Capítulo 6. #4
—No personalmente, señorita Hawthorne —responde con firmeza, aunque sus ojos buscan los míos como si intentara disculparse—.
Revisé el interior del templo muy superficialmente durante unos minutos mientras el inspector Oshida y usted investigaban la escena del crimen.
La policía de Kioto me informó que la fiscalía ya había inspeccionado el ala de invitados sin obtener resultados y pensé que sería una pérdida de tiempo volverlo a hacer...
«Fukuda, te voy a matar. ¿Cómo puedes ser tan ingenuo de haber caído en la trampa de la fiscalía? Es evidente que no querían que la revisaras».
Fukuda me mira serio; su mirada lo dice claramente: “Lo siento, Dahlia, pero debo ser sincero”.
Suspiro. Ya lo arreglaría después.
—Y, dejando de lado el informe de la fiscalía, según lo que la policía de Kioto te reportó personalmente, ¿encontraron alguna prueba que sugiriera una segunda vía de acceso a la planta cero, aparte de la puerta cerrada?
El silencio se transforma en arma de doble filo. Fukuda mira hacia Keith, luego a Yuko y finalmente a mí. Su mirada refleja una especie de derrota anunciada.
—La verdad es... que no. Hicieron una revisión minuciosa, con total honestidad. Lo más probable es que esa puerta fuera la única manera de llegar desde el ala de invitados a la zona principal donde hallaron el cuerpo sin vida del señor Yamanaka.
Me cago en mi vida.
Fukuda, el hombre que me ha dado mi mejor baza, acaba de validar el argumento de Kudo. Mi estrategia se hace cenizas en el suelo.
Veo la impotencia en sus ojos. Él está frustrado y sabe que su testimonio no me ha sido útil, pero no puede mentir; está bajo juramento.
Keith esta vez no sonríe, pero su presencia habla por sí sola.
Me ha acorralado. La única persona que ha podido cometer el crimen, según la corte, es Yuko. Tengo que encontrar una fisura en el encierro, alguna prueba de que Kudo y la fiscalía realmente no han investigado bien esa zona... Pero mi primer dardo ha fallado y siento que he vuelto al principio.
Toda esta lucha no está sirviendo de nada.
—Detective Fukuda, puede retirarse, su testimonio ha finalizado —dice el juez.
Fukuda baja del estrado con los hombros visiblemente caídos. Cruza el pasillo rápidamente y regresa a nuestro lado, frustrado y sintiéndose culpable por su testimonio.
—Lo siento, Dahlia, de verdad que lo siento —susurra con la voz rota—. Quería darte algo, cualquier cosa, pero esa puerta... Es jodidamente irrefutable, no puedo mentir.
Mi mano se aprieta bajo la mesa. No lo culpo.
—Fukuda —murmuro sin mirarle. Mis ojos están fijos en la figura inamovible del fiscal—. Lo sé, no te he pedido que mientas, y no quiero que lo hagas jamás. No es tu culpa. Kudo ha jugado con su primera carta, pero te prometo que encontraré alguna grieta entre sus sucias palabras.
Fukuda asiente y el juez vuelve a llamar a Yuko al estrado para continuar con su testimonio.
—Señorita Nakamura, me gustaría continuar con usted.
—Sí...
—Después del debate entre la fiscalía y la defensa sobre la existencia de algún otro método que no fuese la puerta principal del ala de invitados para llegar a la escena del crimen, solo puedo añadir en última instancia que, mientras que la defensa no pueda demostrar con evidencia probatoria que hay alguna otra forma de llegar desde la primera planta a la escena del crimen sin tener que pasar por allí, usted seguirá siendo la principal sospechosa.
—Lo entiendo, Su Señoría.
Todo va mal, no he podido reconducir hacia otro lado el testimonio de Yuko para beneficiarla, me siento decaída y sin fuerzas.
—Continúa, Dahlia, acabamos de empezar —Takumi mira fijamente al juez y su expresión es serena y tranquila. Intento contagiármela y calmarme.
—Su Señoría —intervengo—, me gustaría preguntarle a Yuko si realmente ella era la única ama de llaves del templo y que testifique sobre ello.
—Protesto —exclama Keith. Su voz resuena por las cuatro paredes de la sala—. ¿En tu país no os han enseñado que, antes de intervenir en una conversación entre el juez y la acusada, debe darte permiso para hablar?
«Te voy a matar con mis propias manos, te lo juro».
—Lo siento, Su Señoría —me disculpo.
—No se preocupe, señorita Hawthorne. Está bien, petición aceptada —el juez mira a Yuko de nuevo, ignorando la intervención de Keith—, testifique sobre ello, señorita Nakamura.
Mis manos empiezan a temblar mientras empujo silenciosamente a Yuko con la mirada para que me dé una respuesta de donde pueda sacar algo.
—D-de acuerdo... —Yuko toma una respiración profunda para tranquilizarse.
La sala del tribunal se queda en silencio y la tensión cuelga de un hilo. Keith se echa hacia atrás en su silla, fijando sus ojos en Yuko.
—Testificaré sobre lo que pasó esa noche y sobre mi función como única ama de llaves.
—Adelante —el juez le da paso.
