Capítulo 4. #2
Joseph tampoco quedaba conmigo desde lo que pasó. Antes, al menos, pasaba tiempo en su apartamento fuera de la oficina, pero ahora nada de eso volvería a ocurrir, gracias a Dios.
Tampoco es que lo eche de menos. Acabé prefiriendo estar un fin de semana encerrada en una habitación con mi tía Sienna antes que con él. Así está mi situación personal ahora mismo.
Me seco el pelo y unos minutos después se me forman unas pequeñas ondas naturales. Me pongo el pijama de satén negro que he traído y las gafas. Es un alivio quitarme el vestido y las sandalias después de subir estas escaleras y patearnos todo el templo casi entero.
Sin poder quitarme su imagen de la mente, me acerco a la ventana.
Las luces de la ciudad brillan abajo, y veo cómo la noche en Kioto está viva, con gente que no parece tener ganas de irse a la cama.
Pero mis pensamientos se van a otra parte, consumidos por el recuerdo de su mirada, la forma de sus labios y cómo su presencia llenó todo el espacio que ese templo creó entre nosotros.
«¿Quién es realmente? Jamás se lo pregunté.
¿Será policía? Tiene pinta de ser agente.
Es alto, está fuerte e impone. No me extrañaría nada que tuviera un buen cargo, aunque luce demasiado joven como para ser inspector.
¿Tendremos la misma edad? No creo que sea menor que yo, quizás me saca un par de años. ¿Cuál será su conexión con este caso?»
Sabía que estaba pisando un terreno peligroso, pero no podía negar la emoción que recorría mis venas ante la idea de enfrentarlo de nuevo.
Dijo que se divertiría conmigo si realmente es cierto que soy la abogada de Yuko, así que no sé cuál es su intención detrás de esas sucias palabras, pero, sea como sea, no pienso permitir que la policía de Kioto incrimine injustamente a mi cliente, y menos de esta manera tan hostil.
Al despejar mis pensamientos, finalmente camino decidida hacia la cama, dispuesta a dormir.
Un suspiro culmina el silencio de la habitación y, junto a él, una notificación en mi teléfono enciende la pantalla.
Fukuda.
«¿Se puede saber de dónde ha sacado mi número?».
Más que pedírmelo, me está medio obligando a hacerlo.
Tecleo y envío el mensaje.
Me han dejado unas zapatillas frente a la puerta, así que me las pongo y salgo de la habitación hacia el vestíbulo, en pijama: una camiseta de tirantes de hilo y un short considerablemente corto.
Supongo que mi sueño tendrá que posponerse, al menos, quince minutos más.
Pero peor sería perder el tren de mañana.
«Este detective incompetente...».
El vestíbulo resplandece silencioso y cálido. La chimenea eléctrica parpadea, aunque solo es un adorno. Me acerco al mostrador de recepción y me encuentro con una chica muy joven con dos coletas pelirrojas y la cara salpicada de pecas.
Al verme, levanta la vista del ordenador y me regala una sonrisa.
—Buenas noches, señorita. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Disculpe... —comienzo, estoy cansada—. ¿Podría decirme a qué hora
parte el primer tren a Tokio mañana por la mañana? Parece ser que no nos han informado bien y necesitaríamos organizarnos.
—Con gusto, señorita —revisa la pantalla y me devuelve suavemente la mirada—.
En el sistema, sus billetes me aparecen reservados para el tren de las siete de la mañana.
Les recomendamos estar en la puerta principal del hotel a las seis y media.
Les subiremos el desayuno a las habitaciones a las seis, y después, nuestro chófer los acercará a la estación.
Llegarán a Tokio más o menos a las diez en punto, espero haberla ayudado.
—Gracias, muy amable —respondo aliviada, pensando que no me tocará
madrugar tanto como creía.
Saco rápidamente el teléfono de mi bolsillo y envío un mensaje a Fukuda.
Si no ve el mensaje a tiempo, me va a tocar aporrearle la puerta yo misma y, siendo sincera, ahora mismo es lo último que me apetece.
Suspiro.
Guardo el móvil y me doy la vuelta, lista para volver a la habitación y des-cansar, pero justo cuando estoy caminando hacia el ascensor, mi corazón da un vuelco.
De pie, justo a su lado, está él.
Todavía va vestido entero de negro, pero se ha cambiado la ropa que llevaba en el templo.
Esta vez, luce unos pantalones más cómodos y holgados, junto a las mismas zapatillas que yo, pero de su talla.
Su camiseta es ligeramente apretada y le marca los músculos y el abdomen.
Me quedo observándole más tiempo del que debo para hacerme creer que no es real y que lo estoy confundiendo con otra persona, pero sé muy bien que no es así.
Esa cara no puedo encontrarla en nadie más.
Sin quererlo, sus ojos se clavan en los míos al otro lado del pasillo.
Empiezo a temblar de los nervios y el silencio nocturno del hotel hace que el momento se vuelva más violento de lo que habría sido si estuviéramos acompañados.
El tiempo se ralentiza mientras nos miramos fijamente, y todo lo demás se vuelve borroso, hasta el punto en que solo somos nosotros dos.
Intento ignorarlo y camino hacia los botones del ascensor.
—Te interpones en mi camino.
Esa voz vuelve a paralizarme todo el cuerpo. Su espalda está posada contra el frío metal de la puerta del ascensor.
