El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 3. #4
9%

Capítulo 3. #4

El detective Fukuda está esperando abajo pacientemente, aunque su presencia me recuerda a cada rato que, precisamente, no me estoy yendo de vacaciones. Pienso en cambiarme, pero voy mal de tiempo, así que cojo el ascensor y bajo rápidamente hasta la entrada del edificio.

—De acuerdo, estoy lista —digo, reuniéndome con Fukuda en el coche.

—Bien, les acercaré a la estación, Kioto les espera —responde uno de los policías, encendiendo el motor.

19 de junio, Estación de tren de Tokio

La estación está abarrotada de gente que va y viene con prisa. Los altavoces retumban en el techo, anunciando la salida de nuestro tren.

“Próxima salida, tren con destino a Kioto, vía tres. Embarquen, por favor”.

—Ese es el nuestro —murmura Fukuda, señalando las escaleras mecánicas de nuestra derecha.

La estación es preciosa. Me quedo observando los pequeños detalles durante un buen rato, mientras camino sin saber adónde voy.

Aceleramos el paso hasta llegar al andén. El tren aguarda inmóvil, con las puertas abiertas.

Subimos a nuestro vagón y, para nuestra sorpresa, está casi vacío.

—Anda —suelto.

—No suele ser así, no te acostumbres.

Ruedo los ojos y camino hacia mi asiento.

Parece que lo han reservado solo para nosotros. Avanzamos por el pasillo hasta encontrar un par de asientos enfrentados, junto a la ventana.

—Parece que hemos tenido suerte —dice Fukuda, dejando su chaqueta en el respaldo antes de sentarse.

—O no tanta —digo, esbozando una pequeña sonrisa—. Ahora no me quedará más remedio que aguantar tus charlas durante todo el trayecto.

—¡Oye! —protesta—. Mis charlas son pura cultura general, querida. No tienes ni idea.

No puedo evitar reír mientras guardo la maleta en el compartimento superior y me dejo caer en el asiento. El tren arranca suavemente, y con él, Tokio empieza a quedar atrás.

El viaje ha sido largo. Durante las primeras dos horas, apenas hablamos del caso.

Estaba agotada y, sin darme cuenta, me quedé dormida apoyada contra el cristal, mientras Fukuda revoloteaba los mismos papeles una y otra vez sobre la mesita que nos separa.

Cuando me despierto, una azafata pasa por mi lado para ofrecernos café caliente en vasos de cartón.

—Gracias —le digo, recibiendo el mío.

Fukuda suspira, apartando por fin sus notas.

—He trabajado como detective en Tokio durante quince años —comenta de pronto, como si llevara un rato queriendo decirlo—. Y aún me sorprende lo mucho que disfruto con esto... No me imagino haciendo otra cosa.

Lo miro con curiosidad, removiendo el café con la lengüeta de cartón.

—Muy bien, Holmes, esa es la actitud. Debe de ser agotador, pero lo entiendo. Para algunas personas, la justicia no es solo un trabajo, es casi... innato.

Él asiente lentamente.

—Exacto, como respirar.

En ese momento, siento que compartimos algo más profundo que un simple crimen en una habitación cerrada. Ahí fue donde tuve la primera corazonada y supe que nos llevaríamos bien, pasara lo que pasara.

—¿Y bien? ¿Qué has descubierto en mi viaje por el mundo de los sueños? —pregunto.

—No sé mucho más que tú, jovencita. Esta es la primera vez que voy a visitar la escena del crimen. El incidente ocurrió en la madrugada de ayer y lo reportaron tan rápido como pudieron. Mientras volabas a Tokio... alguien estaba siendo asesinado.

Esa frase se me clava en el estómago como un trozo de hielo. Me quedo en silencio, observando cómo los primeros rayos de luz de la tarde se deslizan tras el cristal.

Pero la calma no dura mucho.

Al bajar de ese tren, lo intuyo.

Lo siento en cada uno de mis huesos.

La verdadera investigación empezaría en cuanto pusiera un pie en Kioto.

Entendería por qué Hiroshi Takumi no quería llevar este caso. Por qué no quería luchar por la supuesta inocencia de Yuko.

Era por él.

Siempre es por él.

19 de junio, Estación de tren de Kioto

El tren reduce la velocidad hasta detenerse por completo.

El altavoz anuncia la llegada a la estación de Kioto y, de pronto, todos los pasajeros de los distintos vagones que subieron en las últimas paradas bajan. Fukuda y yo recogemos nuestras maletas, conscientes de que ya hemos llegado.

Al bajar al andén, el aire es diferente: un poco más húmedo, más frío. Huele a tierra mojada y a piedra antigua, como si una tormenta de verano lo hubiera teñido todo horas antes de que llegáramos.

Apenas tenemos tiempo de orientarnos cuando un coche oficial de la Policía Metropolitana de Kioto se para ante nosotros, frente a la salida principal. Dos agentes uniformados nos piden nuestras acreditaciones y nos invitan a subir al vehículo.

El trayecto es breve y nos conduce directamente a unas grandes escaleras de piedra que llevan al Templo Katsura.

—¡Fukuda! —exclama un policía cuando bajamos del coche.

—¡Inspector Oshida! —responde el detective con entusiasmo, estrechándole la mano con fuerza—. Cuánto tiempo.

—Demasiado —afirma, apretándole el hombro—. Me cuesta creer que ya no seas aquel novato que patrullaba conmigo las calles de Shinjuku.