❀ Testimonio de Yuko Nakamura ❀
—Esa noche... El maestro y yo cenamos junto a nuestros invitados, Erika y Masaru.
Después de la cena, fui a la cocina a lavar los platos y a dejarlo todo listo para el día siguiente, como siempre.
Fue entonces cuando el maestro entró y me pidió cinco minutos de mi tiempo porque quería hablar conmigo de algo importante.
Asentí y fuimos hacia la sala principal, su lugar favorito.
Nos sentamos y tuvimos una pequeña discusión.
Él me comentó que quería comprar varias cosas para el templo, y yo le respondí que no estaba de acuerdo.
Ese dinero nos mantiene, no se puede gastar así como así.
Los ingresos del Templo Katsura vienen de las donaciones de los viajantes durante los rituales que realizamos un par de veces por semana.
Tenemos que comer y pagar todos los gastos que conlleva vivir allí, y aunque no soy la encargada de las finanzas, porque solo soy una devota, siempre he sido una persona humilde, alguien que sabe lo que es pasar hambre y vivir sin comodidades.
El maestro estaba enfermo —solloza—, y no lo entendía porque era mayor, pero sus medicinas también tenían un coste elevado y sin ellas, él...
Yuko empieza a llorar y lleva sus manos hacia su rostro. Nadie interviene y esperamos a que, pacientemente, su dolor ceda y pueda continuar con su testimonio.
Los juicios son así; aunque te encojan el alma y quieras salir corriendo, no puedes.
Yuko se seca las lágrimas y prosigue.
—Discúlpenme. Continúo con su permiso. Esa noche, al maestro no le gustó lo que le dije y no llegó a entenderme.
Se enfadó y alzó la voz más de lo debido, pero...
¡No terminamos mal! Acabamos intercambiando un par de frases y, al final, comprendió mi punto de vista.
Se disculpó por su reacción y me dijo que lo pensaría, que lo hablaríamos al día siguiente.
Para él, el Templo Katsura lo era todo: su casa, su hogar, su vida, y quería mimarlo hasta su último día.
Así lo hizo —Yuko inspira hondo y toma aire—.
Al despedirnos y darnos las buenas noches, lo vi feliz.
Yo me fui a mi habitación y recé por él.
Ambos dormíamos en el mismo pasillo, a solo una puerta de distancia.
Allí hay cuatro habitaciones: la del maestro, la más próxima a la sala principal; luego una vacía que usamos para guardar objetos; junto a esa está la mía; y, al final del pasillo, otra que no utilizamos.
A las diez en punto nos despedimos y lo vi entrar en su cuarto con mis propios ojos.
Yo no me desperté en toda la noche, dormí plácidamente.
A la mañana siguiente, me levanté temprano para preparar el desayuno.
Él siempre madrugaba antes que yo para rezar, y toqué su puerta, pero no estaba.
Al ir hacia la sala principal para darle los buenos días, lo encontré...
apuñalado. Fue una imagen que jamás olvidaré.
Era mi maestro... mi única familia. Intenté llamar a la policía, pero, minutos después, escuché sirenas fuera y, al salir, me arrestaron.
Parece ser que alguien ya había denunciado el crimen.
Sobre su pregunta, señorita Hawthorne, sí, yo soy la única de los dos que tenía el manojo de llaves del templo.
El maestro me las confió y, si necesitaba algo, me lo pedía.
Desconozco qué pudo haber pasado con esas llaves antes de mi llegada, pero desde hace un año puedo confirmar que, de los dos, yo era la única guardiana.
Yuko toma una respiración profunda. Parece aliviada de haber contado su versión de los hechos finalmente y, aparentemente, no veo ninguna contradicción. Su testimonio es igual a la información previa que llegó el primer día a la oficina, pero creo que hay huecos vacíos y es demasiado genérico.
—Tú también lo estás pensando, ¿verdad? —Takumi habla en voz baja para que nadie más nos escuche—.
El testimonio de Yuko confirma lo que ya sabíamos, pero no ayuda.
Está claro que esta pobre niña está viviendo un estado de estrés postraumático y hay cosas que no recuerda o que su cerebro está bloqueando.
Asiento lentamente, mordiéndome el libio inferior.
—Lo sé —respondo—. Su relato es coherente, pero vacío. Necesito encontrar algún detalle, algo que la fiscalía haya pasado por alto. Cualquier mínima fisura en su investigación será nuestra oportunidad.
Takumi me mira con los ojos entrecerrados, evaluando la situación.
—Entonces no pierdas la calma, Dahlia. Kudo juega con la presión, con la sensación de inevitabilidad. Pero tú... tú tienes la perspectiva fresca. La fiscalía asume cosas que no están comprobadas, y si logras hacer que la corte dude, aunque sea un instante, tendrás una ventaja.
Inspiro hondo y asiento, sintiendo cómo mi mente empieza a reorganizarse.
—Debo enfocarme en la estructura del templo. En cada puerta, cada ventana, cada acceso posible que ellos pudieran haber ignorado. Si hay algo, aunque sea mínimo, podemos usarlo. Y si no, tengo que sacar algo del testimonio de Yuko que me permita plantar dudas razonables.
Takumi sonríe levemente, como si me hubiera leído el pensamiento.