El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 3. #2
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Capítulo 3. #2

—Sí, Dahlia, si tenían que ir al baño, tenían una zona habilitada para ellos.

Ese templo es enorme y está equipado con todas las necesidades básicas y no tan básicas.

Hay un botón en cada habitación que está conectado a la habitación de Yuko.

Si lo pulsan, Yuko sabe que algo ha pasado y acude corriendo hacia allí sin preguntar.

Demuestra gran devoción por su maestro y sus visitas.

Mierda.

—Estoy jodida.

Mina ríe.

—Ese vocabulario, jovencita…

Me siento en la silla y empiezo a frotarme la cara. «Piensa, Dahlia, piensa», me digo a mí misma. Pero estoy perdida y todo parece ir en contra de mi cliente.

—¿Hay información sobre quién descubrió el cuerpo? —pregunto, exalta-da.

—No demasiada —Takumi niega con la cabeza—.

La única persona que es-taba cerca del templo cuando se descubrió el cuerpo fue un vecino.

También era monje y vivía a unos 200 metros.

Observó algo extraño por la pequeña ranura de la puerta: un cuerpo tumbado en el suelo, lleno de sangre.

Asustado, sin saber qué hacer, empezó a gritar y llamó a la policía, preocupado.

Las cámaras de seguridad del templo estaban convenientemente fuera de servicio por mantenimiento esa noche, cómo no.

—¿Qué hay de esa ranura?

—Es una ranura específica para la entrega de cartas a la víctima.

Su tamaño es el ideal para un sobre estándar.

A veces, los turistas o budistas que pasaban por allí escribían ofrendas o palabras de agradecimiento por su labor en el templo y las dejaban caer.

Según los informes de la policía de Kioto, Yuko se encargaba de recogerlas cada mañana —nos explica Mina.

—Entonces es una ranura bastante grande, si el monje logró identificar el cuerpo sin vida de la víctima en el suelo —digo.

—Tienes razón —añade Takumi—, pero lo que realmente importa es que él fue quien descubrió el cuerpo, ya que, aparentemente, todos dormían y nadie oyó nada en toda la noche.

«¿Cómo es posible? ¿Un asesinato en una habitación cerrada?

Esto parece una novela de Conan Doyle. ¿De verdad nadie escuchó nada?

¿Ni a la víctima gritar? Es imposible. Una daga de esa magnitud que atraviesa el pecho de un ser humano tiene que provocar un grito desgarrador.

Entonces, ¿por qué nadie escuchó nada? No tiene sentido.

Debe haber un motivo… a no ser que… quizás… ».

—¿Qué hay de la coartada de la señorita Nakamura? ¿Puede probar dónde estaba antes de que se descubriera el cuerpo?

La pregunta de Mina interrumpe de golpe mis pensamientos, que, de la nada, empiezan a nublarse.

—Ese es otro problema. Su coartada es débil.

Ella afirma que estaba durmiendo en su habitación, pero nadie puede confirmarlo.

La presencia de los otros dos testigos fue confirmada porque, cuando la policía llegó, Yuko fue acompañada por dos agentes hasta el ala donde dormían y ella misma abrió la puerta con su manojo de llaves.

Vieron bajar a los dos por las escaleras, sin saber qué había pasado.

¿He mencionado en algún punto de esta conversación que estoy jodida?

—Lo que está claro es que vamos a defender a una mujer que no sabemos si es realmente inocente o no.

No puedo sacar ninguna conclusión hasta que la conozca y me cuente su versión de los hechos.

Lo único que me importa es la verdad. Y si es culpable, prometo que pagará por ello.

Pero si no lo es, no pienso dejar que pague la condena de otro.

Eso lo tengo muy claro —digo, expresando mis preocupaciones—.

Tendré que familiarizarme con la ley japonesa rapidito, por lo visto…

Respiro profundamente.

—Pongámoslo todo sobre la mesa. Tenemos a la víctima, un monje y propietario de uno de los templos más importantes de la región de Kioto: el templo Katsura.

La madrugada del diecisiete de junio es encontrado asesinado y apuñalado en la sala principal con una daga ceremonial.

La acusada es su asistente, Yuko, que vivía con él y le servía como devota desde hacía aproximadamente un año.

Al parecer, discutieron la noche anterior, y es la única que no puede demostrar que estaba en su habitación cuando la víctima murió, por eso la policía se la ha llevado a la comisaría detenida.

—Exacto —corrobora Takumi—. En resumen, nos enfrentamos a un asesinato en una habitación cerrada y, al parecer, las huellas dactilares de Yuko están en el arma homicida.

—¿Las huellas de Yuko están en el arma? ¿Dónde lo dice?

Alterada, empiezo a remover los papeles que están encima de la mesa, poniéndolo todo patas arriba.

—Dahlia, cálmate —me ordena Takumi.

—Está justo en el informe de detalles del arma del crimen, señorita Hawthorne… —Mina me alcanza una funda de plástico con un par de hojas sujetas a un clip.

—No puede ser…

Es cierto, las huellas de la devota estaban en el arma del crimen, y eran las únicas.