—Los años no pasan en balde —ríe Fukuda, antes de girarse hacia mí—. Señorita Hawthorne, te presento al inspector Daichi Oshida, de la Policía Metropolitana de Kioto. Es el inspector a cargo del caso.

Le hago una ligera reverencia, siguiendo el protocolo que ya me está empezando a resultar familiar.

—Un placer, inspector Oshida —le tiendo la mano—. Soy Dahlia Hawthorne, la abogada defensora de Yuko Nakamura.

—El placer es mío, Hawthorne-san —responde con amabilidad, apretándomela—. Fukuda me ha hablado de ti por teléfono hace un rato. Bienvenida a Kioto, aunque lamento que sea bajo estas circunstancias.

Asiento, intentando mantener el porte profesional, aunque mi estómago se está encogiendo poco a poco.

—Gracias, inspector. Espero ser de ayuda en todo lo que pueda.

Oshida intercambia una mirada rápida con Fukuda y ambos comienzan a caminar escaleras arriba. Los sigo, intentando no vomitar en el intento.

Sí, definitivamente no voy a llegar viva hasta ahí arriba.

—El Templo Katsura está justo al final de este camino, solo son unas escaleras más —explica el inspector, mientras avanzamos—.

Es un lugar antiguo, y hace tiempo lo visitaban muchos turistas, pero cuando la víctima empezó a enfermar recurrentemente por culpa de su avanzada edad...

decidió cerrarlo al público y solo recibir a personal autorizado previamente por él.

—Entiendo... —Me cuesta fingir que no me estoy ahogando. Las piernas me tiemblan demasiado—. Su nombre es Takashi Yamanaka, ¿verdad? —exhalo, con los pulmones en las últimas.

—Exactamente. Yamanaka era un monje de noventa y siete años.

Se decía por el barrio que este último año había enfermado gravemente, pero no quería compartirlo.

Para él, la visión de la vida era la inmortalidad y lo eterno, y su cuerpo le permitía hacer lo que podía.

Aun así, hace un año decidió contratar a la acusada para que le ayudara con las tareas de la casa: las más físicas y las que requirieran más esfuerzo y atención, así que se mudó junto a él —explica el inspector.

—Ya veo... ¿Y todo esto pasó justo cuando empezó su enfermedad?

—Según los reportes, así es —responde Fukuda.

—¿Se sabe cuál era, inspector Oshida?

—No del todo, lo mantenía en secreto. Pero los forenses y los médicos están trabajando para facilitarnos esa información, que todavía desconozco. Lo que sí puedo confirmarte, si es lo que te inquieta, es que la enfermedad de Yamanaka no tuvo nada que ver con su muerte.

—Entiendo... —suspiro.

Durante unos minutos, permanecemos en silencio y no solo mis piernas empiezan a notar el peso del cansancio.

Quizás ha sido mala idea subir doscientas escaleras con unos zapatos de tacón considerables.

Preciosos, mamá. Los recordaré con cariño.

Los árboles empiezan a abrirse y, al fondo, bajo la luz del sol de media tarde y altos farolillos colocados en postes grises, aparece la silueta del templo. Una sombra enorme que advierte la muerte y la esperanza por descubrir una verdad teñida de un rojo vino.

Trago saliva. Estamos aquí. Ya no hay vuelta atrás.

19 de junio, Templo Katsura, Kioto

—¡Por fin! —exclama Fukuda—. El Templo Katsura, la escena del crimen.

Nos detenemos frente a un camino de faroles de piedra y altos cedros que parecen custodiar la entrada. A lo lejos, puedo ver un par de vehículos policiales con las luces encendidas y las sirenas apagadas. La piel se me eriza.

Varios agentes están junto al cordón policial que deniega la entrada al templo a gente no autorizada. La simple llegada del inspector Oshida hace que los policías desplieguen el cordón y nos dejen pasar sin problema.

—Señorita Hawthorne, ¿tu mentor te ha explicado lo básico del caso?

—Oshida me mira de reojo mientras coloca las manos en los bolsillos—.

Retomando la conversación de las escaleras sobre la víctima, fue hallado apuñalado en el suelo de la sala principal con una daga ceremonial, propiedad del propio templo.

Me vienen a la cabeza las imágenes que he formado en mi mente la primera vez que leí el informe esta mañana.

—Y Yuko está acusada porque, aparentemente, discutió con él la noche anterior, ¿cierto?

—Es uno de los motivos —responde Oshida—, pero también porque sus huellas son las únicas halladas en el arma homicida. Y ya sabes cómo funcionan las cosas... En apariencia, todo encaja demasiado bien.

—Es cierto, Dahlia... Todo nos lleva a la acusada —añade Fukuda, cabizbajo.

—Parece demasiado fácil —advierto.

—Sí, lo sabemos —asiente Oshida, bajando la voz mientras nos acercamos a la puerta principal—. Lo que me inquieta es la puesta en escena: velas encendidas, símbolos extraños en el suelo... Estoy seguro de que no fue un simple arrebato, sino un crimen planeado y organizado.

Me detengo un instante y observo la enorme silueta del Templo Katsura, que se alza ante nosotros. Una leve brisa mueve mi vestido y fija mis mechones en mis labios, que se manchan sin querer de gloss. Lo retiro y doy un paso al frente. Quiero entrar ya, no puedo esperar más.

Abro la puerta de un impulso y entramos en el templo.