El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 6. #3
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Capítulo 6. #3

—¿No te da vergüenza presentarte en nuestra corte con una total falta de conocimiento del sistema judicial de nuestro país?

Sus palabras son un latigazo, pero mantengo mi expresión neutral.

—¡Fiscal Kudo! —el juez le interrumpe bruscamente.

Keith sonríe aún más y se echa hacia atrás, apoyándose en la pared con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas. Sus ojos siguen fijos en los míos.

No sé por qué, pero me sonrojo. Probablemente porque soy la persona más imbécil que ha pisado esta sala en muchos años.

Desvío la mirada y me muerdo la lengua para no responderle; es un gilipollas monumental. No puedo responderle como quiero, no aquí, no delante de todos. Mina, Takumi, Fukuda, Oshida, Yuko...

Me he prometido a mí misma que no dejaría que nada de lo que dijera este bastardo de metro noventa me afectara hoy en la corte, pero sus palabras y ese tono me hierven la sangre.

—Aunque no estoy familiarizada con el funcionamiento de un juicio en Japón porque nunca he participado en uno, sí sé que no puede abrir la boca sin que el juez le dé permiso.

Me siento y cruzo las piernas —desnudas por la obertura del vestido—, sin apartarle la mirada.

Keith suelta una pequeña risa y se toca la nariz. Mira brevemente hacia el suelo antes de volver a colocar su mano en el bolsillo.

—¿Ahora no nos tuteamos, Hawthorne?

Arqueo mi ceja y no me dejo intimidar.

—Para tu información, el juez y yo nos conocemos desde hace muchos años. Digamos que tenemos una relación bastante... cercana.

—¡Hm... Bueno! —El juez se aclara la garganta, luciendo un poco incómodo.

—Así que, para que te quede claro, querida, en esta sala hablo cuando me dé la gana, con permiso o no. ¿Entendido?

Keith realmente tiene más poder del que me imaginaba. El juez ni siquiera interviene ante este último diálogo. Me quedo observándolo de reojo y lo veo cabizbajo, como si también le tuviera miedo.

«Parece ser que en esta sala todos te temen, Keith Kudo. Lástima que no te vaya a funcionar conmigo».

—¡Orden en la sala! Si me disculpan, procederemos a recibir a la acusada, Yuko Nakamura.

La puerta auxiliar se abre y aparece Yuko, escoltada por dos guardias de seguridad. Verla allí, tan frágil y desprotegida, me parte por dentro. Empiezo a sentir que me falta el aire.

Le retiran las esposas y se pone de pie en el estrado de los testigos. No es un acto de libertad, sino una forma de desnudarla ante todos los presentes, donde la mayoría la mira con ojos de culpabilidad.

Le lanzo una mirada que lleva toda la esperanza y toda la lealtad que me queda. Es mi promesa: no permitiré que ese hombre te rompa mientras yo esté aquí.

❀ Testimonio de Yuko Nakamura ❀

—Acusada, su nombre y profesión, por favor.

—Sí, Su Señoría. Mi nombre es Yuko Nakamura, tengo veintiún años y, actualmente, soy devota. Vivía en el Templo Katsura desde hacía un año, ofreciendo cualquier servicio que fuera necesario —responde con la voz temblorosa.

—Si no me equivoco, el Templo Katsura es donde tuvo lugar el asesinato.

—Sí, Su Señoría. Encontré al maestro sin vida por la mañana en la sala principal, después de levantarme.

—¿Había alguien más en el templo en ese momento?

—Sí, aparte del maestro y de mí, había dos viejos amigos que pasaron la noche en el ala de invitados. Su secretaria, Erika Suzuki, y Masaru Tanaka, un arqueólogo al que le gustan mucho los templos y que conoce al sensei desde hace años.

—¿Cree usted posible que alguno de sus invitados pudiera haber cometido el crimen?

—No lo sé, Su Señoría... —Yuko comienza a ponerse nerviosa y baja la mirada hacia el suelo—.

El ala de invitados está en la primera planta, mientras que nuestras habitaciones se encuentran en la planta baja, lejos de la sala principal.

Cuando recibimos visitas, suelo cerrar con llave la única puerta que da acceso al piso de arriba en cuanto nos vamos a dormir.

Lo hacemos porque, hace unos seis meses, tuvimos un accidente que nos causó un gran malestar...

—Hace una breve pausa—. Para llegar a esa puerta hay que subir unas escaleras, y una noche un huésped, aparentemente sonámbulo, se desorientó de camino al baño.

Sin saber a dónde iba, abrió la puerta del ala y cayó por las escaleras.

Por suerte, solo sufrió heridas leves y, tras unos meses de reposo, pudo recuperarse.

Desde entonces, por orden del sensei Yamanaka, cierro siempre esa puerta cuando hay invitados. No queremos que algo así se repita.

—Entiendo. ¿Con este testimonio está usted afirmando que sería imposible, entonces, que los invitados salieran de sus habitaciones y accedieran a la sala principal para cometer el crimen?

—Pues... La verdad... —Yuko empieza a temblar—. Yo soy la única ama de llaves del templo y desconozco si hay alguna otra manera de llegar a la planta de abajo desde el ala de invitados, así que, supongo que... sí que sería imposible que...

—Por supuesto que es imposible —interviene Keith, interrumpiendo a Yuko.

