El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 2.
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Capítulo 2.

(花の夜明け— El amanecer de las flores)

Diez horas después, el avión aterriza en el aeropuerto de Narita, en Tokio. Ha sido uno de los vuelos más largos de toda mi vida y, gracias a eso, he tenido tiempo de sobra para pensar, lo que ha hecho que ahora mismo tenga frente a mí una ola de anticipaciones a punto de ahogarme.

Pero estaba en Tokio. Por fin había llegado.

En cuanto bajo del avión y entro en la terminal, el corazón empieza a agitarse con fuerza.

El aeropuerto es un auténtico caos y hay muchísima gente, así que me aferro al pasaporte y a los documentos como si fueran un salvavidas y sigo a la multitud que avanza hacia la zona de inmigración.

Mientras espero en la cola, empiezo a mirar a mi alrededor.

Es un mundo a años luz de Seattle, y el corazón me late con fuerza. Estoy ante algo completamente nuevo, y eso me asusta.

Mi turno llega y la azafata, con una sonrisa amable, revisa mis documentos. Por un segundo, el nerviosismo se disipa y consigo firmar los papeles necesarios sin problemas, recoger las maletas facturadas y caminar hacia el área de llegadas.

«Por fin estoy aquí… No puedo creer que lo haya logrado.

¿Me arrepentiré? No debería pensar en estas cosas, pero…

intentaré conseguir un taxi y llegar a casa, aunque ni siquiera sé cómo.

Es de noche y me estoy muriendo de calor.

Debería llamar a la dueña, pero ¿y si es de mala educación?

Hemos llegado un poco más tarde de lo previsto y está anocheciendo… vamos bien».

Suspiro.

De repente, entre tanta gente, veo un cartel con mi nombre sostenido por una mujer preciosa. Se parece a alguien con quien llevo hablando más de seis meses, pero a quien solo he visto por videollamada.

Tiene que ser ella, la propietaria de la inmobiliaria con la que firmé el contrato de mi nuevo piso.

Camino hacia ella y alzo una mano para saludarla. Parece reconocerme al instante y me devuelve el gesto con una leve reverencia y una sonrisa cálida, ofreciéndome ayuda para subir las maletas al taxi que espera a su lado.

—¡Bienvenida a Tokio, señorita Hawthorne! Debes de ser tú, ¿verdad? —dice, sonriéndome con un acento dulce—. Espero que el vuelo haya sido agradable.

—Gracias —le devuelvo la sonrisa—. Estoy muy ilusionada de estar aquí. Y sí, señora, soy Dahlia Hawthorne, abogada. Es un placer conocerla.

Nos estrechamos la mano. Parece una buena persona.

—Oh, por favor, dejemos los formalismos a un lado. Me alegra verte por fin. Después de meses hablando a través de una pantalla, es un gusto escucharte en persona. ¡Bienvenida a tu nueva casa, Hawthorne-san!

—Por favor, puedes llamarme por mi nombre, no te preocupes. Yukiko, ¿verdad? —pregunto, intentando sonar cercana.

—Sí, soy Yukiko Yano, la dueña del piso donde vivirás. Si necesitas hablar conmigo o tienes alguna pregunta sobre la ciudad o nuestra cultura, no dudes en decírmelo. Estaré encantada de ayudarte.

—Muchas gracias, Yukiko, de verdad lo agradezco.

Yukiko es una mujer de unos cincuenta años, menuda; no debe de llegar al metro cincuenta y cinco.

Sus rasgos son marcadamente japoneses: tiene unos preciosos ojos color avellana y el pelo negro azabache recogido en un moño alto.

Su piel es tersa y pálida, y viste un kimono de un azul eléctrico tan vibrante que eclipsa a cualquiera a su alrededor.

Maneja dinero, eso seguro.

—Deberíamos irnos, es tarde y seguro que querrás descansar. No te preocupes, este taxi nos dejará justo en la puerta del edificio.

—Sí, la verdad es que estoy un poco cansada… —asiento, con la voz agotada—. Necesito dejar las maletas y dormir.

—Ven conmigo, querida.

Mientras atravesamos las interminables calles de Tokio, me pego a la ventanilla, perdiéndome en sus luces.

También es la ciudad que nunca duerme. Los rascacielos se alzan sobre nosotras como titanes de cristal, y sus ventanas reflejan el resplandor de los neones y los carteles publicitarios.

La gente camina en todas direcciones y me pregunto, seriamente, con cuántos rostros se cruzarán cada día.

Es una multitud que me hace sentir insignificante y, al mismo tiempo, extrañamente parte de ella.

Cada esquina que doblamos me llena el estómago de mariposas, un sentimiento que jamás pensé que una ciudad pudiera provocarme.

Los callejones están iluminados por farolillos de papel; qué belleza.

Nunca había visto nada así, tan distinto a Estados Unidos.

La ciudad es exactamente como la había imaginado en mis sueños y en las series que veía de niña.

Me aferro al deseo de explorarla, de descubrir sus misterios y hacerlos míos.

Finalmente, llegamos.

El taxi se detiene frente a un edificio alto, en pleno barrio céntrico, a pocos minutos a pie de Shibuya. El conductor me ayuda con las maletas y me ofrece la mano para salir del coche.

