El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 4. #3
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Capítulo 4. #3

—¿Perdón? —Saco mi móvil y abro la cámara. Estaba pálida como la nieve y mis ojeras llegaban a la otra punta de Japón.

—¿Has dormido algo?

—No —respondo, tajante.

—¿Por qué?

Me ruborizo.

—Sube al coche —ordeno.

◆◆◆

Mi mente es un revoltijo de emociones.

Por una parte, quiero hablarle de mi encuentro con el fiscal; por otra, llevo desde ayer por la tarde ignorando el tema y sé que se me nota en la cara que ha pasado algo.

—¿Estás bien? Estás muy rara desde que volvimos ayer.

Lo que os decía.

Pero las palabras, simplemente, no salen. Me ha dejado sin aliento.

—Yo...

El coche se para en seco y el chófer nos dice que hemos llegado a la estación. Se disculpa porque llevamos un retraso de unos tres minutos, así que nos aconseja que sería conveniente que nos diéramos prisa si no queremos perder el tren.

Un aviso salta por los altavoces:

“Pasajeros con destino a Tokio, el tren cerrará sus puertas en cinco minutos, diríjanse a la vía tres, por favor, aborden en sus vagones, muchas gracias”.

—¡Es el nuestro! —grita Fukuda, tomándome del brazo y sacándome del coche.

—Arigatō gozaimashita. Yoi ichinichi o! (¡Gracias por el trayecto, que tenga un buen día!)

Mientras volvemos a subir al tren, tengo la pequeña sensación de que no tardaré mucho en volver a Kioto, eso está claro.

A ver, está claro que volveré mientras el caso esté abierto, y eso significa que tendré que hacer varios sube—baja de Tokio a Kioto y de Kioto a Tokio, pero... No me refiero a esa sensación.

Me refiero a una sensación que me dice que este país me va a empujar hacia Kioto muchas más veces de las que debería.

No solo por el asesinato. Por algo más.

Simplemente... intuición.

Los misterios que rodean el caso y la presencia de ese individuo desquiciable me arrastran a la miseria cada vez más, y no puedo pensar con claridad.

El juicio es mañana.

—Fukuda, el juicio es mañana —le interrumpo, mientras lee el periódico y toma café.

Lo pone sobre la mesa y da un sorbo largo.

—¿Estás nerviosa?

Suspiro.

—Tengo demasiadas cosas que hacer hoy, aunque estoy contenta porque por fin voy a poder hablar con Yuko.

Ayer, cuando nos conocimos y me dijiste que no podía verla, sentí que el corazón se me encogía.

Es mi primer homicidio... Mi primer caso importante.

No sé qué va a pasar y me da miedo que no se haga justicia.

Jamás me perdonaría no poder resolver un asesinato tan cruel e injusto.

Cruza los brazos y mira por la ventana. El paisaje es precioso: se distinguen los montes, los campos de trigo y las flores.

—Yo también tengo miedo.

Abro los ojos y mi expresión cambia por completo al escuchar esa respuesta.

—Llevo muchos años trabajando como detective y he vivido muchas cosas, Dahlia.

He participado en casos muy duros y en otros no tanto.

En algunos se ha hecho justicia por completo, pero en otros no —hace una breve pausa antes de continuar—.

Soy un simple detective que dejó la policía hace años...

El cuerpo se me llenó de heridas que nunca pude sanar y decidí continuar por mi cuenta, así que te entiendo.

Vosotros también sois un poco como nosotros.

Te importa tu cliente y te importa su inocencia, cuando realmente lo es, o su culpabilidad, cuando merece asumirla.

Es normal. Veo en tus ojos a mi propio yo de hace quince años y sé lo duro y atormentador que puede llegar a ser este oficio.

Pero también sé que, por encima de todo, lo importante no es el final, sino todo el trabajo que se hace para alcanzarlo.

Asiento con la cabeza, cabizbaja.

—Sé que hay algo que te atormenta y que no me has contado.

Aunque no lo creas, eres muy fácil de leer.

Pareces dura y, cuando estás en plena investigación, te transformas y pareces otra persona, pero no dejas de ser una mujer de veintiséis años que puede equivocarse y tener miedo.

Si necesitas contarme algo que te preocupe, puedes hacerlo.

Total, todavía quedan más de dos horas hasta Tokio y ya voy por mi tercer café.

Me vendría bien que me mantuvieras ocupado con algo para que no me dé taquicardia por exceso de cafeína.

«¿Debería abrirme y explicarle todo lo que ha pasado?

A la vez no es nada, pero al mismo tiempo lo es todo.

Es inevitable que Fukuda conozca al fiscal; al fin y al cabo, trabajó durante muchos años en la región metropolitana de Kioto antes de mudarse a Tokio.

Si hay alguien con quien puedo hablar ahora mismo, es con él, pero... ¿Por qué me siento así?».

—Ayer le vi.

Fukuda arquea una ceja.

—¿A quién?

—Al fiscal del caso.

Su mirada habla por sí sola. Cruza las piernas y me observa fijamente. Está claro que he despertado su curiosidad y que su lenguaje corporal no es el de alguien que vaya a responderme con un par de monosílabos.

—Era inevitable que lo conocieras, pero, francamente, pensaba que no lo verías hasta mañana.

—Ayer, cuando desapareciste unos minutos para reservar el taxi, lo vi.

Parecía estar con algunos agentes de la fiscalía, trabajando juntos.

