El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 2. #2
4%

Capítulo 2. #2

Delante de los ventanales hay una silla con dos cojines acolchados, colocada frente a una mesa redonda adornada con una planta de hojas verdes. Junto a ella, hay otra mesita, un pelín más baja y ligera.

Las ventanas están construidas sobre una pequeña estructura de madera que se puede utilizar también para sentarse, así que decido hacerme un té, con la corazonada de que Yukiko ha dejado algunos sobres en la zona de la cafetera. Quiero sentarme unos minutos a contemplar el paisaje.

Sin duda alguna, lo mejor es el silencio. Desde ahí arriba todo se ve tan pequeño que me hace sentir un gigante, aunque ahora mismo sea lo último que me considero. Ya no soy “la pequeña Dahlia” que mamá siempre se empeña en llamarme, pero tampoco soy la mujer más grande del mundo.

Siendo realistas, ahora mismo no me importa, porque me siento como si lo fuera.

Que así sea, todo el tiempo que la vida me deje serlo.

◆◆◆

Me doy una ducha y me tumbo en la cama; es enorme.

«Supongo que eso es todo por hoy. Tengo ganas de empezar a trabajar, ver la oficina y conocer la ciudad, pero... aun así, me siento un poco vacía. Lo quiera o no, la echo de menos. Es tan extraño no tener su voz cerca».

Te juro que lo haré bien, mamá. Seré mucho mejor que ese cabrón. Él no te merecía.

De repente, el teléfono vibra sobre la mesita de noche. Me dejo caer sobre la cama y respiro hondo antes de responder.

—¿Dahlia?

—Hola, mamá... —respondo. Un alivio inmediato me invade al escuchar su voz, como si la hubiera manifestado en mis pensamientos—. ¿Qué tal? He llegado bien, antes de que preguntes. El apartamento es precioso, más grande de lo que parecía en las fotos. ¡Solo para mí!

—Me alegra tanto escucharlo, hija... ¿Te sientes cómoda?

—Sí... mucho. La casera, Yukiko, es encantadora. ¿Vosotras estáis bien? —Sonrío, aunque una punzada de tristeza me asalta desde el otro lado del teléfono.

—Estamos bien, he pasado una mala noche, pero hoy ya he ido a trabajar... Mañana es tu primer día, ¿verdad?

—Me alegro, seguro que te echaban de menos. Intenta no faltar más, por favor. Y sí, estoy un poco nerviosa, pero con muchas ganas. Quiero que todo empiece ya.

—Te entiendo, cariño... debes estar muy emocionada —hace una pausa—. Solo... cuídate, ¿vale?

—Lo haré —suspiro—. Gracias por estar ahí, mamá, nos escribimos mañana.

—Sí, que descanses, Dahlia. Buenas noches… —susurra antes de colgar. La noto apagada, esforzándose demasiado por no romperse al teléfono. Es evidente que no está bien. Tardará en acostumbrarse, pero esto es lo mejor para ella.

Pongo el móvil en modo avión y me quedo mirando la ventana. La ciudad brilla y un millón de luces se reflejan sobre el colchón. Me tapo y abrazo un cojín, cerrando los ojos. La noche parece silenciosa, aunque, sin duda, es gracias a las paredes y las ventanas insonorizadas.

Se siente extraño dormir en una cama que todavía no siento mía, aunque podría acostumbrarme.

Sé que haré de esta casa un hogar, pero también sé que voy a llorar mucho.

Porque los abogados lloran, pero solo cuando todo ha terminado.

Me lo enseñó alguien una vez.

Y, con un último suspiro, cierro los ojos y duermo hasta el amanecer.

19 de junio, Apartamento de Dahlia

Los primeros rayos de sol me despiertan al colarse por la ventana.

Son más brillantes, más intensos y más vivos que los de Seattle.

Me quedo tumbada, algo desorientada, durante unos segundos.

El techo blanco y las paredes lisas me resultan extraños, así que tardo un instante en recordar dónde estoy.

Un suspiro de alivio se escapa de mis labios cuando por fin vuelvo en mí.

No es un sueño, estoy aquí.

Me levanto de la cama, me estiro y hago crujir mis nudillos. Camino hacia el baño y abro la ducha: es justo lo que necesitaba. Al terminar, me envuelvo en una toalla blanca, me lavo la cara, me desenredo el pelo y me miro al espejo.

—Alexa, pon Us Against The World de Chris Grey en Spotify, por favor.

"Us Against The World de Chris Grey sonando en la aplicación de Spotify".

Siento que no soy la misma persona que aterrizó aquí ayer… Y hoy va a ser mi primer día oficial en el país.

Me arreglo con calma y moldeo mis rizos rubios, que me llegan casi hasta la cadera.