—Eres tú el que está en medio del mío. Apártate, quiero subir a mi habitación y dormir.
Curva sus labios en una sonrisa y el fuego en sus ojos me eriza la piel.
—¿Y si no quiero? —dice, mientras se acerca a mí. Se aproxima de tal manera que me hace dar varios pasos atrás hasta que mi espalda choca con la pared.
Entonces, apoya su brazo en ella, mientras el otro lo camufla en su bolsillo.
Siento su aliento.
Tiene varios anillos plateados en el dedo anular y el pulgar, no me había fijado. Sus manos son grandes y puedo notarle las venas.
Me sonrojo.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo? —suelto, enfadada—. No me acorrales y déjame en paz, te he dicho que quiero irme a dormir.
—Tranquila, bala de plata. Te dejaré ir cuando respondas a un par de preguntas.
Bala de plata.
—¿Qué quieres?
Su olor, una mezcla de almizcle y el sutil perfume del hotel, llena el aire entre nosotros.
—Que me digas quién eres y qué haces aquí.
—Te lo he dicho esta tarde.
Me mira y se acerca. Su balanza colgada del cuello está apenas rozando mi canalillo.
—Entonces, es verdad.
—¿Verdad, el qué?
—Eres la abogada de este caso.
—Sí, ahora déjame ir.
Cruzo mis brazos defensivamente. Un destello brilla en sus ojos. Se detiene y, por un momento, pienso que se va a acercar todavía más —si es posible— a mí.
Pero da un paso atrás y quita el brazo de la pared.
Esta vez, me mira fríamente.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta.
Me quedo en silencio. Él es el doble de alto que yo, y no puedo dejar de mirarle esos ojos y esas pestañas largas y negras. Los míos se abren y evado cualquier otro pensamiento. No respondo.
—¿Me lo vas a decir o no? —insiste, acercándose hasta que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.
—Me llamo Dahlia. Dahlia Hawthorne.
—No eres de aquí.
—¿Te parecen mis facciones propias de alguien de aquí?
—No —responde.
—A mí tampoco las tuyas. ¿Puedo preguntar quién eres?
Me niego a ser intimidada.
Da un paso atrás y sus ojos recorren mi cuerpo de la cabeza a los pies. Saca un paquete de cigarros de su bolsillo, lo abre, coge uno con la yema de los dedos y se lo pone en la boca. ¿De verdad va a ponerse a fumar en medio del pasillo de un hotel?
Lo agarra y lo coloca detrás de su oreja.
—Kudo. Keith Kudo.
Me estremezco.
—Fiscal.
Veo su espalda ancha alejándose. Y allí, indefensa y más despierta de lo que había llegado, intento entender lo que acaba de pasar.
Él me lo dijo esta mañana.
Mi mentor me lo advirtió.
Que tuviera cuidado con él.
Con el fiscal de este caso.
◆◆◆
Esta noche, dormir va a ser imposible. Mi segundo encuentro con el fiscal me ha dejado un mal sabor de boca, haciéndome sentir débil y expuesta a algo oscuro.
¿Por qué, sin embargo?
Siempre he sido una mujer fuerte y segura de sí misma: a pesar de ser joven, a pesar de tener este aspecto. Soy abogada, una mujer de la ley que lucha por hacer justicia... Y para mí es inconcebible dejarme intimidar por un hombre, especialmente por él.
Aun así, mi corazón late con fuerza en el pecho. Un tamborileo incesante que acompaña las preguntas que se repiten una y otra vez en mi mente.
¿Por qué me afecta tanto este caso, si apenas ha comenzado?
¿Es el peso de la investigación, la responsabilidad de defender a Yuko o su presencia, que parece ver a través de mí? Me ha tratado con una arrogancia despectiva que me molesta y, al mismo tiempo, me intriga.
Pero yo tampoco le he sido indiferente.
Las preguntas se persiguen unas a otras en un bucle interminable, alimentando mi ansiedad hasta que, finalmente, el agotamiento mental y físico se apodera de mí. Me dejo arrastrar por el sueño y me relajo poco a poco mientras la oscuridad me envuelve.
A la mañana siguiente, el mismo chico que nos atendió en recepción la noche anterior me trae una bandeja con café, tostadas, fruta y un par de pastas. Muy occidental, si me preguntas.
No tengo demasiada hambre, pero me obligo a comer porque sé que, en situaciones como esta, mi estómago se cierra y se niega a probar bocado. No puedo permitírmelo. Donde no hay una alimentación adecuada, el cerebro no funciona.
Me doy una ducha y me visto cómoda: una falda blanca a juego con una camiseta ceñida de manga corta del mismo color.
Dejo mi pelo suelto, pero lo adorno con una cinta que encontré en uno de los bolsillos de la maleta.
Me peino el flequillo con los dedos y me pongo un calzado cómodo que había traído por si acaso. Ojalá lo hubiera llevado ayer.
Abajo me espera Fukuda, al que, por lo visto, no ha hecho falta despertar a porrazos en su puerta esta mañana.
—Buenos días, Blancanieves. ¿Cómo has dormido?
—Fukuda... Son las seis y media de la mañana, ¿cómo que Blancanieves?
—¿Te has visto la cara?
Este hombre había ganado en un día la confianza que no había ganado con nadie en toda mi miserable vida.