El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 5. #2
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Capítulo 5. #2

—Querida, si crees que he estado vigilándote, te equivocas por completo. Desde el momento en que pusiste un pie fuera de esta oficina ayer, no he vuelto a saber nada de ti.

—Mientes.

—No miento. Me ha llamado un oficial de policía hace unos minutos, explicándome que te han visto salir del interrogatorio llorando y que él se ha quedado con nuestra cliente. No hay más. El resto es pura deducción.

Tras estudiarme con una mirada que me deja sin poder de reacción, Takumi se vuelve hacia su barra. Sirve una copa para cada uno y me tiende la mía. Presiento que estoy a punto de saber, por fin, a qué voy a enfrentarme mañana en los juzgados.

Mina me toma de la mano y me hace un gesto para que me siente de nuevo. A pesar de la soledad de este enorme país, su gesto me recuerda que no lo estoy. Inspiro hondo, dejando que el aire llene mis pulmones.

—Quiero que te sinceres conmigo y me digas qué está pasando, Takumi. Te lo estoy pidiendo con la mano en el corazón. —Mi pelo sigue revuelto y mi maquillaje estropeado, pero eso no me importa. Lo que estoy a punto de escuchar es mucho más importante que mi apariencia en este momento.

—Déjame contarte sobre él. Déjame contarte quién es realmente Keith Kudo, el fiscal al que te enfrentarás mañana.

Trago saliva y la piel se me eriza solo con escuchar su nombre completo. Su imagen se forma en mi mente y me es imposible apartarla, por más que lo intente.

—Ese hombre es distinto a cualquier otro que haya conocido en toda mi carrera, y créeme, querida, he conocido a muchos. Sé que Hattori te habrá hablado sobre él, pero lo que yo voy a contarte es algo completamente diferente.

Toma un sorbo y se aclara la garganta.

—Es un prodigio, una mente brillante. Nunca ha perdido un caso, pero no por méritos precisamente éticos.

A él no le importa la verdad, solo quiere ganar a toda costa.

Mina y yo lo hemos observado durante estos años, desde las sombras.

Empezó muy joven, siguiendo los pasos de su familia.

Jamás me había enfrentado a él… hasta el año pasado.

Hace una pausa y mira hacia el gran ventanal de la habitación.

—Él fue el fiscal y yo el abogado defensor. Durante un apagón en medio de uno de los restaurantes más lujosos y caros de Tokio, se cometió un asesinato.

En medio de la confusión, al encenderse de nuevo las luces, hallaron a un famoso escritor muerto sobre la mesa donde estaba cenando tranquilamente con su mujer.

La incriminaron a ella, por supuesto. El apagón fue tan corto que parecía imposible que alguien más que su acompañante lo hubiera hecho, pero…

cuando me tomó las manos y me juró entre lágrimas que ella no había sido, supe que tenía que investigar más, porque algo no iba bien.

Decidí interrogar a todos los presentes uno a uno, por mi cuenta, hasta que, después de muchas horas, encontré al verdadero culpable.

Todo estaba planeado como una partitura que debía tocarse de principio a fin y debía sonar perfecta, pero se le escapó una nota.

Los ojos de Takumi empiezan a cristalizarse.

—Por más que me esforcé, no pude probar su inocencia.

El culpable lo había planeado todo para que su mujer fuera acusada desde el principio y él se librara de la condena.

No tenía suficientes pruebas, Dahlia. Y en la corte, la evidencia lo es todo, ya lo sabes.

Sin pruebas, no hay veredicto de inocencia, por más que sepas que debería ser así.

Kudo sabía que esa pobre mujer era inocente, pero jamás le importó.

Posee una mente tan brillante que el mismísimo Holmes envidiaría.

El problema es que no la usa en beneficio de la justicia, sino en el suyo propio.

Él, como fiscal, sería elogiado si encerraba a una asesina tras las rejas.

No pude ayudarla, y todavía me atormenta.

Hoy en día, me duele pensar que está en la cárcel pagando por algo que no hizo... Pero no pude hacer nada frente a él.

Mi corazón se rompe, aunque Takumi no logra escucharlo.

—¿No has vuelto a ejercer desde entonces? —pregunto.

Las piezas encajan a la perfección. Ahora estaba claro por qué Takumi había rechazado el caso y por qué quería ofrecérmelo a mí. No era solo por su condición médica, sino por la simple razón de que, cuando leyó que el crimen había ocurrido en Kioto, supo que él sería el fiscal.

Una lágrima resbala por el rostro de Mina, que, cabizbaja, se esfuerza por contener el llanto.

—Gran deducción, señorita Hawthorne. Aquel día guardé mi placa y dejé mi distintivo en el cajón que tienes a tu lado. Obviamente, hemos seguido ejerciendo, porque el bufete no se paga solo y esta bella mujer que tienes al lado tiene que comer, pero ya te imaginarás la clase de casos que aceptamos.

—Lo mismo que hacía yo en Seattle.

—Bingo.

Los tres nos quedamos en silencio durante unos segundos y Takumi continúa su historia.

