Capítulo 6.
(正義が血を流す場所— Donde la justicia sangra)
El despertador está sonando: son las seis de la mañana.
Gimoteo un poco; he dormido, pero no he descansado.
También he tenido pesadillas en las que Yuko era declarada culpable y no sabía qué hacer.
Mi cuerpo irradia tristeza y cansancio, pero no puedo permitírmelo, así que me levanto de la cama y me doy una ducha bien larga.
—Alexa, pon “Funhouse” de Chris Grey en Spotify.
“Funhouse de Chris Grey sonando en Spotify”.
Al salir, todavía mojada, decido maquillarme tranquilamente.
Me pongo unos aros dorados y me recojo el pelo en un moño alto, dejando que dos mechones caigan y me acaricien las mejillas.
Me los ondulo un poco y los despeino, creo que así está bien.
Me hago un eyeliner difuminado, sutil, en tonos marrones y lo termino con máscara de pestañas.
Tengo tiempo, así que me bronceo un poco los pómulos, agrego colorete rojizo y perfilo mis labios con un tono parecido al del contorno, amarronado, cubriéndolos con un gloss nude. Me veo guapa.
Tenía claro el vestido que iba a llevar. Lo compré expresamente para una ocasión así, pero... finalmente, ha habido cambios.
Abro la maleta —una de las dos que todavía quedan por deshacer—, y lo encuentro: un vestido negro, largo, de satén. Se ciñe al cuerpo y tiene el pecho en forma de triángulo, sostenido por dos finos tirantes que dibujan una delantera espectacular. Además, deja una sutil espalda abierta.
Fue un regalo de Joseph, por si os lo preguntáis.
Con un par de joyas más, estoy lista. Me calzo los tacones negros que siempre llevaba en Seattle a los juzgados y me miro al espejo: no ha habido un solo juicio que haya perdido con ellos.
Reviso mi teléfono y veo que Mina me ha escrito a las cinco de la mañana diciéndome que tengo un taxi programado a las 7:15 en mi puerta. Justo a tiempo.
Agarro el bolso que llevo todos los días a la oficina y meto hasta el último documento del caso, junto a mi libreta.
No tengo ni idea de lo que se me viene encima, pero está claro que el día de hoy va a marcar un antes y un después en mi carrera, además de un antes y un después en el caso.
Además de hacerlo por Yuko, lo hago por mí.
Especialmente por mí.
Porque soy lo suficientemente buena como para incendiar un tribunal entero.
Y se lo demostraré, de la forma que sea.
«Te veré pronto, Kudo. No ganarás este caso».
◆◆◆
Tras la noche más larga de mi vida, el día finalmente llega. Los juzgados no quedan lejos de casa y, en unos veinticinco minutos aproximadamente, el taxi me deja justo frente a la puerta.
Fukuda, Takumi, Mina y el inspector Oshida están esperándome en la puerta. La Policía Metropolitana de Tokio ha sido responsable del traslado del caso hacia nuestra comisaría, por eso el juicio se celebra aquí y no en Kioto.
Petición especial de la fiscalía, por si teníais dudas.
Bajo del coche y todos me reciben con los brazos abiertos.
20 de junio, Juzgados de Tokio
—¡Dichosos los ojos! —exclama Fukuda, vestido con su uniforme de detective, acompañado de una corbata marrón y zapatos a juego.
—Es como si no te hubiera visto desde ayer —digo, graciosa.
—Se me ha hecho eterno, no he podido dormir en toda la noche...
Los demás ríen y se voltean hacia los juzgados.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Dahlia Hawthorne. Te presento el lugar donde más horas he pasado durante toda mi vida: el Tribunal del Distrito de Tokio, Tōkyō Chihō Saibansho.
Takumi va vestido con una americana negra, una camisa blanca y una corbata roja. Un tono tan rojizo como la propia sangre.
—Es un honor poder compartirlo contigo, ya lo sabes —contesto.
Mina se acerca hacia mí y me da dos besos, seguido de un cálido abrazo. Va vestida con un vestido de pana marrón que le resalta mucho las facciones. Está preciosa.
—Estás muy guapa, el negro te sienta muy bien.
—Tú también estás espectacular —sonrío.
—Es un placer volverte a ver, señorita —me volteo hacia el comentario del inspector.
—Oshida, lo mismo digo —le tiendo la mano.
—Veo que habéis dejado las reverencias a un lado y que ya os conocéis —interviene Takumi.
—Hicimos buenas migas en Kioto, la verdad es que se parece bastante a uno que yo me sé... —respondo, volteando los ojos hacia cierto detective.
—¡Oye, yo no me parezco en nada a este señor! ¡Será todo lo amigo que quieras, pero yo soy mucho más guapo!
—También eres mucho más tonto, por eso acabaste dejando la policía y te fuiste a investigación criminal —ríe Oshida, dándole varias palmadas en la espalda a Fukuda mientras intercambian unas cuantas frases más.
Los observo a todos y, poco a poco, los nervios se desvanecen.
Sentirme respaldada por mi equipo es algo que valoro enormemente, sobre todo teniendo en cuenta que apenas llevo una semana en la ciudad.
Resulta reconfortante saber que no estoy sola y que, pase lo que pase, ellos estarán allí para amortiguar cualquier caída.
Falta media hora para que empiece el juicio y no sé dónde meterme. Esto no se parece en nada a Seattle o Washington, y las puertas son trescientas veces más grandes que yo. El juzgado es imponente, y no quiero imaginar cómo será verlo desde dentro.
