El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 1. #2
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Capítulo 1. #2

En dos días, mi vida cambiaría de forma irrevocable. Dejaría atrás mi puesto como abogada en Seattle para ocupar un nuevo cargo en la ciudad del sol naciente.

Y dolía, claro que dolía.

Decir adiós a lo conocido siempre duele: las rutinas, las caras familiares, la voz de mi madre llamándome para cenar…

todo eso quedaría a miles de kilómetros de distancia.

Aunque la idea de trabajar en otro país y sumergirme en una cultura completamente nueva era tentadora. O al menos, quería que lo fuera.

No sé si tengo miedo.

Pero también sé que, si no lo hago ahora, quizás no tendré otra oportunidad.

17 de junio, Seattle, Estados Unidos

Siete días se desvanecieron demasiado rápido entre maletas, despedidas y preparativos de última hora.

De pie en la Terminal 1 del aeropuerto, la emoción y los nervios se apoderaron de mí.

El bullicio de la gente, el arrastrar de las maletas y la urgencia por llegar a tiempo a la puerta de embarque me provocaban ansiedad.

Y, para que os vayáis haciendo una idea, es algo a lo que debería tener alta tolerancia por mi trabajo.

Respiré hondo y me obligué a calmarme.

—Mi pequeña princesa… te echaremos mucho de menos —dijo mi tía Sienna, abrazándome con fuerza.

—Otra vez con lo de princesa… —rodé los ojos—. Os voy a echar de menos a las dos, de verdad. Tía, por favor, cuida de mi madre mientras estoy fuera.

—Mi hermana está en buenas manos, pasaremos una gran temporada juntas, como en los viejos tiempos. No tienes que preocuparte por nada.

Mamá miró a la tía de reojo, sabiendo que, a pesar de su cariño, jamás dejarían de ser polos opuestos.

—No quiero que te vayas, Dahlia… —Su voz se quebró mientras empezaba a llorar de nuevo.

—Mamá, has estado llorando toda la mañana, no hagas esto más difícil… —supliqué.

—Una llorona siempre será una llorona, cariño —añadió mi tía, mirando a mamá entre risas—. No te sorprendas si cuando respondas a su primera videollamada la tienes aquí mismo, lista para coger el primer vuelo hacia allí.

—No, por favor, mamá —dije, mirándola seriamente—. Ni se te ocurra faltar a tus sesiones de terapia con el doctor Gómez, te lo ruego.

La abracé, sintiendo su pecho acelerado contra el mío. Estaba tan consumida por la angustia que temí que le diera algo.

—¡Por supuesto que iré, ese hombre es mi salvador! —respondió—. Pero… ¿estás segura de que Japón es un lugar seguro? —apartó los mechones de mi flequillo de las mejillas.

—No lo sé, mamá, es otro país, otra cultura… quién sabe. Estaré bien —la miré con seguridad.

De pie allí, me di cuenta de lo importante que era dejar atrás mi casa.

Las dudas me asaltaban a cada momento: ¿y si las cosas salían mal?

¿y si lo arruinaba todo? Pero si me quedaba, jamás avanzaría.

Si me quedaba aquí, no sería feliz. Dejar mi zona de confort significaba alejarme de los malos recuerdos de mi infancia y de los cinco años de carrera que me habían agotado mentalmente.

Significaba dejar atrás el dolor, aunque eso implicara dejar atrás a mamá.

—Los asiáticos son muy educados y amables, estoy segura de que serás feliz. Y quién sabe… tal vez algún apuesto japonés se enamore de ti y vuelvas casada. ¿Habrá alguien que esté dispuesto a soportar ese carácter?

—Como el tuyo, ¿no, preciosa? Si eso pasa, me puedes ayudar a tramitar el divorcio, que en eso tienes experiencia. Tres en año y medio, guau. Aún no he llevado ningún caso de separación de bienes, pero me encantaría aprender —contesté, guiñándole un ojo mientras seguía abrazada a mi madre.

—Mmh… Así me gusta. Como en la corte, fuerte y sin dejarse intimidar —se cruzó de brazos y me observó, orgullosa.

Mi tía era todo lo contrario a mi madre. Mamá se había vuelto más frágil desde que mi padre se fue hace diez años, y su ausencia se había llevado cualquier rastro de vitalidad o fuerza que un día tuvo.

Ese desgraciado, esté donde esté, puede pudrirse en el infierno.

—¡Sienna! ¡Es demasiado joven para tener novio! —protestó mamá.

—Creo que se te olvida que el año que viene cumplo veintisiete años…

Pero no tienes que preocuparte, mamá, no me voy a enamorar de nadie.

Lo único que voy a hacer allí es trabajar y avanzar en mi carrera.

Olvidemos las historias de amor y los problemas que conllevan.

Estoy demasiado ocupada y centrada en crecer profesionalmente.

—Así me gusta, hija.

—Vale, vale, está bien. Aquí todo el mundo tiene traumas con los hombres, no pasa nada. Cariño, pásalo bien, ¿eh? ¡Y revisa tu bolso cuando llegues! —añadió, guiñándome un ojo.

“Pasajeros con destino a Tokio-Narita, vuelo 2264, por favor, diríjanse a la puerta B31. Las puertas de embarque se cerrarán en quince minutos. Tomen sus pertenencias y suban al avión lo antes posible. Gracias”.

Respiré hondo, estaba muy nerviosa.

—Ese es mi vuelo, creo que debo irme… —las abracé—. Intentaré llamar en cuanto llegue y esté instalada en el apartamento.

—Cuídate, Dahlia —Mamá se despidió con la voz entrecortada por la emoción—. Te echaré de menos, te quiero, vuelve pronto.

—Yo también os echaré de menos. No os lo paséis demasiado bien sin mí, que nos conocemos. Volveré cuando me haya convertido en una gran abogada y os pueda dar la vida que os merecéis, lo prometo —sonreí.

Mi tía abrazó a mamá entre sus brazos, consolándola mientras yo me alejaba.

—¡Que tengas un buen vuelo, Dahlia! ¡Serás una gran abogada, te lo prometo! ¡Seguro que vivirás algo inolvidable, tengo esa sensación! —gritó la tía Sienna mientras me alejaba.

No pude evitar reír, sabiendo que estaban a mis espaldas y que medio aeropuerto las miraba.

—Gracias… —susurré mientras el corazón se me aceleraba y una lágrima me resbalaba por la mejilla—. Adiós, mamá…

Deséame suerte, por favor.

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