Capítulo 3.
(緋色の月の下で— Bajo la luna carmesí)
El despacho se siente más frío que antes. La ansiedad me oprime el pecho, o quizás es estrés… No lo sé, pero por un instante apenas puedo respirar.
Mis ojos, desorbitados por el pánico provocado por la noticia, se mueven de Mina a Takumi. Esto es una locura. Una abogada sin experiencia en juicios por homicidio no puede llevar ante el juez uno de este calibre.
La cara de Takumi cambia y, por un momento, siento que lo conozco de toda la vida. Le sostengo la mirada y veo en sus ojos una comprensión silenciosa; una preocupación que me asegura que entiende mi situación.
No tengo otra elección.
Es como tener una navaja en el cuello, sabiendo que el más mínimo movimiento puede desangrarme. Incluso peor cuando no tengo ni idea de cómo escapar, porque no conozco estas cuatro paredes que ahora mismo me encierran.
—No quiero que hagas esto porque te sientas obligada.
A lo mejor hemos sido demasiado duros. Si algo me caracteriza, es que no soy esa clase de persona.
Quiero que nos disculpes a Mina y a mí, por si todo este tema lo has llegado a percibir como personal y te hemos generado miedo.
El culpable soy yo, y al que seguramente esperan en el juzgado es a mí.
—Pero tú también tienes miedo, Hiroshi Takumi —contesto, tajante, mirándole a los ojos.
Las miradas de ambos se posan en mí, sin saber qué decir.
—Tú también tienes miedo de que, si decides ir al frente, no salga bien.
Es normal, sé que no estás bien y probablemente lo que necesites sea descansar.
Ahora mismo estás aquí por mí y te lo agradezco.
He cruzado todo el charco para serte útil y aprender.
Si empiezo así, jamás podré ser mejor que ayer.
No puedo estar siempre dentro de mi zona de confort: juicios rápidos, divorcios, hurtos…
—Pero ¿no te sientes abrumada? Me disculpo si es así, señorita Dahlia.
Hiroshi y yo ahora mismo no estamos en nuestro mejor momento, ni personal ni profesional.
Yo también estoy pasando por problemas de fertilidad y llevo meses yendo de la clínica al bufete y del bufete a la clínica.
En parte, también me siento responsable por ello.
Me gustaría quitarle a Hiroshi mucho más trabajo del que puedo, pero a veces no llego…
—Mina agarra sus manos y baja la cabeza, en un gesto de disculpa.
—Yo sin ti no soy nadie en este bufete, no tienes que disculparte por nada.
La emotiva interacción entre ellos me conmueve.
En ese instante, entiendo que no puedo anteponer mis necesidades a las de mis compañeros.
Ellos me necesitan, y yo no puedo fallarles.
Soy una mujer joven, profesional y con mucho talento, y si hay alguien ahí fuera que me necesita, lo defenderé, aunque me cueste la vida.
Ambos ríen, mientras yo permanezco absorta en mis pensamientos.
—Perdónanos, Dahlia, está siendo una mañana demasiado dramática, ¿no crees?
Tan dramática que hace media hora que me he terminado el vaso de Vermouth. Y no te negaría un segundo.
—No os preocupéis —digo—. Tomemos unos segundos para meditar y volvamos a la mesa.
Si analizamos el caso juntos, podemos dividirnos las tareas.
Yo me encargaré de los desplazamientos a la escena del crimen, a la comisaría, a los juzgados…
de cualquier cosa que implique un esfuerzo físico y mental.
Si vosotros os quedáis aquí, puedo avisaros de cómo avanza la investigación para que me ayudéis con la documentación, la recolección de pruebas y todo lo que necesitemos para el primer juicio, ¿no creéis?
—Me siento y cruzo las piernas—. Mina, necesito que seas ágil con los trámites administrativos.
Sé que nuestro jefe querrá escabullirse para ir a donde no le toca, así que no se lo permitas.
Repito: trabajaremos juntos, pero cada uno desde donde le corresponda. ¿Entendido?
—Entendido, abogada Hawthorne —dicen al unísono.
—Dahlia a secas, por favor, que me sonrojo.
Después de la extenuante conversación de la mañana, pedimos algo para comer.
Nos suben la comida al despacho y, tras una pausa de media hora, nos ponemos a analizar lo más importante: qué ha pasado, dónde, quién es la víctima y quién es el acusado.
—Este es el expediente del caso… y también tenemos la ficha de la víctima y del acusado —expone Mina mientras revolotea las hojas.
—¿Qué sabemos de la escena del crimen? —pregunto.
Me recojo el pelo en una coleta alta, sujetándolo con una pinza marrón en forma de lazo. La falta de sueño me pesa en los ojos, pero, por suerte, la Dahlia de ayer había metido las gafas de pasta graduadas en el bolso. Jaque mate.
Me quito la americana y me quedo en camisa blanca y falda negra, a conjunto con mis tacones.
—¿Puedes leer el informe de la escena del crimen, Mina-san? —pregunta Hiroshi.
—Sí, ahora mismo voy. Estad atentos.
