El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 4.
11%

Capítulo 4.

(銀の弾丸— Bala de plata)

—¿Disculpa? —respondo, mirándole fijamente.

Tiene mis mismos ojos...

No, tiene los mismos ojos que mi padre.

Toma otra calada de su cigarro, mete la mano en el bolsillo y arquea una ceja mientras se acerca. El aire se llena de un olor que detesto y que me hace dar un paso atrás.

—Te he preguntado quién eres, ¿no hablas mi idioma?

Su voz es tan grave que se me eriza la piel.

—Hablo tu idioma, pero solo respondo a la gente que tiene un poco más de educación.

Vuelve a acercarse a mí; el corazón me va a mil por hora, pero no puedo dejarme intimidar, no ante él.

—Sé perfectamente cuándo debo dejar la educación a un lado, y no es precisamente ahora.

Mis mejillas se sonrojan levemente.

—Disculpa, ¿te conozco? —pregunto, sintiendo que las piernas me flaquean.

—Si pregunto tu identidad, ¿no puedes deducir que no nos conocemos? —Clava sus ojos verdes en los míos de nuevo.

—¿Y tienes que preguntármelo de una manera tan fría y arrogante?

Exhala el humo del cigarro y lo tira al suelo, pisándolo con una de sus grandes botas negras.

Debe calzar, mínimo, un cuarenta y seis.

Ante mi metro cincuenta y siete, no tengo nada que hacer.

De cerca, puedo calcular que mide más o menos un metro noventa y algo, estoy segura...

Y su cuerpo es, efectivamente, un lienzo cubierto de tatuajes donde incluso logro ver un par en su cuello.

Pero no es lo único en lo que me fijo. De su cuello cuelga un collar de plata con una balanza, la representación más pura y antigua de la justicia.

Símbolo de imparcialidad y equilibrio; cada platillo representa los argumentos de las partes en un juicio, y la misión de la justicia es pesarlos con objetividad, sin favoritismos ni prejuicios.

La diosa griega Themis fue la primera razón por la que quise estudiar leyes.

En ella, la balanza sopesa los argumentos y las pruebas, la espada ejecuta sentencias con firmeza y autoridad...

Y la venda en los ojos simboliza la imparcialidad, para que no nos dejemos llevar por apariencias o influencias externas.

Es curioso que, aunque siempre la he visto en los juzgados de Seattle, sus raíces provengan de la mitología griega y del derecho romano.

Allí se concibe la justicia como una fuerza superior, algo sagrado que debe trascender junto al poder del hombre.

¿Por qué una persona como él lleva algo así en su cuello? La contradicción es evidente. Y, sin embargo... no consigo apartar la vista.

—Estás en una zona restringida, no puedes estar aquí. Se ha cometido un crimen y solo la policía tiene permitido el acceso a este templo, vete —me ordena.

Me mantengo firme y esta vez, soy yo la que da el paso hacia delante.

—Sé perfectamente que estoy en la escena de un crimen. Soy la abogada defensora de la acusada.

Bocazas.

Un destello de sorpresa aparece en su rostro.

—¿Abogada? ¿Tú? —pregunta, sorprendido.

No le importa que me acerque a él. Su imponente figura proyecta su sombra sobre mí.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno. Solo tengo problemas con las mentirosas. El abogado de este caso es Hiroshi Takumi.

—No se encargará de la defensa, finalmente. Me la ha cedido. Trabajo en el bufete Mei & Co.

—¿Desde cuándo? —pregunta, casi sonriendo.

—Desde hoy.

Me mira fijamente, como si estuviera analizando cada peca de mi rostro. No pestañeo, no ahora. Estamos muy cerca, tan cerca que podría ver cada imperfección de su piel, si existieran.

Pero no hay ninguna.

Sus mechones negros bailan con el viento. Su piel me recuerda a la mía en agosto, pero, en este momento, no puedo competir con él.

—Si eso es cierto, me voy a divertir todo lo que pueda contigo.

Me estremezco y quedo inmóvil ante su comentario.

—No sé quién eres, pero yo aquí no he venido a divertirme. Si te entrometes en mi trabajo o me estorbas, yo misma me encargaré de ponerte tras las rejas.

—Eso solo será cuando tengas más poder que yo en este país, querida.

Se enciende otro cigarro y escupe el humo sobre mis labios.

—En otras palabras... —Se acerca a mi oreja— nunca.

Se da la vuelta y se aleja, dejándome sola entre la fría niebla de esta noche de verano y la oscuridad de un lugar donde apenas hace dos días habían asesinado a alguien.

Jamás en mis veintiséis años de vida había conocido a alguien como él. No sé su nombre, ni qué hace aquí, ni por qué se ha acercado a mí.

Lo único que tengo claro es que no quiero volver a tenerle cerca nunca.

Y si logré olvidarme de los ojos verdes de mi padre, me olvidaré de los suyos.

Aunque sean iguales que los míos.

◆◆◆

—Lo siento, Dahlia, ya estoy aquí —escucho una voz sin aliento acompañada de unos pasos apresurados.

Es Fukuda.

No sé cómo responder. Me doy la vuelta para mirarlo mientras recupera el aliento, con las manos en las rodillas por haber corrido hacia mí.

Pero mi mirada se desvía de vuelta a la niebla.

