Capítulo 2. #4
—Exactamente. Gran deducción, propia de una buena abogada. Es por mí… y por mi enfermedad. Mi cerebro se va degenerando poco a poco, y eso implica que ya no soy el mismo de antes.
El rostro de Mina se apaga y su expresión cambia por completo, aunque intenta mantener la compostura.
—¿Qué esperas de mí? —pregunto, sin rodeos.
—No espero nada, Hawthorne. La única que debe esperar algo de ti eres tú misma.
Tú sabes por qué estás aquí. Yo ya lo he hecho todo en esta vida.
He resuelto innumerables casos, he encerrado a criminales que no merecían volver a pisar las calles de este país, y he ganado y gastado mucho dinero.
Me casé, tuve hijos, me divorcié, me volví a casar y me volví a divorciar.
La vida es así. Y yo, después de todo, soy un hombre.
Y los hombres envejecemos y enfermamos. Por mucho que quiera que no sea así, ya no soy el que era. En parte, no es culpa de nadie.
—No lo es —respondo, inmóvil.
—Y me quede el tiempo que me quede, no me quiero ir sin ser el mentor de alguien que sé que brillará.
Y ese alguien, señorita Dahlia Hawthorne, eres tú.
La vida te ha traído a Japón por decisión propia, y Mina y yo estamos felices de que así sea.
Sé que, si te quedas, este país recordará tu nombre, pero también si te marchas.
Hace tiempo que no tenemos un caso de este calibre, pero eso ha cambiado esta misma mañana, justo en tu primer día. La vida es tan caprichosa… ¿no crees?
Intento asimilar la información que me ha dado Takumi.
Para ser honesta, jamás imaginé que alguien hubiera estado observando mi carrera durante los dos últimos años; unos años de los que no me siento especialmente orgullosa.
Seattle se había convertido en una jaula, las oportunidades se extinguieron y no podían trasladarme del bufete, ya que mi contrato no se rescindía hasta dentro de un año.
Joseph habló con quien tenía que hablar y, sin saber cómo ni por qué, me ofreció esta oportunidad.
Y sí, es cierto.
Joseph y yo fuimos más que mentor y alumna.
Cuando entré al bufete con apenas veintiún años, él tenía treinta y uno. Era apuesto, inteligente, alto y, sobre todo, abogado. Mi yo de entonces no pedía nada más.
Era muy joven y me enamoré de él como quien se enamora perdidamente de su compañero de clase a los quince años.
Mi amor fue real, pero fue tan real que, como todo lo tangible, se rompió.
No fue culpa de ninguno, y tampoco fue culpa suya. No me rompió el corazón. Simplemente, jamás debí enamorarme de él.
Porque él jamás lo estuvo de mí.
Sus palabras se clavaron en mí como una daga oxidada. Aquel día habíamos trabajado más de catorce horas y me invitó a su casa. Cenamos y bebimos. Follamos y volvimos a follar. Nunca habría imaginado que lo que vendría después marcaría el inicio de lo que soy ahora mismo.
“No te quiero. No sé si te he querido en algún momento, pero ahora mismo no te quiero. Y como tú sí, quiero que te alejes, porque no te quiero hacer daño”.
Esas fueron sus palabras.
En ese momento fue frío y distante, pero es que somos abogados; no podemos crear vínculos afectivos, va en contra de nuestra naturaleza.
Aunque yo sí los creé. Todos los posibles. Y habría seguido haciéndolo si no hubiera sido porque fue la primera vez que me rompieron el corazón. Tenía veinticinco años. Cuatro años largos que me cambiaron la vida.
Ha pasado ya un año y medio desde aquella noche, pero yo tenía que seguir yendo a la oficina, y él también.
Éramos un equipo, y los equipos no se pueden separar. No importaba que fuera mi mentor; lo importante es que también era abogado como yo, y de los mejores. Yo también lo era, y los dos mejores no pueden separarse, porque entonces el bufete se vendría abajo. Eso nos decían todos.
No había nadie que me entendiera.
Mi corazón se rompió y tuve que aceptar que la única persona de la que me había enamorado en toda mi vida simplemente no me quería.
¿Me habría querido en algún momento? Él mismo lo dijo: no lo sabe.
¿Le pasaría lo mismo a mi padre y por eso se marchó?
Tampoco me he martirizado con ello. Si hay algo que me he inculcado a mí misma, es que no iba a dejar que los traumas amorosos que sufrió mi madre se convirtieran en los míos.
A mí me abandonó mi padre, no mi marido, así que no, no creo que todos los hombres vayan a hacerme lo mismo que le hicieron a ella.
Pero, aunque esa noche Joseph no me abandonó como mi padre a mi madre, hubiera deseado que lo hubiera hecho con todas mis fuerzas.
Ojalá se hubiera marchado y no le hubiera visto más.
Así no habría pasado un año y medio viéndole todos los días, deseando arrancarle la ropa encima de la mesa de su despacho.
No íbamos a volver a follar, no nos íbamos a besar más en los baños del juzgado después de un juicio.
No íbamos a tener hijos, ni se iba a casar conmigo.
¿Quería yo eso?
A lo mejor no.
A lo mejor lo único que quería era una historia de amor hasta superarle y convertirme en alguien mejor que él.
Pero él hizo esto. Él me mandó a Tokio. Él habló con Takumi y me recomendó. Él gestionó mi traslado y me sacó de Seattle.
Me alejó. Eso está claro.
Estoy segura de que, si Hiroshi Takumi estuviera escuchando ahora mismo mis pensamientos mientras le miro, me diría que Joseph hizo esto por mi bien y por mi felicidad, no porque quisiera deshacerse de mí.
Me diría que quería que creciera como abogada y por eso me envió aquí. Estoy segura de ello.
Hoy en día, creo que ya no me importa.
Yo también he dejado de quererle.
Mucho más tarde que él.
Pero he dejado de hacerlo.
Y eso, para mí, fue un logro mucho más grande que cualquier veredicto de inocencia. Mucho más que cualquiera que él hubiera conseguido durante toda su carrera.
Mi primer amor y mi último.
Si Dios quiere, será así.
Y si no, haré que así sea.
—¿Cuál es el caso? —pregunto, cruzada de brazos.
—Es algo particularmente delicado… —contesta Mina mientras revisa la bandeja de entrada del correo del bufete.
Me inclino hacia delante, intentando descifrar lo que pasa por su mente.
—Homicidio.
La palabra me golpea como una bala y la sangre me late en las sienes.
—¿Qué has dicho?
Takumi vuelve a sentarse y se quita las gafas, dejándolas sobre la mesa de Mina.
—¿Te ha llegado la documentación en papel? —pregunta, dirigiéndose a ella.
—Sí, la tengo en este sobre. Todavía no lo he abierto, quería que lo hicierais vosotros.
Mina me alcanza un sobre sellado de color marrón. Miro a Takumi alzando una ceja; es mi manera de preguntarle si puedo abrirlo. Asiente.
Abro el sobre y esparzo los papeles sobre la mesa.
—Vale, tenemos que hablar… esto es un homicidio. Un juicio por asesinato —expongo, aterrorizada por dentro.
Mina y Takumi me miran. Sus expresiones no son relajadas, pero la seguridad en los ojos de mi nuevo jefe no flaquea.