El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 5. #4
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Capítulo 5. #4

¿Cómo puede alguien no sentir remordimiento al escuchar un veredicto que sabe que es falso, aunque le beneficie?

Está claro que somos completamente distintos, tanto en la corte como fuera de ella.

Y cuanto más me aleje de él, más a salvo estaré. En todos los sentidos.

◆◆◆

Desde que me fui de la oficina y regresé, han pasado más de seis horas.

Me pesan los ojos y he estado leyendo informes una y otra vez, sin parar.

Para mi mala suerte, no hay nada que pueda sacar de ellos que no supiera ya desde ayer.

Todo lo que la policía de Kioto había enviado al bufete no era más que información básica sobre el arma del crimen, las huellas de Yuko, la autopsia de la víctima, fotografías de las pintadas en el suelo...

Nada que no hubiera anotado en mi libreta ayer, mientras estaba en el templo.

«Debería irme a casa, comer algo y dormir. Mañana es el juicio... Mi primer juicio aquí. Cerraré con llave y, de camino a casa, compraré algo para cenar».

Son las diez en punto. El sol se ha escondido y las luces y los neones de la calle iluminan el vestíbulo principal de la oficina. Ya lo he recogido todo y el tintineo de las llaves en mi mano es el único sonido que se escucha en el bufete mientras reviso que todo esté cerrado.

Supongo que la suerte no estuvo de mi lado esa noche.

Al cerrar el último despacho, mientras apago las luces de la oficina y me coloco el bolso al hombro, el timbre suena.

«Ostras... ¿Quién podría ser a estas horas?».

—¡Hola! —grito desde la distancia. El eco de los tacones de mis botas resuena mientras camino hacia la puerta—. Lo lamento mucho, pero estamos cerrad...

El pulso se me dispara de golpe.

No puede ser verdad, pero lo es.

Ese idiota está delante de mí, pisando el suelo de mi oficina.

Su pose es la misma de siempre. Las manos en los bolsillos, vestido de negro, con la camisa entreabierta y su colgante plateado con el charm de la balanza sobre el pecho. Los tatuajes siguen ahí: en sus brazos, en su cuello... y sabrá Dios en qué otros lugares más.

Fija la mirada en mi cuerpo y da varios pasos hasta llegar hasta mí.

Había dejado las carpetas con los archivos del caso encima de la mesa principal hace unos minutos para recogerlos antes de irme. Pone su atención en ellos y empieza a removerlos suavemente.

—¿Esto es lo que llevas haciendo todo el día?

—¿Qué...? —susurro, sin romper el contacto visual—. ¿Cómo has entra...?

El fiscal prodigio que nunca ha perdido un caso no responde. Solo me corta, me mira y avanza lentamente. Su indiferencia y el hecho de que siempre hace lo que le da la gana me irritan y me cabrean.

—¿Has podido descubrir algo más, Hawthorne?

Se detiene frente a mí. Mi metro cincuenta y siete de altura se siente insignificante al lado de la suya.

Con sus botas negras de piel y plataforma, seguro que llega al metro noventa y ocho.

Lleva el pelo semirrecogido en un moño, con dos mechones que caen sobre sus mejillas, tal como lo recordaba de nuestro primer encuentro.

Esta vez, noto una peca muy difuminada cerca de su ojo derecho, un detalle que había pasado por alto.

Será porque siempre he estado demasiado ocupada mirándolos solo a ellos.

—Te he hecho una pregunta, responde. ¿Qué estás haciendo en mi oficina?

La rabia y el dolor inundan mi pecho y pienso en Takumi, pienso en Yuko...

Respiro con fuerza y me aseguro de que no se note. Lo mantengo bajo mi mirada sin parpadear.

Mi único fin es intimidarlo, imponerme y conseguir que se marche de allí.

Pero él no es el tipo de persona que se deja intimidar por mis grandes ojos, así que la que empieza a perder la compostura soy yo.

—¿De verdad tenías que salir corriendo y llorando?

Avanzo hacia él, con rabia.

—Me parece lamentable que desaparecieras de esa manera y que no te comportaras como una profesional —añade.

—El único lamentable que está pisando ahora mismo esta habitación eres tú. Y el único que no me dejó hacer mi trabajo como una profesional también fuiste tú. Así que vete ahora mismo de esta oficina o te sacaré yo misma. ¿Te suena?

Keith ríe y mira hacia el suelo mientras se lame los labios.

—Eres débil, bala de plata. Los abogados no lloran.

¿Qué intenta lograr con su discurso? ¿Hacerme sentir mal? ¿Que volviera a llorar? ¿Que le suplicase, por favor, que no le contase a nadie lo que había pasado?

¿Que abandonara el caso?

—Todo el mundo llora, Kudo. Y tú seguro que has hecho llorar a mucha gente. Llorar no me hace menos abogada.

¿Una abogada que llora no es digna de su título? Me mira como si mis palabras no le afectaran. Nunca le había dicho a nadie «seguro que has hecho llorar a mucha gente», pero la certeza de mis palabras es tal que simplemente brotan de mí, como si estuvieran destinadas a ser dichas en ese momento.