Se ha ido.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

—No, nada —respondo, dándole la espalda, mirando hacia el lado opuesto.

Fukuda me mira con preocupación y coloca una mano en mi hombro, mientras se limpia el sudor de la frente con la otra.

—Está bien. Buen trabajo el de hoy, pero estoy agotado. No había casi nada de cobertura, he tenido que adentrarme en el bosque para poder pedir el coche... ¿Cómo es posible que en una zona tan grande no pueda usar el teléfono? ¡Vaya mierda!

Asiento y no respondo. Mi mente está en otro lado.

El taxi tardó veinte minutos en llegar. Durante el camino al hotel, el silencio nos acompañó. El cielo se había teñido de un azul oscuro, y las nubes no dejaban ver las pocas estrellas que se atrevían a brillar esa noche.

Kioto es distinto a Tokio.

Hay algo en esta ciudad que la hace diferente, y me siento cabizbaja, triste y vulnerable. No logro descifrar de dónde viene este sentimiento, pero lo que sí sé es que hoy ha sido un día largo y catastrófico.

Mi primera escena de homicidio. Mi primer caso.

Me atrevería a decir que el caso más importante de mi vida.

19 de junio, Kyoto Stars Hotel

Llegamos al lujoso Kyoto Stars Hotel, cerca de la Comisaría Metropolitana de Kioto. Me pregunto si el inspector Oshida ya está en casa o si, a las nueve y media de la noche, todavía seguirá en su despacho, dándole vueltas al caso.

Espero que su mujer e hijos puedan disfrutar del poco tiempo que les puede ofrecer. Me recuerda a alguien que yo me sé.

—¡Hacía años que no pisaba este hotel!

Fukuda agradece el trayecto al conductor y se ofrece a llevar mi maleta y la suya. Caminamos hacia la recepción y un chico de unos veinte años nos solicita las credenciales para validar nuestra identidad.

Según me explicó el detective durante el trayecto, la policía de Kioto tiene un acuerdo con este hotel para hospedar a los agentes de seguridad de Japón.

Policías de toda la región se han alojado aquí cuando han sido enviados a ciudades ajenas a la suya.

Seguramente en Tokio funcione igual, después de todo, son las ciudades más importantes del país.

Al devolvérnoslas, nos dice que no nos preocupemos por nada, ya que nuestros superiores se han encargado de toda la gestión. En silencio, le doy las gracias a Mina, quien seguramente se ha pasado el día ayudándome desde la oficina para evitarme más trabajo.

Definitivamente, cuando vuelva a Tokio tengo que invitarla a cenar a casa.

Y a Takumi también, por supuesto. «¿Estarán ya en casa?», pienso.

—Tienen las habitaciones listas, agentes. Pueden subir a la planta treinta, habitaciones 245 y 258. Muchas gracias por su labor y por elegirnos una vez más. Si necesitan algo, la recepción está abierta veinticuatro horas.

El recepcionista nos da las llaves de nuestras habitaciones y le agradecemos su hospitalidad.

—Te ha llamado agente —dice Fukuda, mientras pulsa el botón del ascensor, con una sonrisa a medias.

—Cállate —le empujo con el codo y sonrío—. Sería muy buena policía, que lo sepas.

—Pero eres abogada, que creo que te pega mucho más.

—¿Cómo que “me pega mucho más”? —Levanto las cejas.

—Eres diminuta, inteligente y tienes mal genio. Serías buena agente, y seguro que se te daría muy bien disparar. Pareces ágil y rápida, estoy seguro de que nos serías de gran ayuda en la comisaría de Tokio.

—¿Cómo que mal genio?

—¡¿Has escuchado una sola palabra de lo que he dicho?!

Río mientras me ato el pelo con la goma que tengo en la muñeca, antes de mirarla fijamente unos segundos. Es cierto, justo en ese momento el viento me lo había deshecho.

La cabeza me da vueltas.

“Se te daría muy bien disparar”.

No he vuelto a empuñar un arma. No desde lo que pasó.

—Por fin, subamos. —El ascensor se abre y llegamos al piso treinta.

El hotel es lujoso, con pasillos largos y una decoración minimalista pero bonita, adornada con varias plantas verdes en puntos estratégicos. La luz tenue me hace sentir, por un momento, que voy a desplomarme de sueño en mitad del pasillo. Estoy realmente agotada.

Me despido de Fukuda y cada uno entra en su habitación. Desempaco mis cosas y me doy una ducha larga y caliente mientras le pido a Alexa que ponga “Wrong” de Chris Grey en Spotify.

Me seco el pelo y me lavo la cara. Sin maquillaje, las pecas se hacen más visibles, y mis ojos verdes resaltan sobre mi piel, blanca como la leche.

Por mucho que estemos en pleno junio, hace meses que no veo el sol.

En Seattle, mi rutina se resumía en trabajar y dormir, por lo que no recuerdo cuándo fue la última vez que salí un fin de semana o hice una escapada.

Mis amigos de la universidad, los únicos que me quedan, viven en Washington y, según los mensajes del chat que creamos el primer año, estaban demasiado ocupados para sacar una sola tarde de su apretada agenda e ir a tomar algo y ponernos al día.

Fue por eso por lo que empecé a hacer horas extra y a trabajar los sábados.

No pasaba mucho tiempo con mamá y siempre me lo reprochaba, sobre todo desde que supo lo de Tokio.