El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 5. #5
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Capítulo 5. #5

Me tiene sujeta de la cintura. Esta vez, mis brazos están libres, pero no los muevo ni intento apartarlo. Se quedan inertes, como si mi mente no pudiera darles la orden de defenderse.

—Quiero que me dejes en paz, no quiero saber más de ti. Un fiscal que usa trucos sucios para ganar sus casos solo puede ser un ser humano despreciable. No te mereces llevar esa balanza en el cuello.

Me agarra del cuello y tira de mí con fuerza, ahorcándome. Me sujeta con un agarre firme, pero no me impide respirar. Sus ojos están encendidos por la ira y las venas de sus brazos, marcadas por la tensión.

—Puede dolerte todo lo que quieras, pero estamos aquí para descubrir la verdad y asegurarnos de que las personas inocentes se vayan a casa y los culpables estén entre rejas.

¿Crees que perdería la cabeza como tú si perdiera este caso?

Si Yuko es culpable, espero que se pudra en la cárcel, pero si es inocente, te aseguro que no te dejaré ganar ni que te salgas con la tuya.

Me da igual lo que me hagas a mí, pero no voy a ser como los demás a los que te has enfrentado, que te quede bien claro.

Keith quita las manos de mi cuello y retrocede un paso, sin pronunciar palabra.

Sigo sobre la mesa, con las manos apoyadas en la superficie. Mi culo está encima de los informes y mi respiración, agitada. Una lágrima cae por mi rostro y solo entonces me doy cuenta de lo mucho que he aguantado, como una auténtica campeona.

Vuelve a acercarse y siento sus piernas tocando las mías. Mi escote pronunciado no solo le permite ver que estoy acelerada, sino que también dirige su mirada hacia él. Me mira los pechos durante varios segundos y luego, con lentitud, eleva sus ojos a mi cara.

—Procura venir más tapada mañana al juicio, no quiero que me desconcentres. Será rápido —dice sin moverse.

—¡Vete! —grito mientras bajo de la mesa, empujándolo. Logro recuperar mi espacio personal.

Saca un cigarrillo y lo enciende en medio del vestíbulo, desafiándome. Le da una calada larga y me mira, sonriendo con arrogancia, mientras arquea una ceja.

Takumi me mataría ahora mismo.

Camina hacia la puerta y se va, sin molestarse en cerrarla.

—¡Que te jodan!

Cojo mis cosas, cierro la oficina con llave y me voy corriendo a casa.

19 de junio, Apartamento de Dahlia

Llego al apartamento, me ducho, me pongo el pijama, preparo un té y empiezo a caminar por la cocina, desquiciada.

Al final no voy a poder cenar nada nutritivo porque he salido tan disociada de la oficina que no he podido parar en ninguna tienda para comprar algo de comer.

Abro la nevera, pero solo hay unos fideos de sobre que Yukiko me dejó el día que aterricé, y encima no tengo nada para darles sabor.

«Por supuesto, Dahlia, no sé qué comida esperabas encontrarte si, de los tres días que llevas en Japón, no has salido ni uno a hacer la compra».

Gimo y me tiro encima del sofá del salón, frotándome los ojos. Pienso en pedir algo a domicilio, pero es tarde y, después de la sorpresa de esta mañana, lo mejor será dejarlo correr.

“Bienvenida a Japón, bala de plata”.

¿Qué querrá decir con eso? ¿Realmente fue él? Después de lo de hoy, me cuesta creerlo. Es más probable que me haga llegar por correo un vuelo de vuelta a Seattle.

Me levanto y vierto agua hirviendo en un bol, junto a los fideos. Apago las luces y abro las cortinas.

«Este sitio es precioso e inmenso».

Sostengo el bol aún caliente entre mis manos, con la mirada perdida hacia la torre de Tokio y la mente llena de miedos e inquietudes. Empiezo a reflexionar sobre todo lo que ha pasado.

El viaje a Kioto fue una experiencia dura, pero reveladora.

Fue mi primera escena de homicidio, y no precisamente convencional.

Apenas me bastó un día para confiar en el detective Fukuda y en el inspector Oshida, y sé que me serán de gran ayuda.

Al igual que yo, están decididos a hacer justicia, y ese objetivo compartido es la única brújula que necesito para seguir adelante.

A pocas horas de mi primera vez en un tribunal japonés, mi corazón late con fuerza y mi cabeza solo puede pensar en una cosa.

Trato de obviarlo poniendo el foco en la víctima, en el dolor de quienes la querían, en su intranquilidad e incertidumbre, en la confianza que han depositado en mí Takumi y Mina, mamá...

Trato de obviarlo de todas las maneras posibles, pero no puedo.

Mi mente sigue volviendo a él.

Sus manos en mis muslos, su boca a escasos milímetros de la mía, mis muñecas doloridas por la fuerza de su agarre, sus mechones rozando mi cara, su olor, su voz, su presencia.

«Estoy jodida».

Estábamos a centímetros de distancia, gritándonos, juzgándonos, y lo único en lo que podía pensar era en sus ojos verdes mientras me ahorcaba y me acercaba contra su pecho.

Ni siquiera me di cuenta de que tuvo las manos sobre mí todo el tiempo, agarrándome la cintura, las piernas, los brazos...

Por un momento me siento excitada.

«Dahlia, no... No estás pensando en eso, olvídalo».

Río para mis adentros y me voy a mi habitación. Debo descansar.

Tienes razón, Kudo, nos veremos mañana en la corte.

Pero no.

No será rápido.