Capítulo 3. #5
El eco de los rezos ahora guarda el luto de su antiguo dueño. Huele a incienso apagado, con un matiz metálico que alude a la sangre derramada.
En el centro de la sala principal, hay un tatami con una silueta blanca pintada con tiza, que señala la posición del cadáver. Al lado, la daga ceremonial, manchada con la sangre de la víctima. Está en la misma posición en la que la encontraron, junto a un marco numerado.
Alrededor, las velas, que ya están prácticamente consumidas, forman un semicírculo irregular.
—El arma fue hallada exactamente así, insertada en su corazón. Los médicos la han extraído y la hemos dejado al lado, junto a la posición en la que se encontraba la víctima apuñalada —explica el inspector, señalándola con la mano—. Las huellas de Yuko están en la empuñadura.
Fukuda chasquea la lengua.
—Un clásico muy conveniente, casi parecen incriminatorias.
—Ojalá —murmuro.
Me agacho frente a los símbolos del suelo. Están dibujados con una especie de pintura densa que aún parece fresca bajo la luz artificial. Son figuras desordenadas... Me pongo de cuclillas sobre el tatami y mis ojos recorren los trazos blancos.
Una especie de línea recta, dos cuadrados, donde uno parece que no está del todo cerrado porque le falta un lado, una especie de cruz...
¿Tendrán algún tipo de correlación?
Saco la libreta de mi bolso e intento dibujarlos en el orden en que están presentados.
A primera vista, parecen formas desiguales, sin más, pero, teniendo en cuenta la representación de la escena, ¿de verdad el culpable se pararía a hacer estos dibujos porque sí, sin ningún motivo?
¿Y por qué las velas? ¿Quería que simplemente pareciera alguna especie de ritual satánico? ¿Algún idioma secreto que no conozco?
Tengo la sensación de que alguien me está observando desde las sombras.
Si es un mensaje o una especie de acertijo, ¿quién podría entenderlo y con qué propósito?
—¿Qué significan? —pregunta Fukuda, observándome detenidamente.
—No lo sé... —susurro—. Inspector Oshida, ¿qué hay de esto?
—No lo sabemos —responde el inspector, acercándose—.
Nuestros analistas creen que es una especie de código o símbolos.
Preguntamos a Yuko, a los testigos y a varios monjes de la zona, pero nadie los reconoce, así que deben de ser simples figuras al azar para hacerlo más macabro. Un psicópata no tendría problema.
Fukuda resopla.
—¿Alguien se tomaría la molestia de crear esta especie de espectáculo para despistar o dar miedo? —pregunto.
—O ambas —contesta Oshida, mientras se lía un cigarro.
—¿¡Vas a fumar aquí!?
—Por supuesto que no, saldré aquí fuera. Todavía puedo oler la sangre y me está revolviendo el estómago.
Sí que revuelve el estómago, sí. Es un ambiente triste y simbólico, sin ninguna duda.
Está claro que quien hizo esto tenía motivos oscuros en su corazón y llevaba tiempo planeándolo.
Un asesinato de este calibre debe de ser propio de alguien que, o bien odiaba a la víctima, o bien quería deshacerse de ella a toda costa.
Pero... matarlo aquí, en su propio templo, con algo tan sagrado... Qué retorcido.
Mi mirada se desvía hacia la puerta principal, por donde hemos entrado. Ahí está, la ranura de la que hablé esta mañana con Mina y Takumi.
Me acerco despacio.
—¿Adónde vas? —me pregunta Fukuda, mientras se coloca el lápiz detrás de la oreja.
—La puerta estaba cerrada con llave cuando encontraron el cuerpo, ¿verdad?
—Sí, cerrada desde dentro. La policía tuvo que forzarla para entrar. Yuko estaba allí, durmiendo en uno de los cuartos adyacentes, pero asegura no haber escuchado nada.
Mi expresión se entristece.
—Conveniente... —añade, cruzándose de brazos.
—Deja de decir eso. —Me giro, empujo la puerta y salgo, respirando aire puro.
Fukuda me sigue.
—Vamos, Dahlia... No te enfades. Es solo que todo parece tan obvio.
—No hay cosas obvias, Fukuda, hay cosas demostrables.
Vuelvo a inclinar mi cuerpo hacia la ranura y toco su borde, rozando el frío del metal rojo.
—No sé... Puede que la puerta estuviera cerrada, sí. Pero no deberíamos subestimar esta abertura.
El inspector me observa, parece curioso.
—¿Crees que el asesino pudo servirse de ella?
—No para entrar, al menos no físicamente —digo, pensativa—. Pero ¿y si la usó para cerrarla desde dentro?
Fukuda suelta una carcajada, seguida de la de Oshida.
—¿Qué sigue? ¿Un truco de magia? ¿Cuerdas invisibles, ganchos, imanes?
—Búrlate todo lo que quieras, inspector —contesto, conteniendo mi enfado—. Pero si ella era la única que tenía las llaves y estaba durmiendo, algo tuvo que pasar, y es tu trabajo averiguarlo.
El inspector cambia su expresión y la neutraliza.
—Señorita Hawthorne, he aprendido a no descartar nada, sobre todo en los casos que parecen imposibles. La ranura podría ser irrelevante... o la clave. Quién sabe. Tendré que descubrirlo, ya que es mi trabajo averiguarlo.
Vuelvo la vista desde la puerta hacia las marcas blancas en el tatami. Todo me parece un tablero de ajedrez y, cada minuto aquí dentro, creo más en que alguien quería cargar la culpa sobre Yuko.
Puta ranura de los cojones, juro que, como seas irrelevante, me enfadaré.
◆◆◆
Las horas pasaron mientras acabábamos de documentar la escena y cerrar los últimos trámites. La dificultad de la investigación me estaba consumiendo.
—Estoy agotada... —digo. La cabeza me da vueltas—. Siento que hablar con Yuko mañana será la única manera de tener un poco más de información, aquí solo he conseguido la peor migraña de mi vida.
—Prueba a trabajar más de treinta años en la policía, querida, seguro que sales un poco menos ilesa —inquiere el inspector Oshida.