—¡Fiscal Kudo! —grita el juez.

Mi mirada pasa de estar fija en ella, a volver a estarlo en él.

—La fiscalía se encargó personalmente de analizar cada centímetro de esa ala de invitados. No existe ni una sola vía para llegar a la planta cero sin cruzar esa puerta que la acusada admite haber cerrado con llave.

Hace una pausa y se gira hacia mí. Sus ojos me buscan y se lame los labios, mientras ríe para sus adentros.

—Ergo, si la acusada mantuvo a los invitados encerrados durante toda la noche, la lógica es simple: la única persona capaz de haber cometido el crimen en la sala principal es ella.

Mi piel se eriza y empiezo a tragar saliva. Lo sabía.

Sabía que ese cabrón lo había preparado todo desde el principio para incriminar a Yuko. Nos quiere acorralar, aprovechando la ausencia de su coartada para ensuciarla con una acusación tan baja. Y lo peor es que está disfrutando mientras lo hace.

El sabor de su posible victoria me quema en la boca, como cenizas amargas que no puedo tragar.

—Dahlia, quieta —la mano de Takumi se clava en mi brazo, interrumpiendo mis pensamientos—. En la corte no existe el “imposible”, ¿me oyes? Y mucho menos cuando hablamos de una cerradura en un templo antiguo.

La voz de Takumi me saca del pozo de la frustración en el que estoy cayendo; tiene razón.

La fiscalía quiere que nos obsesionemos con la puerta cerrada, olvidando que la afirmación de Kudo es solo su versión de la investigación.

Yo no he examinado esa zona del templo, y si hay un solo resquicio, una ventana mal sellada, un acceso oculto que rompa su afirmación de encierro absoluto...

Los huéspedes se convierten automáticamente también en sospechosos y nos daría un poco de ventaja.

Keith Kudo ha abierto el juego con un jaque. Ahora es mi turno de mover ficha.

—¡Protesto! —mi voz suena firme, rompiendo el silencio que él mismo ha creado—.

La defensa solicita que la fiscalía aporte pruebas concluyentes que demuestren que esa puerta es la única vía de acceso a la planta cero, más allá de la simple inspección ocular.

No hay nada imposible en un edificio de esa antigüedad y en una coartada basada en un cerrojo.

La mirada de Keith se vuelve oscura, pero no muestra sorpresa, sino una especie de satisfacción cruel al saber que he picado en el anzuelo. No va a ser fácil.

—Señorita Hawthorne —interviene el juez—, ¿está usted sugiriendo que la fiscalía no ha realizado su investigación adecuadamente?

—Sugiero, Su Señoría, que la fiscalía ha basado su conclusión de imposibilidad en la versión de un único fajo de llaves en un templo inmenso con infinitas posibilidades.

Desconocemos si existen ventanas o salidas de emergencia olvidadas en el ala de invitados que permitan acceder a la planta baja.

De ser así, los huéspedes no estaban “encerrados” y la coartada se desmorona, volviendo a ser sospechosos.

Debo ganar tiempo, por donde sea.

Me esperaba una reacción más preocupada por parte del tatuado insoportable que tengo a apenas diez metros de mí, pero sigue inmóvil y sonríe. Quiero matarlo.

—Así pues, la defensa solicita que se llame al estrado al detective Hattori Fukuda para que testifique sobre la estructura del Templo Katsura. Él estuvo presente durante la inspección.

—¡¿Yo?! —los ojos de Fukuda se abren como platos.

—¡Fukuda! —susurra Mina, dándole un codazo sin perder la compostura.

Keith se inclina sobre su mesa y pone sus manos bajo su barbilla, sosteniéndose.

—Protesto, Su Señoría. El detective Fukuda está identificado como miembro de la defensa, su testimonio sería un sesgo obvio —rebate Keith—. Aunque... si la abogada insiste en la existencia de un acceso secreto, que presente las pruebas. ¿O acaso esperas que yo haga tu trabajo, Hawthorne?

El juez se toma su tiempo y nos observa a ambos. Nos miramos violentamente, sin pestañear.

—Se deniega la objeción, señor Kudo. La información sobre la estructura del lugar del crimen debe ser imparcial. Detective Fukuda, pase al estrado.

—Ya lo hago yo, no te preocupes —respondo imitando su misma pose.

En ese momento se me viene a la mente lo que dijo ayer: “Procura venir más tapada mañana al juicio, no quiero que me desconcentres”.

Bajo el hueco entre mi barbilla y la mesa, pueden verse mis pechos, asomados y apretados por los tirantes del vestido. Veo cómo su mirada se mueve de mis pupilas a mi cuello, y de mi cuello a mi torso. Me cruzo de brazos, maldiciéndole.

«Tu incapacidad de concentración no es algo donde yo tenga algo que ver, Kudo».

El juez ordena un breve receso para que retiren a Yuko y Fukuda pueda ocupar el estrado. Lo veo sentarse, con la espalda erguida, pero con esa mirada que grita que prefiere estar en cualquier otro lugar. Aun así, sé que va a darlo todo, incluso a costa de su propia incomodidad.

Me vuelvo a poner de pie y todo el mundo posa los ojos en mí.

❀ Testimonio del detective Hattori Fukuda ❀

—Detective Fukuda, durante la inspección del Templo Katsura, ¿examinaron el ala de los invitados?