Es extraño, porque estuvimos toda la tarde con el inspector Oshida y en ningún momento lo vi a él ni a sus hombres.

Se acercó a mí y... Después, en el hotel, volví a verlo cuando bajé a recepción para preguntar por el tren.

—¿Y qué sentiste?

Su pregunta es directa y serena, pero en mí provoca todo lo contrario.

No puedo decirle la verdad, así que le miento.

—Sentí que no quería volver a verle nunca.

—Es el efecto que suele causar el fiscal Kudo.

—¿Le conoces?

—Dahlia, querida, he pasado muchos años trabajando en Kioto; claro que le conozco.

Es el fiscal más importante de la región y, a pesar de ser tan joven, su historial es impecable.

Es duro como una piedra. Impone, juzga, dicta sentencia y se marcha.

Su presencia llena el juzgado y sus métodos son...

cuestionables. Pero su inteligencia no tiene límites y todo el que le conoce le respeta.

Debe de tener más o menos tu edad, quizá algo más.

Ambos sois diamantes en bruto, pero, al mismo tiempo, no os parecéis en absolutamente nada.

No nos parecemos en nada; en eso, Fukuda tiene razón. No quiero parecerme a alguien que solo me ha dado motivos para desconfiar de él, que me ha tratado de mentirosa y que ha puesto en duda mi profesionalidad.

—¿Podemos cambiar de tema? —pregunto.

—Te leo entre líneas. Pareces preocupada por él y por lo que pueda llegar a hacer contigo. Mi consejo es que no te preocupes. Hará su trabajo y nada más. Ni siquiera creo que tenga intención de estar cerca de ti, con todo el trabajo que tiene.

Para no tener intención, le he visto más que a mi jefe desde que llegué a este país.

—¿Qué quieres hacer ahora?

—¿Podemos dormir? —pregunto, haciendo pucheros.

—Te pareces a Yumi... Se pasa el día haciendo ese gesto cuando quiere algo.

—¿Tu hija?

—Sí, tengo dos. Yumi y Tatsuo. Están a punto de cumplir veinte años, pero para mí siguen siendo unos niños. Nacieron el mismo día, a la misma hora... Bueno, Tatsuo con dos segundos de diferencia. Yumi siempre le dice que es la mayor y que tiene que protegerlo, igual que papá protege a los demás.

Percibo un matiz de tristeza en sus palabras. Fukuda debe de echar mucho de menos a su familia y a sus hijos. Sé lo que se siente; estar separado de las personas a las que amas es duro.

—Volverás a verlos en cuanto lleguemos a Tokio. No quiero que trabajes en todo el día. Yo me encargaré de todo lo que quede por organizar.

—¡No puedo hacer eso!

—Y tanto que puedes. No es una petición, es una orden, y viene de arriba... —Giro los ojos hacia la ventana.

—¿Cómo?

—Digamos que, mientras iba al baño hace un rato, he recibido una llamada de Mina, que ha hablado con Takumi, que ha hablado con un tal Ryota... ¿Qué más? No recuerdo el apellido.

—¡Mi jefe!

—Ah, sí, eso, tu jefe. No sabes la cantidad de nombres que he tenido que apuntar en la libreta desde que llegué. Algunos los confundo; a otros no quiero ni ver, pero así están las cosas. Ese tal Ryota, tu “jefe”, ha dado órdenes explícitas de que te tomes el día libre hasta mañana.

—¡Eso es imposible! —replica.

—Digamos que ayer salió a tomar un par de copas por Shibuya con Takumi y... le habló muy bien de ti, de lo mucho que trabajas y de lo mucho que me has estado cuidando desde ayer.

—Os voy a matar... —susurra.

—¿No te alegra poder pasar todo el día con Yumi, Tatsuo y tu mujer? Estoy segura de que a ellos sí.

La expresión de Fukuda se suaviza y sus ojos empiezan a cristalizarse. Una mezcla de calidez y nostalgia transforma por completo su rostro. Estoy segura de que, por dentro, está llorando de emoción ante la posibilidad de pasar un día entero con su familia y alejarse de todo lo que está ocurriendo.

Yo también la echo de menos, Fukuda. Te entiendo.

Disfrútalo, tú que puedes.

Por mí.

Por los que no podemos.

◆◆◆

Miro por la ventana y veo mi reflejo. Me retoco el flequillo y despeino mis ondas con la mano.

Sí, mis ojeras definitivamente no han mejorado. Dos horas de sueño me vendrían muy bien.

Pero no puedo maldecir mis ojos, porque cada vez que los veo, lo veo a él.

Debería sentir rechazo, pero en este momento solo puedo pensar en una cosa.

Quiero verlo.

Y no logro entender por qué.

Solo sé que quiero que sea así.

Y no debe ser así.

Porque esto no es un juego, ni hemos venido aquí para divertirnos.

Como le dejé bien claro... Yo no he venido aquí a pasármelo bien.

◆◆◆

Llegamos a la estación de Tokio y me despido de Fukuda. Su familia ha venido a recogerle y sus gemelos son idénticos a él. Tienen sus mismas facciones y esa vitalidad que lo caracteriza.

Su mujer, por otro lado, es una mujer hermosa de aspecto noble. Su mirada transmite serenidad, aunque también deja entrever cierto cansancio.

A veces no sabemos por qué nos sentimos así, pero supongo que amar y esperar al mismo tiempo produce ese efecto.

19 de junio, Apartamento de Dahlia