Capítulo 6. #2
—Ayer fue el funeral del maestro —susurra con la voz quebrada—. Apenas me dejaron acercarme... Y estoy muy angustiada, no he comido nada.
Si esto es obra de Keith, voy a arrancarle los ojos, las manos y las piernas con mis propias manos.
—Vale, tranquila —digo suavemente—, no pasa nada.
Estuviste ahí para despedirle, y eso es lo importante.
Él ahora está en todas partes, observándote.
Le cuidaste hasta su último día, y tienes que sentirte orgullosa por ello.
Estoy aquí si me necesitas, soy tu abogada... Y tu aliada. Quiero que estés bien.
Yuko baja la mirada, frunciendo el ceño. Las lágrimas ruedan por sus mejillas y, con la mano izquierda, agarra un pañuelo. Se limpia el rostro y se suena la nariz. Es evidente que mi presencia la calma... O al menos, su lenguaje corporal ya no refleja el mismo miedo e inquietud de ayer.
—Señorita, yo... Quiero disculparme por lo de ayer.
—¿Ayer? ¿Qué pasó ayer? —pregunto preocupada.
—En la sala de interrogatorios, mientras hablábamos...
Ese hombre interrumpió nuestra conversación.
Sé que es el fiscal del caso y que cree que soy la asesina, pero eso no es cierto.
Yo jamás le haría daño a nadie, tienes que creerme.
Ese hombre es frío... Apenas me preguntó sobre lo que vi, lo que hice o dónde estaba.
Me dijo que mis huellas estaban en el arma del crimen y que la sala principal estaba cerrada por dentro con llave, pero...
Es que, yo no tengo ni idea de cómo llegaron allí mis huellas.
Ser el ama de llaves del templo no me convierte directamente en culpable.
¿Por qué ese hombre no me ha dado la oportunidad de explicarme y hablar? No lo entiendo, no lo enti...
Yuko se rompe en lágrimas y empieza a sollozar. En ese momento maldigo a Keith con toda mi alma y quiero que sufra por todo lo que le está haciendo pasar a esta pobre niña.
—Yuko, no te preocupes, olvídate de él, es un estúpido.
Céntrate en mí. Si confías en mí, yo te protegeré.
Lo importante en estos casos es que digas la verdad hasta el final.
Tu verdad me ayudará a descubrir qué es lo que pasó realmente esa noche y haremos justicia. Tienes que prometerme que me ayudarás.
—Te lo prometo... —dice entre lágrimas.
El corazón me late con fuerza. Hago el triple de esfuerzos para no romperme ante ella; me parte el alma verla así.
Miro el reloj de la sala: marca las 8:52.
—Creo que es la hora —digo mientras me levanto, ayudándola a ponerse de pie—.
Debemos ir al tribunal, el juicio está a punto de comenzar.
Recuerda, no te pongas nerviosa. Confía en tu mente, en lo que viviste aquella noche...
E incluso en lo que pasó días antes. Todo será importante.
Si de verdad la última vez que viste a tu maestro con vida fue antes de dormir y por la mañana ya había fallecido, significa que alguien entró en el templo durante la noche y lo mató mientras dormías...
O que ya estaba dentro. Descubriré quién fue y entonces, esta pesadilla terminará.
—Sí... —solloza—. Muchas gracias, señorita Hawthorne.
—Vámonos.
Guío a Yuko fuera de la habitación y avanzamos juntas por el largo pasillo que conduce a la sala donde se va a celebrar el juicio.
A medida que nos acercamos, un agente me pide amablemente que me separe de ella, pues faltan apenas cinco minutos para comenzar y debe entrar custodiada por un par de guardias.
Asiento con decisión y cruzo la entrada de la Sala de Instrucción Penal n.º 101, donde se juzga el asesinato de Takashi Yamanaka.
Respiro hondo, prometiéndome a mí misma que desenterraría la verdad y que Yuko tendría justicia.
20 de junio, Sala de Instrucción Penal n.º 101
La enorme puerta se desliza sin un solo chirrido, como si una mano invisible me estuviese dando la bienvenida. El aliento se me corta de golpe... Comparada con las salas de Seattle, antiguas, pequeñas, grises y con olor a papel viejo, esta es un templo de la ley, un espacio sagrado.
Es una sala grande y tradicional. La luz no es demasiado fría, sino cálida, dorada, con lámparas de araña que cuelgan del techo e iluminan toda la habitación. Todo está hecho de madera blanca y marrón: transmite respeto.
Aquí la ley no parece un derecho más, sino algo místico y eterno.
Es tan distinto a todo lo que he visto antes.
Siento un calor extraño en el pecho y me aferro a la esperanza de que sus normas sean firmes y que valoren la justicia como lo que es.
Mis ojos suben hasta lo más alto del tribunal. Detrás del asiento del juez, hay una estatua enorme de la diosa Temis sosteniendo la balanza, el símbolo eterno de la justicia.
«Keith...».
Vuelvo a mirar y localizo la zona de la defensa. Allí están Mina, Takumi y Fukuda esperándome, listos para entrar en acción.
Acelero el paso hacia nuestra mesa.
—¡Dahlia! —Mina me atrapa el brazo y me acerca hacia ella—. Estamos aquí. ¿Cómo está Yuko?
