Capítulo 4. #5
Yuko no parece completamente japonesa por sus facciones, aunque su nombre y su apellido sugieran lo contrario.
Sus rasgos insinúan algo más... algo procedente del oeste o del suroeste del país.
Me pregunto dónde estará su familia, por qué ha decidido dedicar sus mejores años a este antiguo templo siendo tan joven y, sobre todo, cómo un alma aparentemente tan gentil podría ser capaz de matar a alguien.
—Buenas tardes, señorita Nakamura —me presento—. Soy Dahlia Hawthorne, su abogada. La defenderé en el juicio y velaré por demostrar su inocencia, si usted me confirma que es inocente y si así resulta ser.
Yuko levanta lentamente la cabeza y, por primera vez, puedo ver sus ojos. Marrón oscuro. Profundos. Me observan con un brillo húmedo, al borde de las lágrimas.
Son distintos a todos los que había visto antes, aunque conservan ese rasgo almendrado tan característico de este país. Estoy segura de que Yuko está profundamente conectada con Japón, y deseo que me hable de ello con total sinceridad.
—¿Ha dicho... abogada? —susurra, todavía encogida sobre sí misma.
—Sí, soy su abogada. ¿Por qué? —pregunto.
—Pensé que nadie iba a defenderme... —responde con la voz quebrada, sin atreverse aún a levantar la mirada.
—Estás equivocada, Yuko —empiezo a tutearla—.
No sabes cuánto tiempo llevo esperando para verte.
De verdad. Desde ayer. No me permitieron hacerlo y tuve que viajar a Kioto para investigar la escena donde ocurrieron los hechos.
Sé que esto está siendo muy difícil para ti y que habrás pasado por innumerables interrogatorios, con personas distintas haciéndote las mismas preguntas y obligándote a revivir una y otra vez lo sucedido...
Intentando que dudes de lo que dijiste apenas unas horas antes.
Pero ahora estoy aquí para ayudarte. Quiero creer en ti y lo único que me importa es conocer la verdad.
Si fuiste tú, necesito que me lo digas. Y si no lo hiciste, necesito que colabores conmigo hasta el final para que podamos hacer justicia por Takashi Yamanaka, tu mentor.
Las lágrimas brotan de sus ojos.
—Yo... Yo no lo maté. Te juro que no lo hice.
—¿Estás segura de lo que me dices?
—Te juro por Dios que estoy diciendo la verdad —afirma entre sollozos.
El silencio inunda la habitación.
—¿Puedo preguntarte algo? Pero quiero que me mires a los ojos. No pasa nada, puedes llorar todo lo que necesites. Aquí tienes pañuelos —le acerco unos que llevo en el bolso.
Los acepta con delicadeza y se seca las lágrimas.
—Sí, pregúntame lo que quieras.
—¿Sabes lo que es un abogado?
La pregunta parece sorprenderla. Mientras aparta la última lágrima con el pañuelo, alza la vista y me mira directamente a los ojos. Es la primera vez que los abre por completo y puedo contemplarlos con claridad.
—Alguien que defiende a las personas en la corte, supongo —responde.
—Un abogado es alguien que no sabe qué sucederá en un juicio hasta que todo termina.
Un abogado es alguien que cree en su cliente hasta el final, sin importar lo difícil que se vuelva el camino.
Pero para que yo pueda confiar en ti, necesito que tú también confíes en mí y me digas la verdad, cueste lo que cueste.
Solo así podrás recuperar tu libertad y solo así podremos hacer justicia.
Yuko posa sus manos sobre las mías. Ni siquiera me había dado cuenta de que las tenía apoyadas bajo la mesa.
—Confío en ti, señorita Hawthorne.
—Me alegra oír eso —respondo, sintiendo cómo mi corazón se serena un poco—.
¿Puedes contarme qué ocurrió aquella noche?
¿Dónde estabas? ¿Viste algo extraño o sospechoso?
Incluso el detalle más insignificante puede ser crucial.
Estamos hablando de un asesinato y, en casos como este, todo importa.
Necesito que recuerdes todo lo que viste y todo lo que escuchaste.
Si viste a alguien esa noche en el templo o si notaste algo fuera de lo habitual.
Por favor, estoy aquí para escucharte. No pienses en las declaraciones que has dado estos días; olvídalas.
Quiero que confíes en mí y dejes que tus recuerdos hablen.
Sé que son dolorosos, pero son necesarios para llegar hasta el verdadero culpable.
Yuko baja la mirada y frunce el ceño, concentrándose.
Cuanto más intenta recordar, más empieza a temblar, como si cada recuerdo le provocara un dolor físico.
—Aquella noche... El sensei Takashi vino a una de las salas de oración del templo.
Yo ya estaba allí, rezando. Siempre fue muy amable conmigo y me trató como a una hija.
No tengo a nadie en Japón desde que mis padres murieron en un incendio cuando yo tenía dos años.