—Cuando supe que el asesinato del monje había sido en Kioto, el miedo me inundó.

Fui injusto, porque sabía muy bien que una abogada como tú pisaría este suelo, y quise esconderme detrás de ti.

Supongo que una parte de mí quería ver a ese hombre fracasar al menos una vez, y creí que tú podrías lograrlo.

No te culpo por derrumbarte así, porque yo también lo hice.

Lloré y tardé meses en volver a los juzgados.

No quiero que pases por lo mismo ni que sientas que mudarte a Japón ha sido un error.

Me siento responsable por no haberte contado esto desde el principio y asumiré las consecuencias.

Es esa mirada fría y su falta de humanidad lo que me inquieta y me revuelve el estómago —hace una pausa—.

Pero creo en tu pasión, Dahlia. En tu determinación y en tu fuerza para buscar justicia.

No esperaba que os cruzarais antes del juicio, y mucho menos que intentara sabotear tu primer interrogatorio.

Claramente, sabe algo que nosotros no, y considero que, si realmente estuviera seguro de que ella es culpable, no movería ni un solo dedo para intentar frenar la investigación.

Algo dentro de mí me dice que quiere tenerte vigilada porque podrías sorprenderle. ¿Qué otra razón podría haber?

En ese instante, por fin logro descifrar de dónde proviene la inquietud que mi cuerpo siente desde ayer. Esa sensación que me invade cada vez que pienso en él tiene una explicación.

Mi instinto me ha estado advirtiendo de que no es una buena persona, sino alguien calculador, frío y, me temo, incluso peligroso.

Y, por lo visto, estoy en lo cierto.

Ignoro hasta dónde está dispuesto a llegar Keith Kudo para conseguir un veredicto de culpabilidad o qué hará si no lo consigue, pero en este preciso momento, al conocer el infierno que le hizo pasar a Takumi y saber que fue la razón por la que se alejó de la abogacía, el odio y la sed de venganza recorren mis venas.

Así que, si de verdad hay alguien en este país capaz de romper su historial perfecto y mi jefe cree que yo puedo lograrlo, lo haré.

Lo haré por ellos, por el infierno que ese capullo les ha hecho pasar. No pienso permitir que alguien manipule la ley de esta manera y se vaya de rositas.

Por muy alto, tatuado e imponente que sea, yo puedo serlo aún más... si me reta.

Miro a Takumi mientras se abre en canal, admirando su calma y su sabiduría.

Es un hombre pequeño, apenas más alto que yo y con la espalda ligeramente encorvada por el bastón.

Su pelo oscuro, sus rasgos asiáticos, su peculiar pero formal manera de vestir y sus ojos color miel detrás de las gafas esconden tantas historias...

que ojalá algún día, cuando todo este diluvio cese, pueda contármelas sin temor a lo que pueda haber ahí fuera.

Mi corazón está conmocionado y decepcionado a la vez.

—Dahlia, tal vez me equivoque, pero... realmente creo que quizás ha visto algo en ti que le ha preocupado.

—¿Algo en mí? —levanto la ceja, sorprendida.

—Quizás preocupar no es la palabra más exacta para él, sino alertar.

Como te he dicho, conozco demasiado bien a ese hombre, aunque me gustaría no hacerlo.

Es observador y tranquilo... Y algo me dice que muy probablemente estuvo cerca de ti y de Hattori mientras estabais ayer en el templo, ¿me equivoco?

Recordar el primer encuentro con Kudo me estremece. Vienen a mí sus ojos verdes, sus manos, su pelo largo enredado en el viento y esa voz grave que me preguntó quién era y qué hacía allí.

—Sí, la primera vez que me crucé con él fue en el templo.

—¿Y bien?

—No tengo mucho que contar. Me preguntó quién era y qué hacía en una zona restringida. Le dije que era la abogada de Yuko y no me creyó, así que lo ignoré hasta que se fue.

«Bueno... quizá no fue totalmente así, pero hay cosas que es mejor guardarse para una misma».

—Después me lo volví a encontrar en el hotel donde nos hospedamos. Fue la segunda y penúltima vez, antes de verlo hoy en la comisaría.

—¿Pasó algo en el hotel? —pregunta Takumi.

A decir verdad, aquel desgraciado me arrastró hasta la pared, me bloqueó el paso hacia el ascensor y empezó a interrogarme como si la información que le había dado no fuera suficiente.

Pero, siendo honesta, no me habría importado que me hubiera acorralado unos minutos más. En aquel momento solo deseaba estar cerca de sus ojos, observándolo mientras me miraba y mordía el cigarro con la boca.

—No pasó nada de nada —miento.

Mina me aprieta la mano, cruza una mirada con Takumi y le hace una pregunta con preocupación.

—Qué extraño... ¿Qué podría realmente querer de nuestra Dahlia, Hiroshi?

El término «nuestra Dahlia» suena extraño, pero es innegablemente reconfortante.

No puedo negarlo: esos dos son mi única familia aquí, de momento.

Y aunque apenas los conozco desde hace un par de días, algo me dice que se van a convertir en personas que harían cualquier cosa por mí con tal de protegerme.