«Espero no perderme...».
Takumi, que me está observando en silencio, se acerca hacia mí con la ayuda de su bastón.
—¿Cómo te sientes? ¿Tienes algo que contarme?
En este punto de la historia, ya no sé qué debo contar y qué debo callar.
Por una parte, sé que la única persona con la que puedo hablar verdaderamente sobre Keith es él.
Si hay alguien que lo conoce bien, ese era Takumi, pero...
Por otra parte, mi cuerpo se niega a explicarle el encuentro que tuvimos anoche en la oficina, por razones demasiado obvias.
Creo que, hasta que no descubra qué es lo que me impide abrirme a Takumi sobre Kudo, lo mejor será guardármelo para mí. Estoy segura de que ese fiscal tampoco es el tema de conversación favorito de mi jefe.
—No, estoy bien. Simplemente, no ha sido la mejor noche de mi vida, pero sé que una vez que entremos, todo irá bien. Tengo ganas de saber qué se traen entre manos.
—Nada bueno, Dahlia. Conozco a la fiscalía de Kioto como si yo mismo les hubiera traído al mundo. Kudo no te lo pondrá nada fácil, pero no quiero que te decaigas y te hundas en ningún momento. Es experto en tener la última palabra.
«Anoche me lo demostró bien, tranquilo».
—No tienes que preocuparte por nada —me dice—.
No es la primera vez que te enfrentas a un juez ni a algo como esto.
Sé que no contamos con mucha información, pero para eso estamos aquí.
En los juicios es donde se obtiene la verdad, sobre todo en las primeras fases.
Por muy poco rato que pasaras junto a Yuko ayer, al menos pudiste hablar con ella, y te aseguró que era inocente, ¿verdad?
Pues ahora solo queda atar todas las piezas que puedas y estar atenta a los testimonios.
Los testimonios lo son todo en un juicio, Dahlia.
Puede parecer que las pruebas son la clave, pero un buen testimonio —o uno mal dado— puede cambiarlo todo en cuestión de segundos.
Si alguien miente, tu tarea es demostrarlo; si alguien dice la verdad, defenderlo hasta el final.
Lo miro fijamente y me aguanto las ganas de romperme, pero ahora mismo no puedo.
—Si Yuko es inocente, pienso encontrar al asesino. Sé que no está lejos y que tendremos la oportunidad de tenerlo entre nosotros dentro de poco. Una vez que eso pase, prometo meterle entre rejas y hacer que Keith Kudo pague por lo que te hizo, te lo prometo.
—Suenas como la hija que siempre quise tener y no pude, Dahlia Hawthorne. Todo irá bien.
Reprimirme me consume y me agota. Takumi confía en mí ciegamente, lleva haciéndolo desde hace mucho tiempo. Ha estado observándome durante dos largos años y yo, sin embargo... No soy capaz de abrirme totalmente a él.
Todo por culpa de lo que me genera ese bastardo malnacido.
—¡Oye, quedan veinte minutos, el tiempo pasa volando! ¿Os parece que vayamos a hacer un café rápido antes de entrar? —pregunta Fukuda.
—Yo no os acompañaré, me gustaría ver a Yuko antes de empezar el juicio. Me enviaste un mensaje esta mañana diciendo que tengo permiso para verla antes de que suba al estrado, ¿verdad?
—Sí, Dahlia, puedes ir a verla, ya lo hemos hablado con la policía. La encontrarás dentro.
—Nos vemos dentro, abogada —dice el inspector Oshida, guiñándome un ojo.
—Hasta luego, Dahlia, háblame si te pierdes, por favor.
—Mina... —Río y miro al suelo, ruborizada.
—Suerte —Takumi se despide dándome una palmada en la espalda y se va con los demás a la cafetería.
Ahí me encuentro, perdida en mis pensamientos. No puedo perder más tiempo: solo me quedan veinte minutos. Subo las escaleras y los vigilantes que custodian la entrada se apartan para abrirme paso.
Es evidente que estamos en Tokio.
La arquitectura japonesa impregna el lugar, y siento esa calidez que recuerdo de la primera vez que entré en mi apartamento.
Aún no puedo decir que me siento como en casa —porque ya os podéis imaginar cómo son los juzgados estadounidenses: banderas políticas y paredes blancas sin vida—, pero aquí es distinto. Todo lo es.
Avanzo hasta una gran recepción y pregunto por Yuko Nakamura. Una administrativa pide a un oficial que me guíe hasta una sala vigilada por dos guardias.
Mi corazón late con fuerza, pero abro la puerta sin pensármelo dos veces.
Mis tacones resuenan suavemente contra las baldosas de la sala y veo que Yuko está sentada en un amplio y lujoso sofá, acurrucada en una esquina. Su rostro luce pálido, demacrado, y sus ojos reflejan una tristeza profunda.
Me acerco a ella lentamente y me siento a su lado.
—Hola, Yuko, ¿cómo estás? —la sorprendo.
Yuko levanta la cabeza lentamente y me mira. Sus ojos se iluminan al verme, parece que se alegra. Su expresión se relaja y sus ojos se cristalizan.
—Buenos... días, ¿señorita Hawthorne?
—Sí, Yuko, soy yo. ¿Cómo estás? —Agarro sus manos sin pensármelo y las pongo sobre mi regazo en un acto reflejo.