Cuando encuentro por fin el secador al fondo de la maleta, me miro al espejo y observo, medio dormida, mis ojos verdes, idénticos a los de mi madre, llenos de lagañas.

Siempre me recuerdan el privilegio de parecerme a ella, aunque los suyos sean azules, como el mar.

Me maquillo, acentuando mis mejillas con un colorete rojizo, y delineo mis labios con un lápiz marrón antes de sellarlos con un poco de brillo. Por último, remarco mis pequeñas pecas con el mismo rotulador que uso para las cejas.

Me miro por última vez en el espejo antes de irme, juzgándome, como siempre. Supongo que es porque siempre he querido más de lo que tengo.

«Quizás debería haberme comprado un traje un poco más holgado; el que me he puesto acentúa demasiado mis curvas…».

Tengo un pecho grande y una cintura de avispa.

Genética, supongo. Pero no puedo ocultar mi cuerpo, así que empiezo a convencerme de que mi aspecto no va a reducirme profesionalmente.

Ajusto la americana y me aseguro de que todo esté en su sitio.

Ahora me siento un poco más segura, o al menos, intento obligarme a ello.

«No sé si los tacones de mamá son una buena opción para pisar por primera vez unas calles que no he recorrido en mi vida, así que, contra todo pronóstico, mejor pido un taxi que me lleve directamente al despacho».

Es mi primer día y estoy que me subo por las paredes de puro nervio. Irónico. Me he pasado la vida entera trabajando para convertirme en una mujer de hierro, dura, fuerte…

Y ahora siento como si cualquier nimiedad que pase hoy pudiera hacerme dudar de mí misma.

«Mierda, llego tarde».

Salgo corriendo del piso y aprieto el botón del ascensor.

«Por favor, que no haya nadie…».

Cuando las puertas se abren, alguien me saluda.

«Por supuesto».

Es una mujer japonesa junto a sus dos hijas, que me observan con curiosidad. La madre inclina levemente la cabeza y le devuelvo el gesto con cordialidad. Ha sido bastante cortante y no se parece en nada a Yukiko.

«No le he caído demasiado bien», pienso.

—Mamá… ¡Mira, el pelo de esa señorita es como el de una princesa, mira, mira! —dice la pequeña, señalando mi melena.

La mujer la mira y niega con la cabeza, como si quisiera disculparse por el comentario, pero yo sonrío y me agacho hasta quedar a su altura.

—Muchas gracias, bonita. Tu pelo también me recuerda al de una princesa.

La niña sonríe todavía más, emocionada. Su hermana, que parece más pequeña que ella, se esconde tras la falda de su madre, aferrándose con sus manitas diminutas.

—Disculpe, ¿es usted extranjera? ¿Qué hace por aquí? —pregunta esta vez con una sonrisa que parece genuina y el mismo acento dulce que Yukiko usó para recibirme ayer.

—Sí, me acabo de mudar desde Estados Unidos. Soy abogada y hoy es mi primer día de trabajo —respondo, incorporándome de nuevo.

—Qué bien. Me llamo Emiko Hoshino y vivo en la puerta B. Estamos en el piso veintiocho —dice con una sonrisa amable.

—Yo vivo en la puerta A. Es un placer, Emiko —contesto, estrechándole la mano.

Cuando las puertas del ascensor se abren, nos despedimos con una reverencia y me apresuro a salir del portal. Mi taxi está a escasos metros y, al entrar, le indico al chófer la dirección del bufete. No está demasiado lejos.

Me deja en la calle Akasaka, número 9-7-1. Ante mí se alza la Torre Mori Hills, un rascacielos mucho más imponente de lo que había imaginado. Aunque, si los dueños son la misma inmobiliaria de Yukiko, no me sorprende que el edificio sea tan lujoso.

Las puertas automáticas se abren y el aire acondicionado hace que la piel se me estremezca. Estamos en junio, pero ya hace bastante calor.

El vestíbulo es amplio, con una enorme alfombra redonda de un rojo intenso en el centro. En una placa junto a la recepción, el nombre del bufete, Mei podría ser de cualquier parte.

Lo que más me llama la atención son sus ojos, de un azul grisáceo. A su lado lo acompaña un joven con uniforme de mensajero que sostiene una carpeta. El hombre apenas le presta atención porque mantiene la mirada fija en mí y, por un segundo, me siento incómoda e intimidada.

Sus ojos bajan hasta mi cintura antes de regresar a mi rostro. Me sostiene la mirada sin pronunciar una sola palabra. En ella percibo una curiosidad intensa… y algo más que no consigo descifrar.

El mensajero tropieza de la nada y la carpeta que lleva se le cae de las manos.