Capítulo 5.
(憎しみが燃える場所— Donde arde el odio)
—¿Quién y cuándo decide si termina el interrogatorio con mi cliente? —respondo, indignada.
—Yo —dice, seco.
—¿Alguna vez has abierto un libro de leyes en toda tu carrera? No puedes irrumpir mientras estoy interrogándola. Sal de aquí y déjame hacer mi trabajo.
Keith se acerca despacio, con las manos hundidas en los bolsillos. Su mirada, más fría que en nuestros encuentros anteriores, me advierte de que, si no obedezco, esto va a terminar mal.
—No tengo por qué darte explicaciones. Tenías diez minutos para hablar con ella y ya los has agotado. Sal de aquí o te sacaré yo mismo.
Es cierto. Esta vez es diferente.
—Ni siquiera he tenido oportunidad de saber más sobre lo que ocurrió —argumento, acercándome un paso más—. Si no hablo con ella, ¿cómo se supone que voy a defenderla?
—No es necesario que la defiendas.
Nuestros ojos se encuentran. El aire acondicionado de la sala me atraviesa como agujas bajo la piel.
—¿Por qué?
—Porque esa mujer es culpable —declara—. Sal de aquí, no voy a repetirlo.
—Pero... ¡no! —exclamo. Levanto las manos con desesperación y me giro.
Las lágrimas caen por las mejillas rosadas de Yuko.
Cabizbaja, fija la vista en el suelo. Estoy completamente segura de que teme al fiscal; su presencia la incomoda.
Llora en silencio, con el rostro pálido.
Su cuerpo entero tiembla: las piernas inquietas, los puños sobre los muslos… El miedo la está estrangulando.
Respiro hondo, pero la rabia me puede. Me vuelvo hacia Keith de nuevo y camino hacia él. Mis tacones resuenan por toda la habitación y cada vez lo tengo más cerca.
Demasiado cerca.
Incluso más que la última vez.
—Déjame aclararte algo —dice en voz baja—. Creo que aún no has entendido cómo funcionan las cosas aquí. Puedes aprenderlo por las buenas o por las malas. Te dejo elegir.
Sus palabras me sorprenden y me quedo sin voz. Lo observo, quieto, sin un solo atisbo de remordimiento. Las lágrimas empiezan a caer y la frustración y el dolor me desbordan.
Sin volver a mirarla, lo empujo y salgo corriendo de la sala. Cuando me doy cuenta, estoy fuera de la comisaría, en la entrada principal.
El aire me golpea la cara y mis latidos cada vez son más rápidos. Siento cómo la ansiedad brota por mi cuerpo y todo se me nubla. En ese momento, dudo de cualquier cosa, hasta de mí misma.
Me siento rechazada, obligada a abandonar un lugar donde no tengo ninguna obligación de irme. Un hombre que apenas conozco, y por el que ni siquiera siento un ápice de compasión, me ha descompuesto en menos de dos minutos.
No tendría que haberme ido corriendo. Debería haberme quedado y darme mi lugar.
Soy una de las personas más importantes dentro de toda esta pesadilla: la abogada de la acusada.
¿Por qué entonces he dejado que alguien que ni siquiera considero que esté por encima de mí me dé órdenes? ¿Y por qué las he obedecido?
En aquel momento, sola y desamparada, en un lugar que apenas considero un hogar y donde no conozco prácticamente a nadie, quiero rendirme.
Caigo al suelo sobre mis piernas y cierro los ojos, empezando a llorar desconsoladamente.
En ese instante, solo puedo pensar en la única persona que me queda en la vida: mi madre.
La he abandonado por estar aquí, ¿en qué estaba pensando?
Ni siquiera sé por qué estoy al frente de algo que me queda completamente grande. Al menos en esta ciudad.
En Seattle nadie me hacía sombra. Estaba tan formada y me respetaban tanto que jamás dudé ni de mí ni de mis capacidades. Si había algo que me caracterizaba, era que, por encima de cualquier cualidad profesional, tenía corazón, algo de lo que la mayoría carece.
Pero aquí, tener corazón no va a bastar.
Y también está claro que hay alguien que está empezando a hacerme sombra.
«Gilipollas, te odio... ¡te odio con toda mi alma!», me digo, desolada y con el corazón en un puño.
—¿Dahlia?
Una voz familiar me hace levantar la cabeza.
Mina.
Lleva un gran bolso Prada de color negro, con pequeños diseños plateados. Seguramente le duele el brazo porque todos esos papeles y documentos que sobresalen no deben pesar poco: parecen información sobre el crimen.
Deja sus cosas en el suelo y me levanta, agarrándome cuidadosamente ambas manos.
—Dios santo... ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? —pregunta, alarmada.
Me aparta el pelo de la cara. Las lágrimas me han humedecido varios mechones y la máscara de pestañas está prácticamente corrida. Las limpia con sus pulgares y me mira a los ojos, asustada, como si hubiera visto un fantasma o un espíritu perdido en las calles, sin saber a dónde ir.
Preocupada, me da un leve abrazo, ya que no sé contestar.
—¿Podemos irnos de aquí, por favor? —sollozo, sin dar más información. No me reconozco y tampoco quiero pasar ni un minuto más pisando ese suelo.
No dice nada, simplemente asiente y pone su mano en mi espalda, acompañándome hacia la calle de enfrente, donde varios taxis hacen fila.