—Bien... —respondo cabizbaja, un poco desubicada.
—Dahlia, mírame —Takumi me agarra por los hombros y se acerca a mí ligeramente—. Observa, lucha y asiente. Ese cabrón no se saldrá con la suya, te lo aseguro.
—Es una sala imponente, pero la ley es la ley. No dejes que el fiscal te intimide, todo va a ir bien —Fukuda se cruza de brazos y mira al frente, donde está la fiscalía.
Todas aquellas palabras se esfuman de golpe en mi cabeza en cuanto escucho la palabra fiscal, y un escalofrío helado me recorre la espalda.
La calidez de Mina se apaga y, en su lugar, solo queda la punzada amarga de la rabia.
Rabia por la injusticia, por Takumi, por Yuko...
Y, sobre todo, por ese hombre que ha convertido mi misión en un campo de batalla personal.
Quiero verlo, quiero destrozar la impunidad en sus ojos y quiero arrancarle la victoria de las manos.
Y en ese instante, como si lo hubiera rezado a Dios, entre el odio y el anhelo, mis ojos se levantan y lo veo entrar. Está frente a mí, al otro lado del estrado.
Keith lleva un traje oscuro, tan perfectamente ajustado que parece hecho para ser su segunda piel.
Irradia poder, cinismo... y soberbia. La camisa negra, entallada y con las mangas remangadas hasta los codos, deja a la vista los músculos marcados de sus brazos, que me obligan a tragar saliva, aunque no por el motivo correcto.
Su presencia es intencionada, y mientras que sus anillos plateados brillan en sus dedos, me los imagino agarrándome los muslos anoche mientras me sentaba en la mesa.
Ha venido con la misma presencia depredadora de siempre. Sus ojos, dos trozos de hielo, barren la sala de instrucción y la encogen para volverla solo suya.
Espero tensa el momento exacto en que nuestras miradas se encuentren, y cuando sus pupilas por fin se fijan en las mías, me taladran el alma.
El odio es la única verdad justificable entre nosotros, pero la atracción que me genera es un placer culposo que me debilita.
El deseo me enciende la piel, y no puedo redimirlo.
No son dos emociones separadas, sino las dos caras de una misma moneda.
La oscuridad y la luz colisionan en mi pecho y la fricción es insoportable. Lo detesto, pero lo voy a devorar con la mirada durante todo el juicio, eso lo tengo más que claro.
Aunque fuera pecado.
El silencio se apodera del tribunal y desde una de las puertas laterales del estrado, un ujier se posiciona ante nosotros con paso firme, interrumpiendo la tensión.
—¡Pónganse de pie, por favor! El juez entra en la Sala de Instrucción Penal n.º 101.
El protocolo se pone en marcha.
Keith me desvía la mirada y Takumi me da un codazo suavemente para que reaccione. Me pongo de pie de inmediato y miro hacia la puerta lateral, sintiendo ese respeto por la ley que él, precisamente, me obliga a manchar.
El juez entra con presencia y autoridad. Camina hacia la imponente tarima frente a Temis y se sienta mientras abre el tomo sobre el escritorio.
El ujier carraspea y el juicio se pone en marcha.
—Comienza la sesión.
El juez alza el mazo y lo hace descender con un golpe seco que resuena en toda la sala.
—El tribunal está ahora en sesión —anuncia con voz grave—.
Hoy nos reunimos para abordar el caso de la muerte de Takashi Yamanaka, un hombre de casi cien años que fue apuñalado en su propio templo, directamente en el corazón.
La acusada es Yuko Nakamura, de veintiún años, quien había convivido con la víctima durante un año, ambos encargados de las actividades budistas del templo. ¿Están la defensa y la fiscalía listas?
—La fiscalía está lista, Su Señoría —dice Kudo con la voz raspada. Resuena por toda la sala.
—La defensa está lista, Su Señoría —mantengo la calma a pesar de las mariposas en mi estómago.
—Señorita Hawthorne... —El juez se dirige directamente a mí—, veo que es su primera vez en estos juzgados y también su primera vez ejerciendo en este país. ¿Podría presentarse ante el tribunal antes de que demos inicio al juicio?
Me pongo de pie, sintiendo los ojos de todos sobre mí.
—Por supuesto, Su Señoría. Mi nombre es Dahlia Hawthorne y llevo ejerciendo como abogada desde que tengo veinte años.
Anteriormente, velaba por la ley en los juzgados de Seattle, en Estados Unidos.
La vida me ha traído hasta aquí y es un placer para mí acompañarlos en un día como este.
Hoy también es la primera vez que me enfrento a un juicio de lo penal, así que espero que me perdone si en algún momento me nota nerviosa o desconcertada.
No estoy del todo familiarizada con los aspectos prácticos de su sistema judicial, pero lo haré lo mejor que pueda. Gracias, Su Señoría.
Me siento de nuevo y Mina me agarra la mano en un signo de que lo he hecho perfecto. Takumi me da unos leves golpes en el muslo para tranquilizarme. Seguro que es su manera de decirme que, de momento, todo está yendo bien.
Puedo sentir los ojos de Keith sobre mí. Sus ojos verdes me miran de arriba abajo y una pequeña y desarmadora sonrisa juega en sus labios.