El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 3. #6
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Capítulo 3. #6

—Prueba a ser abogado, señor inspector, o quizás... —Le quito de la mano el séptimo cigarro que se ha encendido desde que llegamos al templo a media tarde—. Prueba a dejar de fumar tanto y verás la luz más detenidamente.

Tiro la colilla al suelo y la piso con mi tacón.

—Era el último —dice.

—Siempre es el último.

Fukuda se ha perdido por los laterales del templo desde hace ya un rato. Al volver, camina hacia nosotros.

—Bien... —explica, agitado—. He dado una vuelta y creo que, por hoy, aquí ya no hay nada que hacer. ¿Qué haréis vosotros, Oshida? —Se vuelve hacia el inspector.

—Un par de mis mejores hombres se quedarán haciendo la guardia de la noche.

No queremos que nadie entre ni se acerque al templo, también son órdenes de la fiscalía.

Yo, por mi parte, regresaré a la comisaría y terminaré de cerrar unas cosas antes de volver a casa.

No recuerdo cuándo fue la última vez, en los últimos treinta años, que trabajé una cantidad de horas normales.

—No te preocupes, inspector, si sigues fumando así, no tendrás que trabajar por mucho tiempo más.

—¡Dahlia Hawthorne! —grita Fukuda, sonrojado.

El inspector empieza a reír, parece que le he caído bien, después de tantas horas trabajando juntos.

Verlos a él y a Fukuda juntos es como recordar viejos tiempos en Seattle, donde también tenía compañeros mucho más mayores que yo que llevaban prácticamente toda la vida dedicándose a esto. Aprendí mucho de ellos.

Espero que aquí también pueda ser así.

—Astuta y rápida, esta mujer nos sorprenderá el día del juicio, Fukuda, apúntatelo.

—No, por favor...

—Me retiro —Oshida se sube a un coche que se acaba de detener justo a nuestro lado—. Nos vemos en la corte, señorita, mucha suerte.

—Adiós, suerte a vosotros también —me despido.

—De acuerdo —Fukuda parece fatigado—, deberíamos marcharnos hacia el hotel y descansar. Llamaré a un taxi, tú espérame aquí, no hay demasiada cobertura, necesitaré unos minutos. ¡No te vayas a fisgonear a ningún lado por nada del mundo!

—¿Seguro que no te vas a escapar a fumar como el inspector, Fukuda? —Sonrío.

—¡No te muevas de aquí!

Y se aleja.

Me apoyo contra uno de los postes, deseando escuchar la voz de mi madre.

Ahora mismo estaría volviendo a casa, después de una larga jornada.

¿Qué estarán cenando? ¿Estarán comiendo bien?

Son las dos puntas del iceberg, estoy segura de que mamá estará como una furia intentando que la tía Sienna ingiera una sola pieza de verdura en toda la semana.

«Oh, Dios... Qué nostalgia, ni que hubieran pasado meses...».

Mi teléfono está intacto desde esta mañana, así que decido que es buen momento para desbloquearlo; tengo varios mensajes suyos sin leer.

«Esta mujer...», pienso.

—Está bien, continuaremos mañana, ya no queda mucho que hacer hoy, de todas formas.

Escucho una voz hablando en japonés. ¿De dónde vendrá?

Avanzo unos pasos bajo la luz del farol, que es lo único que ilumina mi silueta en esos momentos.

La voz, grave y masculina, viene de la oscuridad.

—Buen trabajo, hasta mañana.

—Hasta mañana, señor, muchas gracias.

Desde las sombras más oscuras que acechan cada rincón de este sangriento templo, lo veo por primera vez, con un cigarro colgando de sus labios.

Es alto, más de un metro noventa. Su figura es esbelta y musculosa, y viste una camisa de seda negra desabrochada por encima del ombligo que deja a la vista una red de tatuajes de tinta negra; le cubren los brazos, el pecho, algunos dedos... Todo.

Su pelo, largo y negro, suelto sobre sus caderas, le resalta los rasgos: pómulos definidos, mandíbula afilada y unos profundos ojos verdes que parecen atravesar la luz de los farolillos.

Su piel es parecida a la mía, pero él está un poco más bronceado. Es el lienzo perfecto para aquellas rosas negras dibujadas en sus brazos. De su cuello cuelga una especie de figura plateada... Casi imperceptible, pero logro descubrir qué es.

Es una balanza, la balanza que representa el símbolo de la justicia.

Cuando logro verle mejor la cara entre las sombras... intuyo que no es japonés.

Y segundos después, lo confirmo.

No, no es japonés.

Exhala el humo y fija su mirada en mí: me ha visto. Parece un hombre peligroso, pero, a la vez, seductor.

Me está haciendo temblar, pero no sé si es de miedo.

Sus ojos son innegablemente verdes, como los míos.

Con el vestido amarillo y los tacones de mi madre, me aferro a mi bolso, el único acompañante que tengo a mi lado ahora mismo. Bueno, eso y mi bloc de notas, lleno de anotaciones en más de diez páginas.

Mis pendientes dorados brillan; van a juego con la coleta rubia que me hice antes de ir a la estación. Justo en ese momento, como si el destino lo hubiera ordenado, la goma cede y cae al suelo, haciendo que el pelo me caiga y empiece a moverse con el viento.

Me agacho como puedo, intentando no perder el equilibrio, y coloco el coletero en mi muñeca.

Cuando me levanto, estoy un poco despeinada y tengo algunos mechones en la cara, pero no me nublan tanto la visión como para darme cuenta de lo que acaba de pasar.

Se ha acercado a mí.

Está frente a mí.

Las sombras bailan a nuestro alrededor y la brisa nocturna mueve las hojas de los árboles.

—¿Quién eres?