—Pero, Dahlia... ¿Ha pasado algo? ¿Alguien te ha hecho algo?
—No —miento.
Y volvemos juntas hacia la oficina.
◆◆◆
Durante el viaje, miro por la ventana en silencio, sosteniendo su mano; me siento fatal. Probablemente ha venido expresamente a la comisaría para traerme todos aquellos papeles, y ahora... por mi culpa, tenemos que volver a la oficina, sin haber podido terminar el trabajo.
No he podido interrogar a Yuko ni he tenido tiempo de preguntarle todo lo que guardaba dentro de mí desde ayer.
Por si fuera poco, he armado un escándalo al salir corriendo, llorando, y ahora todos estarán hablando de mí.
«Vaya mierda, me quiero ir a mi casa, estoy harta».
Me siento una carga, un fracaso. Las lágrimas siguen brotando de la impotencia y no me siento yo misma. «¿Dónde estás, Dahlia?», me pregunto.
Jamás había perdido la calma de esta manera, pero ese hombre...
sabe cómo manipularme y hacerlo de la manera que más duele.
Entro al bufete sosteniendo la mano de Mina.
Mi maquillaje está deshecho, no he querido pasar por casa; necesito hablar con él.
Necesito respuestas, más incluso de las que ya me ha dado Fukuda en el tren.
19 de junio, Bufete de abogados Mei & Co.
—¿Dahlia? —Takumi se levanta bruscamente de la butaca roja de su despacho. El vaso de bourbon tiembla en su mano antes de dejarlo sobre la mesa, junto a sus gafas. No necesita el bastón para acercarse a mí.
Mina corre a sostenerlo.
—¿Qué ha pasado? —vuelve a preguntar, mirando esta vez a su asistenta con preocupación.
Me seco las lágrimas con los dedos y me cruzo de brazos. Cabizbaja, miro al suelo, sin responder.
—He intentado hablar con ella durante el camino, pero... parece que no quiere.
Takumi vuelve a acercarse a mí con lentitud y posa una mano sobre mi hombro.
—Una abogada solo llora cuando todo ha terminado.
Señala el sofá frente a su butaca y me invita a sentarme ante él.
—Ven, siéntate. Ahora vamos a hablar como corresponde.
Me cruzo de piernas y suspiro. Mina me tiende un vaso de agua y le doy las gracias. Me lo bebo de un trago, intentando tranquilizarme. Siento cómo, poco a poco, la calma vuelve y mi corazón deja de latir con tanta fuerza.
—¿Qué ha pasado en Kioto?
La oscuridad de su mirada me hace saber que, diga lo que diga, Hiroshi Takumi ya sabe perfectamente lo que voy a contarle.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ambos callan y se miran.
—Sí te lo dije, te advertí.
—Advertir, jefe, no es decir. Son dos términos parecidos, pero completamente diferentes, bajo mi punto de vista.
Takumi cruza sus piernas y me mira fijamente.
—Confío lo suficiente en mi abogada como para saber que Keith Kudo no es rival para ella.
Las palabras de Takumi se hunden en el silencio de la habitación, y mi corazón se detiene al oír el nombre de Kudo saliendo de sus labios por primera vez.
—A mí me da igual lo mucho que confíes en mí, lo mucho que dices conocerme y lo mucho que estás seguro de que este pedazo de hijo de puta no es un estorbo para mí, pero, sorpresa, sí lo es.
—¿Y por eso lloras, por frustración? —arquea su ceja.
No, no es por frustración, es por otra cosa.
—Considero totalmente humano frustrarme hasta el punto de romper a llorar porque ese entrometido de mierda no para de meterse en mi trabajo.
Mina mira a Takumi, preocupada.
—Hiroshi, deberíamos...
—¿Eso le has dejado hacer? —pregunta.
Mi cuerpo empieza a arder de rabia ante las intervenciones de Takumi. ¿Qué es lo que realmente pretende y qué está insinuando?
—¿Crees que tengo algún tipo de interés en dejar que la fiscalía no me deje trabajar?
—Creo que le has dejado acercarse demasiado, querida.
Su respuesta me quema la sangre. No solo por el golpe al orgullo, sino por la humillación de sentirme una intrusa en mi propio terreno.
—¿Acercarse? ¿Dejarle? —Mi mandíbula se tensa—.
¿De verdad me estás diciendo que me he dejado?
Ese gilipollas ha irrumpido hace un rato en la habitación donde estaba interrogando a Yuko y, por si necesitas información, di instrucciones claras de que no entrara nadie hasta que acabara.
Ha abierto la puerta con toda su polla y me ha echado como si fuera una hormiga.
¿A eso le llamas “dejar que se acerque”?
¿O es que te niegas a ver que alguien nos está jodiendo a todos a conciencia?
Esto no es solo mi problema, es nuestro caso, aunque parezca que soy la única que está dando la cara.
Mina me mira con los ojos desorbitados, rogándome que no avive más el fuego. Takumi, sin embargo, permanece inmóvil, inmutable, como si mis palabras fueran simples piedras rebotando en una muralla.
—No niego nada, Dahlia —replica, con esa cadencia lenta que tanto me exaspera—. Simplemente, no supiste poner distancia cuando tocaba.
¿Por qué Takumi me está hablando como si supiera exactamente lo que había pasado en el templo y en el hotel?
—Y si no marcas la distancia, él la sobrepasará.
—¿Qué sabes, Takumi? —pregunto, levantándome del sofá.