Capítulo 1. #3
Las despedidas y las promesas de un nuevo comienzo ya eran una realidad.
Miré hacia atrás una vez más, pero ya no estaban.
Fue un momento agridulce, de esos que rara vez había vivido.
Era la primera vez que me mudaba y no estaba acostumbrada a este tipo de situaciones.
Apenas viajaba por trabajo y había salido poco de la ciudad.
Mientras caminaba por los pasillos del aeropuerto, empecé a sentir una punzada de melancolía.
Quizá era demasiado pronto, pero intenté camuflarla con la emoción de lo que estaba por venir.
Nunca había viajado a un país asiático, pero me sentía extrañamente conectada con él.
Una vez leí en un libro que, si piensas de forma recurrente en un lugar que no has visitado, es porque hay algo o alguien esperándote allí.
¿Será verdad o solo una ilusión?
Lo único que tenía claro era que ya no pertenecía a Seattle y que no quería seguir viviendo en aquella casa llena de recuerdos dolorosos. No tenía nada que me atara allí, ni siquiera las pocas amistades que me quedaban. Mi familia era todo lo que tenía, y yo ya no podía hacerles felices.
Mi madre se había aferrado demasiado a su hija, y su dependencia emocional me hacía sufrir más a mí que a ella. Era una enfermera brillante y llevaba más de cuarenta años en el hospital general de la ciudad, pero todo cambió cuando mi padre nos abandonó. Tenía dieciséis años.
Sí, en plena adolescencia.
Eso no impidió que continuara sacando buenas notas y entrara en la universidad que quería.
Nunca odié a mi padre. Era un hombre normal, amaba a mi madre y se querían tanto en público como en privado.
Mamá no quiso tener más hijos después de que naciera porque quería darme todas las comodidades posibles, aunque había algo en eso que nunca terminé de entender.
Estoy segura de que el dinero nunca habría sido un problema.
Papá era uno de los neurocirujanos más importantes del hospital. Allí conoció a mamá muy joven. Apenas terminó sus estudios, hizo las prácticas, lo contrataron, se conocieron y se enamoraron. Ella era una simple enfermera y él tenía mucho poder, pero el estatus no le importó y terminaron casándose.
Mi padre cobraba cuatro veces más que ella, y el sueldo de mamá era decente, aunque tampoco para tirar cohetes.
Cuando nos abandonó, tuvimos que hacernos cargo de la hipoteca y de los gastos de la casa.
Yo apenas había terminado el instituto y quería trabajar para ayudarla, pero mamá se negó.
Decía que, si trabajaba, no tendría tiempo para estudiar, bajaría mis notas y no entraría en la universidad.
Tuvieron que becarme, algo que con el dinero de mi padre no habría sido necesario, pero aun así entré en una de las universidades más prestigiosas de Derecho, la Universidad de Washington.
Mi madre trabajó durante años más de sesenta horas a la semana para poder salir adelante, algo que claramente le pasó factura. Adelgazó y perdió su luz por culpa de ese hijo de puta que jamás volvió a dar la cara.
Ni una llamada, ni una carta, ni un sobre con dinero. Nada.
Cuando finalmente me convertí en abogada, gestioné el divorcio según la ley vigente en Estados Unidos.
Mamá no merecía seguir atada a ese capullo ni un minuto más.
Hoy en día, no me interesa escuchar ninguno de sus motivos.
No quiero saber por qué nos abandonó ni por qué jamás volvió.
Tampoco me importaría si estuviera muerto.
Han pasado casi diez años desde aquel día.
Por eso quiero convertirme en la mejor abogada del mundo. Ganaré prestigio y el dinero jamás volverá a ser un problema. Retiraré a mamá de su trabajo y nos mudaremos juntas de Seattle para empezar de cero.
Nadie más podrá arrebatarme nada.
Jamás.
◆◆◆
Le entregué mi tarjeta de embarque a una azafata pelirroja. Me sonrió al verla y me deseó un buen vuelo. Al subir al avión, la ansiedad simplemente desapareció.
Me acomodé en el asiento y abrí el bolso para coger un libro. Fue entonces cuando, rebuscando entre mis cosas, encontré el pequeño regalo que mi tía había escondido en el monedero y que sobresalía por una de las esquinas. No pude evitar sonreír… siempre tenía que dejar su huella.
Tomé los preservativos y los guardé en el bolsillo interior del bolso. Después de todo, no era una adolescente. Y aunque era lo último en lo que pensaba, me dije a mí misma que sería una lástima que se quedaran allí dentro durante toda mi estancia, cogiendo polvo.
Despegamos.
Vi cómo Seattle se hacía cada vez más pequeño, y los recuerdos se desvanecían a medida que nos alejábamos. Sentí una punzada de nostalgia, pero me obligué a recordar las razones por las que estaba haciendo esto. Era lo único a lo que podía aferrarme.
Vosotros aún no lo sabéis, pero ese día mi vida cambió.
Subí a ese avión y me fui a vivir sola a Japón, en busca de casos que resolver. Casos que, de alguna forma, estaban esperando a que yo los resolviera.
Lo que no sabía es que me encontraría frente a frente con el caso más difícil de toda mi carrera.
Lo que no sabía es que allí acabaría conociéndole. A él.
El caso que casi me hizo renunciar a mi distintivo. A mi placa de abogada.
El caso más difícil de mi vida.