido hace mucho.
Si ese frío venía del exterior, estoy segura de que alguien entró desde fuera, y por eso escuché ese ruido pesado que me despertó en plena madrugada.
«Yuko, te quiero. Dios mío... bien observado».
Todos en la sala empezaron a susurrar y a debatir ante semejante intervención.
—Te había dicho que esa niña recordaba más cosas de las que nos había contado... —me dice Takumi.
El juez golpea el mazo varias veces con fuerza para recuperar el orden.
—¡Silencio en la sala! Señorita Hawthorne, señor Kudo, deseo que se ciñan estrictamente al nuevo testimonio de la señorita Yuko Nakamura.
Lo que acaba de testificar es de vital importancia, así que deberíamos tratarlo como tal.
Señorita Nakamura, ¿está usted sugiriendo que alguien entró desde fuera y asesinó a su maestro? —pregunta el juez.
Yuko asiente lentamente, mirándome a mí y luego a Kudo.
—¿Qué opina la defensa sobre ello?
—Su Señoría —respondo—, el testimonio de la acusada revela un detalle clave: ella escuchó un ruido pesado caer durante la madrugada.
Un ruido que no puede descartarse a la ligera.
Eso abre la puerta —literal y figurativamente— a la posibilidad de un tercero.
Es demasiado pronto para confirmarlo y, de ser así, inculparlo.
Kudo frunce el ceño, levantándose lentamente.
—¿Cómo puede costarte tanto señalar a alguien como asesino?
Tu argumento se basa únicamente en un recuerdo poco fiable, Hawthorne; un testimonio bajo estrés, que carece de pruebas físicas.
No hay huellas, no hay señales de entrada forzada, ni de que la ventana de la habitación de la víctima se abriera.
Es un simple testimonio, una vaga percepción.
Eso no es base suficiente para cuestionar la investigación.
Me llevo el dedo hacia la frente y suspiro, sosteniéndole la mirada.
—Puede que no tenga pruebas físicas... todavía.
Pero ese silencio absoluto de la fiscalía que habéis tenido hasta ahora sobre el estado de la habitación de Takashi Yamanaka me desconcierta.
Pero claro, ¿cómo ibas a saber que Yuko se despertó en mitad de la noche y escuchó ese fuerte ruido si lo acaba de testificar ahora?
—Hago una pausa corta—. Así que... si estáis tan seguros de que nadie entró por la ventana de esa habitación durante la noche, ¿por qué no lo habéis confirmado ya?
No podemos basar todo el juicio de hoy en la puerta del ala de los invitados, ¿verdad? Eso me ha quedado más que claro, Kudo.
Cruzo los brazos, sonriendo con cierta ironía.