—Tokyo e yōkoso, ojōsama (¡Bienvenida a Tokio, señorita!)

—Gracias por traernos, se lo agradezco —le doy nueve mil yenes y me despido de él, cerrando la puerta con una emoción difícil de disimular.

Es real. Estoy frente a mi nuevo hogar.

Yukiko me ayuda con el equipaje y subimos al ascensor. Veo que marca la planta veintiocho y me sorprende que el apartamento esté en un piso tan alto. «Las vistas deben ser increíbles», pienso.

Al llegar, saca las llaves del bolso y abre la puerta.

Al otro lado, un recibidor acogedor y de gusto exquisito me da la bienvenida. Los muebles de madera están dispuestos con elegancia, y varios bonsáis decoran una pequeña estantería junto al mueble principal, coronada por un espejo de cuerpo entero.

Nos quitamos los zapatos y entramos en el salón principal.

La mayoría de las paredes son blancas, aunque algunas están teñidas de un beige suave que les aporta calidez. Yukiko me ayuda a llevar las maletas hasta mi habitación y, como voy cargada y todavía algo aturdida, me tomo un momento para asimilarlo todo.

—Te presento tu nuevo hogar, Dahlia. Este es el piso que hemos estado preparando estos últimos meses y, a partir de ahora, tu casa —dice, dejándome las llaves en la mano.

—Yukiko… muchísimas gracias, no sé qué decir. Es increíble. Habéis hecho un trabajo impecable —respondo—. Te agradezco muchísimo toda tu ayuda.

—Oh, por favor, no es nada. Es un placer conocerte y asegurarme de que tu estancia aquí sea tranquila y agradable. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que decírmelo.

—Eres muy amable —digo, sintiendo cómo una parte del peso se me desprende de los hombros—. Estoy deseando verlo entero, es precioso.

Yukiko rebusca entre sus cosas y me entrega una pequeña carpeta.

—Aquí tienes información importante sobre el apartamento y el barrio, además de mis datos de contacto.

Todo está traducido a tu idioma, no te preocupes, no tendrás ningún problema.

No dudes en llamarme si te surge cualquier duda o necesitas ayuda.

El apartamento está completamente amueblado y listo para entrar a vivir; en los últimos meses se han hecho algunas reformas para que te sientas como en casa.

El bufete donde trabajarás también alquila uno de nuestros edificios a pocas calles de aquí, así que conozco al señor Takumi desde hace veinte años y me ha hablado muy bien de ti.

Me contó que trabajó muchos años en Estados Unidos junto a tu anterior jefe; por eso quiso recomendarme y pedirme que te ayudara.

Es un placer tener a una abogada como tú en nuestro país.

En nombre de la comunidad, te lo agradezco.

—Gracias, Yukiko. No ha sido fácil dejar atrás mi vida.

He estado muy estresada estos últimos días y alejarme de mi madre ha sido complicado.

Las dos últimas semanas no había quien hablara con ella…

Si no hubiera sido por tu ayuda, los trámites se habrían alargado mucho más.

Has sido de gran ayuda, y tengo muchas ganas de conocer finalmente al señor Takumi.

—No hay de qué, señorita. Una madre es un tesoro, la entiendo. Ahora te dejaré descansar; ha sido un viaje muy largo. Como te dije, estoy a tu disposición. Vivo en un barrio cerca de aquí y la inmobiliaria siempre estará abierta para lo que necesites.

—Sí, descansaré todo lo que pueda. Muchas gracias de nuevo. Que tengas una buena noche —respondo, despidiéndome.

Mi nueva casa. Mi nueva vida.

Me pellizco el brazo para asegurarme de que no es un sueño. Tantas personas han organizado todo esto solo para mí que, por un momento, me pregunto qué he hecho para merecerlo. No quiero ser desagradecida: es todo un privilegio.

Desempaco lo esencial de la maleta —la ropa de mañana, el pijama, mis utensilios de baño, el maquillaje, el ordenador portátil, los zapatos, un par de libros— y me desplomo en la cama. El cansancio del viaje y el jet lag se me echan encima y, para colmo, ni siquiera he cenado.

Al abrir la nevera, me sorprende ver que Yukiko me ha dejado un par de recipientes de fideos instantáneos listos para preparar con agua caliente. Qué considerada… De no ser por ella, no habría probado bocado hasta mañana.

El apartamento tiene un salón con cocina abierta y una gran isla marmoleada en el centro, acompañada de varios taburetes altos blancos. Aun así, no puedo describir con palabras lo que ven mis ojos cuando giro la cabeza.

Es el rincón más bonito que he visto en mi vida: unos ventanales enormes desde donde puedo ver perfectamente la torre de Tokio.

Camino hacia allí y agradezco a lo que sea que haya hecho que mi apartamento esté en un piso tan alto.

De otra forma, sería imposible verla debido a la gran altura de los edificios de esta ciudad.

Este rincón parece un pequeño paréntesis alejado de todo lo demás, hecho para mí, como si alguien hubiese recortado un trozo de mi alma y lo hubiese pegado justo ahí, al borde del cristal.

La ciudad se extiende debajo de mí y la torre de Tokio se puede ver a lo lejos entre los rascacielos, como un faro que me guiará cuando esté perdida.