Según me contaron, fui adoptada en un orfanato y no sé mucho más sobre mis orígenes.
Después de aquella pérdida, fui pasando de templo en templo, criándome con distintas familias y con varios monjes como él.
Llegué al templo Katsura hace poco más de un año.
Quería dedicarme por completo a él y llevar una vida tranquila, ayudando al sensei.
Él y yo teníamos cada uno nuestra propia habitación, porque no teníamos otro hogar.
Katsura era nuestro lugar sagrado, nuestro refugio.
Después de rezar, me dirigí a mis aposentos y escuché al sensei cerrar la puerta de los suyos, no sin antes desearme buenas noches.
Su habitación estaba a solo unos metros de la mía.
Llevaba tiempo enfermo y me trasladé a un cuarto más cercano por si necesitaba algo durante la noche y podía asistirlo rápidamente.
Pero creo que, en algún momento de la madrugada, oí cómo su puerta se abría...
Quizá para ir al baño, no lo sé. Cada uno era libre de entrar y salir de su habitación cuando quisiera; yo también lo hacía.
A la mañana siguiente me levanté y fui a la cocina.
Él siempre despertaba antes que yo para rezar antes del desayuno.
La noche anterior habíamos tenido invitados y yo iba a preparar el desayuno para todos.
Después íbamos a reunirnos en el salón donde...
ocurrió todo. Lo llamé varias veces por su nombre, pero no respondió.
Volví a su habitación y encontré la cama fría y vacía.
Tras recorrer toda la casa, caminé hasta el salón principal y...
lo vi. Fue horrible. El sensei tenía una daga clavada en el corazón, la misma que se custodiaba en la urna.
Había velas encendidas alrededor de la habitación y dibujos en el suelo hechos con la tinta blanca que utilizaba en sus caligrafías sobre papel negro.
Intenté llamar a la policía, pero antes de hacerlo, varios agentes entraron por la puerta trasera y me arrestaron, acusándome del asesinato.
Según me explicaron, uno de los vecinos, amigo del sensei, descubrió su cuerpo antes que yo.
Me dijeron que, como la puerta estaba cerrada por dentro y yo era la única persona con llaves, me convertía en la principal sospechosa.
También aseguran que alguien nos escuchó discutir aquella noche, aunque yo no lo llamaría discusión; simplemente estábamos intercambiando opiniones.
Según la policía de Kioto, la llamada que hice al encontrar el cuerpo fue una forma de entregarme, no de informar del crimen.
Pero... no tienen pruebas de nada, de verdad.
No saben qué ocurrió, y estoy aquí porque, supuestamente, soy el ama de llaves, aunque llevo muy poco tiempo en el templo.
¡Quién sabe si alguien más...! ¡Si alguien que no fui yo... ! No puedo más...
Yuko rompe a llorar y permanecemos en silencio durante unos segundos. Le concedo el espacio que necesita mientras analizo cada una de sus palabras.
—Entiendo —respondo.
Mi mente se acelera, pero creo que está diciendo la verdad.
Quiero creerla. Hay una inocencia en sus ojos y una vulnerabilidad en su manera de comportarse que no encajan con la brutalidad con la que se cometió el crimen.
Sus palabras suenan sinceras y, si realmente asesinó a Takashi y está interpretando un papel, lo está haciendo a la perfección.
«¿Qué debería hacer?», pienso. Quiero confiar en ella y necesito confiar en ella. No hay pruebas que indiquen lo contrario. Y, por mucho que Mina y Takumi me dijeran que solo encontraron las huellas de Yuko en el arma del crimen, siento que no es suficiente para incriminarla.
—Creo en ti, Yuko. Creo en tu inocencia y voy a depositar toda mi confianza en ti. Espero que no abuses de ella. Si esto para ti es un juego y estás mintiendo, quiero que sepas que haré todo lo posible para que pagues por lo que has hecho, pero, de momento, mi corazón elige creerte y defenderte.
—Muchas gracias, señorita Hawthorne… —Las lágrimas vuelven a brotar de sus ojos.
—Bueno, entonces, tal vez debamos indagar en alguna otra…
Una voz grave y masculina me interrumpe. No llego a terminar la frase.
La puerta se abre con fuerza y me levanto al instante, colocándome delante de Yuko para protegerla de cualquier posible amenaza. Es entonces cuando lo veo de nuevo.
El fiscal está apoyado en el marco de la puerta, con una mano metida en el bolsillo, como si nada de esto le afectara. Su pelo está semirrecogido en un moño y su camisa negra, entreabierta lo justo, deja ver de nuevo su pecho tatuado y el colgante de la balanza.
Parece el dueño del lugar, por lo que veo. Y eso que he dado órdenes claras de que nadie debía entrar hasta que yo lo dijera.
Aquí. En Tokio. En mi propia comisaría.
Sus ojos se fijan en mí y me desafía en silencio. Avanzo hacia él, pero antes de que pueda decir nada, se me adelanta.
—El interrogatorio ha terminado.