“La escena del crimen se sitúa en el Templo Katsura, un antiguo templo budista ubicado en un sereno bosque a las afueras de Kioto. Con su arquitectura tradicional, jardines tranquilos y estatuas centenarias, es un lugar sagrado y pacífico. Sin embargo, el arma homicida es una antigua daga ceremonial con una hoja afilada y una empuñadura ornamentada. La daga es propiedad del templo y se guardaba en la sala de reliquias”.
—¿Muerte por apuñalamiento? —pregunto.
—No podemos estar seguros del todo, deberíamos consultar la autopsia —responde Takumi.
—Está bien, tienes razón.
Mi primer contacto con el caso. Las palabras de Mina son concisas.
Mi mente empieza a visualizar las imágenes: un templo sereno manchado de sangre por un crimen a sangre fría.
Puedo ver los jardines, cuyas flores inocentes se tiñen de rojo con la sangre de la persona que las regaba.
El contraste de un asesinato en un lugar tan sagrado me eriza la piel.
—¿Os resulta familiar el arma del crimen? —pregunto.
—La verdad es que no. No es una pistola o un cuchillo de cocina, es una daga ceremonial. Una elección de arma intencional, a mi parecer —responde Takumi.
—¿Qué tipo de persona cometería un crimen con esa arma? ¿Y en ese lugar?
—Hay más datos sobre la víctima que creo que nos darán un poco más de información… —añade Mina mientras sigue revisando los documentos.
De repente, una inquietud me asalta y trago saliva. La historia no tiene nada que ver conmigo, pero siento una conexión instantánea con ella. El miedo se desvanece por completo y, en su lugar, algo distinto se apodera de mí.
“El cuerpo del monje principal del Templo Katsura, Takashi Yamanaka, de 97 años, fue encontrado en el altar del templo, apuñalado en el corazón con la daga ceremonial. La escena del crimen sugiere un ritual macabro, ya que había velas encendidas y misteriosos símbolos dibujados en el suelo. La puerta del templo estaba cerrada por dentro y únicamente encontraron huellas dactilares en el arma del crimen. Ninguna más en ningún otro lugar”.
Un escalofrío me recorre la espalda. Los detalles son horribles.
—Vaya novela de terror —intervengo.
—Y porque no estuviste en el Japón de 1970.
—Creo que tampoco me perdí nada…
Mina continúa y su voz empieza a sonar tan fría que siento como si una espina se estuviera clavando directamente en mi piel.
“La policía metropolitana de Kioto acusó a Yuko Nakamura, una joven devota que había vivido en el templo durante un año. Se supo que Yuko había discutido con Takashi Yamanaka, la víctima, poco antes de su muerte y que había expresado su desacuerdo con algunas de las prácticas tradicionales del templo”.
—No me digas. ¿La policía, en lugar de investigar y encontrar indicios que señalen la culpabilidad de esa pobre mujer, la han acusado sin más? No me habías dicho que en Japón os parecíais tanto a Estados Unidos, Takumi… —Le choco el brazo con mi codo, sarcástica.
Mi jefe rueda los ojos, ignorándome.
—¿Y la policía cree que es un caso cerrado solo por la discusión? —pregunta Mina, que respira profundamente, tratando de asimilar la información.
—Sí, pero hay dos testigos más. La primera es Erika Suzuki, asistente y secretaria de Takashi.
Se dice que tenía un vínculo bastante cercano con la víctima y visitaba el templo con frecuencia desde hacía varios años.
Él la contrató porque necesitaba a alguien con conocimientos generales sobre leyes, vivienda y edificación.
El último es Masaru Tanaka, un arqueólogo y visitante frecuente del templo, interesado en sus antigüedades.
—¿Estaban allí en el momento del crimen? ¿Por qué se consideran testigos? —pregunto.
—Sí, estaban durmiendo en el ala de invitados del templo. Ambos pasaban unos días allí antes de irse de vacaciones, como solían hacer en los meses más calurosos del verano —explica Takumi.
—Entonces, ¿me estás diciendo que había dos personas más, al mismo tiempo que Yuko, que podrían haber matado perfectamente a la víctima y que tienen la simple coartada de “estar durmiendo”, pero deciden acusarla a ella sin motivo aparente, por una mísera discusión?
Empiezo a estar frustrada y mi cuerpo habla por mí. Camino de un lado a otro y mi respiración empieza a agitarse.
—Dahlia Hawthorne, cálmate, te lo pido como tu nuevo jefe. ¿De verdad crees que no he valorado eso ya? Es completamente lícito y entiendo tu punto, pero no es del todo así.
—Ah, ¿no? ¿Por qué?
—Porque resulta que era imposible salir del ala donde ambos dormían.
Yuko, el ama de llaves, tenía la única llave.
Al menos eso es lo que la policía ha podido probar hasta ahora.
Ni siquiera la víctima tenía las llaves de su propio templo.
Se consideraba una persona mayor y confiaba más en su devota.
Yuko cerró la puerta principal del ala de dormitorios donde se encontraban los testigos y no se volvió a abrir hasta la mañana siguiente.
—Ya, pero, ¿y si…?