Si eso significa que ella lo hizo, entonces no estoy ante un caso tan complicado.

Cuando un culpable está claro, no hay mucho más que hacer.

El juicio sería rápido, expondríamos las pruebas y la condenarían a Dios sabe cuántos años de prisión.

Sería lo más fácil para mí, pero… ¿por qué siento este dolor en el pecho?

—Dahlia, Mina se encargará de darte toda la información relativa al caso.

Los documentos estarán aquí, en la oficina.

Antes de ir a la comisaría, te recomiendo que te lleves una copia de lo que consideres necesario —interviene Takumi.

Su voz está sorprendentemente calmada y contrasta con el completo caos que se agita en mi interior.

—Señorita Hawthorne —Mina se acerca y me entrega una carpeta negra, a juego con mi americana—.

Te daré la dirección del centro de detención donde Yuko está retenida, al igual que la del templo donde ocurrió el incidente.

Es probable que allí te encuentres con el detective Fukuda; él podrá darte más información.

Avísanos si decides ir hoy para que gestionemos tus billetes, ya que Kioto está a unas tres horas en tren.

Siento que tengas que movilizarte para ello…

—Mina suspira y me mira fijamente a los ojos—.

Nosotros nos quedaremos aquí para procesar tu defensa en el juicio, que está programado de aquí a dos días.

Me toma las manos y hace un gesto de agradecimiento.

En ese momento, me quedo sin palabras. Llevábamos un rato, los tres, investigando este crimen atroz y sentía que no habíamos avanzado nada.

Aun así, no quiero torturarme, pues sé que la verdadera investigación no empezará hasta que ponga un pie en la calle.

Cojo mis cosas y me despido de los dos, pero la voz de Takumi me detiene.

—Dahlia.

—¿Sí? —respondo, dándome la vuelta.

La habitación se sume en el silencio y la expresión de mi jefe parece preocupada. Sus ojos miel se cristalizan como el agua del mar y evitan un poco mi mirada. Vuelve a servirse otro trago. Tengo el presentimiento de que no va a ser el último del día.

Camina hacia la ventana y me da la espalda.

—Ten cuidado… con él.

—¿Cómo? —respondo.

—Él es… bueno. Lo conocerás pronto, confío en ti. Que tengas un buen día —sus ojos no se apartan del gran ventanal. Ya no los veo, pero siento que puedo dibujar su mirada encima de un lienzo con exactitud, aunque no los tenga frente a mí.

Un escalofrío me eriza la piel al salir de la oficina. El misterio de sus palabras se adueña de mi mente mientras camino hacia el ascensor.

En aquel momento lo pienso. Solo por un segundo, pero lo pienso.

¿Se estaría refiriendo a él, al hombre del ascensor?

Pero lo evito, sacándolo de mi cabeza. Realmente no me importa.

Lo importante es que alguien había cometido un asesinato.

Y yo iba a encontrarlo.

◆◆◆

Nunca imaginé que mi segundo día en Japón terminaría en una comisaría, interrogando a una sospechosa por asesinato.

La angustia me revuelve el estómago, no voy a mentir.

Pero si Yuko me da razones para confiar en ella, lo haré.

Un abogado confía en su cliente hasta el final, sin importar las dificultades.

Después de salir de la oficina, vuelvo a casa para ducharme y cambiarme de ropa. Quiero ignorar mi ansiedad, pero no puedo. El cuerpo me tiembla y me aterra este reto… A mí, que siempre lo he tenido todo tan fácil.

Que nunca he tenido miedo.

Que me da igual que algo sea difícil.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, el miedo se adueña de mi cuerpo. Ni siquiera cuando tomé la decisión de dejar Seattle sentí esta angustia. Creía que volar lejos y abandonar todo el dolor me haría más fuerte, pero parece que estaba equivocada. Quizás nunca tuve elección.

No tardo más de quince minutos en arreglarme.

Me pongo cómoda y me ato el pelo en una coleta alta, dejando sueltos dos mechones cerca de mis pómulos.

Hace calor, ya es mediodía, así que me quito la americana y la guardo en el armario.

Elijo un vestido largo amarillo junto con unas sandalias blancas que mi madre me compró una semana antes de mudarme.

Me miro al espejo y respiro. Pase lo que pase, no voy a dejar que nada ni nadie me pisotee.

Y, por supuesto, no voy a dejar que nada me haga creer que no soy una buena abogada y que no puedo resolver este crimen.

Subo al taxi que me espera enfrente del apartamento y veinte minutos después, llego a la Comisaría General de Tokio.

Tres veces más grande que la de Seattle.

Tengo la sensación de que aquí va a ser todo siempre tres veces más grande que en Seattle.

19 de junio, Comisaría Metropolitana de Tokio

Me siento preparada para hablar con el detective a cargo del caso. Estoy segura de que tiene mucho que contarme.

La comisaría está medio vacía, y un vigilante de seguridad alto y corpulento, que parece extranjero, vigila la puerta principal. Me recorre de arriba abajo con la mirada antes de esbozar una sonrisa.

Un escalofrío me atraviesa. Qué asco.