El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 2. #3
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Capítulo 2. #3

Los papeles salen volando y se esparcen por el suelo.

Aquel hombre ni siquiera se inmuta ni hace el más mínimo intento por ayudar; simplemente camina hacia mí.

El mensajero, rojo de vergüenza, se apresura a recoger los documentos mientras él se detiene frente a mí.

Me examina de arriba abajo, sin pestañear, sin mostrar la más mínima emoción.

La recepcionista, que nos observaba en silencio, se acerca a él con nerviosismo y le susurra algo al oído en japonés.

—Hawthorne-san…

—¿Perdona?

Le miro con desprecio y después me agacho hacia el suelo, donde el mensajero todavía recoge folios desperdigados.

Le ayudo con los que quedan y le tiendo la mano para levantarlo.

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —pregunto.

Pero no responde. Se aferra a la carpeta y mira hacia otro lado, evitando cualquier contacto visual.

Seguro que su reacción se debe a ese gilipollas arrogante que no se ha preocupado ni un segundo por comprobar si estaba bien.

—Eres un capullo. Se podría haber hecho daño, preocúpate un poco más por los demás.

Antes de que pueda responder, entro al ascensor y aprieto el botón. Las puertas se cierran, dejándome con una última visión de su espalda: mide más de un metro noventa, sin duda.

Mientras asciendo hacia la oficina, me doy cuenta de algo: ha pronunciado mi nombre y, aun así, lo he ignorado por completo. Supongo que la recepcionista se lo habrá susurrado al oído durante todo el alboroto.

Pero ¿por qué lo haría?

Es igual, me importa una mierda quién sea. No he venido a Japón a hacer amigos y mucho menos a perder el tiempo con alguien que desprende, a kilómetros, un aire insoportable. Además, no tengo el menor interés en nada que no esté directamente relacionado con mi trabajo.

◆◆◆

Un pequeño número brilla sobre el panel de control: 47. El piso donde se encuentra el bufete Mei es muy guapa.

Su nombre es Mina Tanaka, la asistente de Hiroshi Takumi desde hace unos cinco años. Debe de tener unos seis años más que yo, no mucho más. Sus ojos felinos se posan sobre mí y me recorren de arriba abajo.

—Buenos días, señorita Hawthorne. ¿Has llegado bien? Siento no haber enviado un taxi a tu casa esta mañana para recogerte. Ha entrado un caso a primera hora y he estado tramitándolo hasta ahora, así que me ha sido imposible llamarte para preparar la bienvenida.

—Oh, por favor, no te disculpes. El apartamento está a solo quince minutos de aquí a pie, pero me he despertado con un poco de jet lag y tenía miedo de perderme si venía caminando, así que he pedido un taxi para llegar a tiempo y asegurarme de que me dejara en la puerta.

Muchas gracias por vuestra preocupación, pero no necesito ningún trato especial.

Es un placer poder estar aquí; estoy a vuestro servicio para lo que necesitéis.

Ambos se miran y sonríen. Supongo que les he causado buena impresión y que no la he cagado. Estoy como un flan y el día no ha empezado precisamente… con buen pie.

—Joseph me ha hablado muy bien de ti. Dice que eres una trabajadora impecable y muy inteligente —añade él.

Un pinchazo me atraviesa el pecho al escuchar el nombre de Joseph. Mina se pone de pie y me tiende la mano.

—Estamos muy contentos de tenerte con nosotros. Seguro que siendo tres nos lo pasaremos mucho mejor.

—¿Cómo dices? —respondo, abriendo los ojos más de la cuenta. He sido demasiado expresiva.

Takumi se reclina en uno de los sofás del despacho y deja el bastón apoyado a su izquierda.

—Te ha sorprendido, ¿verdad? —pregunta con una sonrisa, entrelazando las manos sobre las piernas.

—¿En el bufete solo sois dos personas?

La respuesta de Takumi es tan honesta y sincera que me avergüenzo de haberlo juzgado como al resto de abogados.

—Mina y yo trabajamos solos desde hace cinco años.

Ella es abogada, pero su especialización es la gestión administrativa y judicial, así que me ayuda con todos los documentos y trámites.

Yo ya soy viejo y la cabeza no me funciona como antes, pero la abogacía es mi vida, así que doy todo lo que me queda, aunque tenga que apoyarme en este bastón.

Sus palabras me llenan de esperanza y tomo aire.

—La justicia y la ley son lo que mueve la mía —le aseguro.

—De eso no tengo ninguna duda. Llevo pendiente de tu carrera desde hace unos dos años. Te he visto en la corte y tienes mucho potencial, muchacha.

—¿Cómo dic…? ¿Dos años? ¿A qué te refieres? —pregunto, sorprendida.

—Exactamente dos años y tres meses, para ser exactos.

Mina sonríe y me ofrece un vaso de agua.

—Siéntate, Dahlia, hablemos —dice ella, volviendo a su silla y clavando la mirada en su jefe.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque Joseph fue mi alumno, y yo, su mentor. Él tiene diez años más que tú y tú todavía estabas estudiando, pero, aunque me veas aquí, no siempre ha sido así.

—¿A qué te refieres? —insisto.

—Durante mucho tiempo trabajé en los juzgados de Washington. Cuando Joseph se graduó, hizo las prácticas en mi bufete de entonces y fue allí donde lo conocí. Lo formé, y así se convirtió en uno de los mejores abogados de Estados Unidos.

El corazón empieza a latirme cada vez más rápido.

—Cuando empezaste a ejercer, yo ya había vuelto a Japón, pero seguía en contacto con Joseph. Siempre me hablaba de una mujer valiente, inteligente y con un sentido de la justicia innegable. Me hablaba mucho de ti.

No respondo; mi lenguaje corporal habla por mí. Hiroshi ya lo sabía todo.

—Joseph pasó de ser un alumno a un compañero de profesión, y después se convirtió en un amigo de verdad.

Su juventud y su experiencia son cualidades que hacen falta en este mundo, y sabía que estabas en buenas manos.

Hace ocho meses me contó que estabas sufriendo y acudió a mí en busca de ayuda.

Me pidió que trabajaras conmigo y que te formaras aquí, en el país que tanto me ha dado y que sé que también te dará mucho a ti.

Intento no mostrar ningún tipo de vulnerabilidad o reacción ante sus palabras. Quiero mantenerme fría y profesional. Así debe ser. Así me estoy obligando a ser, por mi bien y por el de todos.

Takumi se levanta y se sirve una copa en una pequeña barra al fondo de la habitación. Ginebra.

—Tú no me conoces, pero yo sé que eres una profesional de los pies a la cabeza. Si algún día vuelves a Seattle, lo harás siendo la mejor abogada que jamás haya pisado Washington. Superando incluso a Joseph.

Mi corazón se encoge y mi mente intenta procesar el discurso de Takumi. La idea de que haya estado dos años siguiendo mi carrera no me perturba; al contrario, me parece casi lógico, incluso humano. Al fin y al cabo, nadie traería a alguien como yo al otro lado del mundo arriesgándose a fallar.

—Tú crees que yo te he elegido a ti, Dahlia, pero es al revés —hace una pausa, se levanta y camina hacia mí—.

Cuando aceptaste la oferta de Joseph, salvaste lo que queda de este bufete.

Aunque no lo creas, no todo lo que oirás será verdad.

Mi firma ha sido siempre conocida, y es cierto que Mei & Co.

es uno de los mejores bufetes de todo Tokio, pero ya no es así.

Me levanto de la silla y me pongo de pie.

—¿Es por ti?