—No me responsabilizo de los sentimientos débiles de los demás, ni de las lágrimas que caigan de sus ojos por mí.

—Mis lágrimas jamás van a ser por ti, desgraciado.

Nos miramos fijamente y mi expresión se entristece.

Estamos tan cerca que hemos invadido cualquier distancia entre nosotros.

Su presencia me genera una profunda inquietud, pero, al mismo tiempo, no quiero que se marche.

Es una contradicción que mi cuerpo refleja, porque, por mucho que quiera, no puedo alejarme ni un centímetro de él.

—Entonces, ¿por qué llorabas?

—No es de tu incumbencia.

Me mira con indiferencia.

Me niego a que vea el dolor que me han causado sus palabras esta mañana. Keith me mira fijamente durante cinco segundos, sin apartar sus ojos de los míos. Durante ese tenso silencio, sus cejas se suavizan y la frialdad de su mirada se atenúa. A pesar de todo, no pierde la compostura.

Se da la vuelta y camina hacia el gran ventanal del vestíbulo. Se detiene a contemplar el horizonte de Tokio, con sus edificios iluminados por la luz de la luna casi llena de hoy. Nos rodea una calma que presagia la víspera de un sangriento juicio en solo unas horas.

—¿Desde cuándo ejerces? —pregunta, de espaldas a mí.

—¿Qué? —pregunto, confundida.

Suspira.

—Te he preguntado desde cuándo eres abogada.

—Te he entendido la primera vez. ¿No has tenido suficiente tiempo como para descubrirlo por tu cuenta, o es que quieres escuchar cómo me reafirmo en tus investigaciones?

No sé si estoy haciendo lo correcto, pero en este momento solo puedo pensar en ellos y en la conversación que hemos tenido hace unas horas. Si la teoría de Takumi es cierta y Keith está haciendo todo esto para averiguar quién soy, ya debe saber la respuesta.

—Tu historial es pobre, aunque extenso. No tienes ningún caso destacable en tu expediente. Me he aburrido bastante leyéndolo. Empezaste joven, pero te has quedado estancada en puros juicios rápidos y encerrada en una ciudad donde no podías crecer.

Camino rápidamente hacia él y levanto la mano, pero, antes de que pueda hacer nada, se gira y me la agarra con fuerza, apretando su cuerpo contra el mío. Me mira a los ojos, a los labios y al cuello, en ese orden.

—Eres un bocazas y un inseguro. Métete en tus putos asuntos y, antes de criticar el trabajo de los demás, procura que el tuyo no esté manchado de mierda. No creas que no sé lo que haces en cada juicio. Yo no seré la mejor abogada del mundo, pero tú no te puedes llamar fiscal. Me das asco, suéltame.

Estaba siendo fría, maleducada y cortante, pero no se merecía nada más de mí.

Keith sonríe cuando acabo la frase.

—Qué boca tan sucia, Hawthorne —susurra, tirando de mí con más fuerza y apresando mis muñecas a mi espalda.

—Me estás haciendo daño.

—¿Duele? Puedo hacer que duela más todavía.

Intento moverme, pero estoy inmovilizada y no puedo usar ni las manos ni las piernas.

—¿Qué quieres de mí? —digo, cuerpo a cuerpo, pegada a su pecho—.

Entras sin permiso, cuestionas mi título y me retienes, de nuevo, como en el hotel.

Desde que te conocí en Kioto, todo lo que has hecho es molestarme, juzgarme y darme órdenes sucias sin ningún tipo de consentimiento.

Déjame hacer mi trabajo; somos dos partes opuestas en un caso de asesinato. ¿Crees que esto es un juego?

Keith continúa mirándome fijamente, con los ojos abiertos. Siento su aliento en mis labios y el agarre en mis muñecas, poco a poco, empieza a ceder.

—Esta mañana no me has dejado interrogar a Yuko.

¿Tan poco confías en ti? ¿No eras el mejor fiscal del país?

Entonces, ¿qué más te da si comparto con ella diez minutos o diez horas?

¿Acaso tienes miedo de que sea mejor que tú y resuelva este crimen sola?

Perderías tu récord perfecto de casos y quedarías retratado en tu propio país.

Te ganaría una abogada pobre, sin experiencia en homicidios, una mujer extranjera. Dime, ¿qué significaría eso para ti?

Keith resopla y su expresión se endurece. Suelta mis muñecas y, en un movimiento rápido, sus manos se deslizan hasta mis muslos, agarrándolos. Me sienta con fuerza sobre la mesa del vestíbulo, encima de los papeles del caso, y su mirada se llena de pura ira y odio.

—Cierra la boca, Hawthorne. No sabes dónde te estás metiendo. Si te interpones en mi camino, no me importará lo que tenga que hacer: te sacaré del país y me encargaré de que jamás vuelvas a ejercer como abogada, ni aquí ni en ningún sitio.