El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1)
© inepub.com
Capítulo 1.
(新たな始まり — Un nuevo comienzo)
Era el mejor fiscal de la ciudad. Nunca había perdido un caso; me llamaban el fiscal legendario, un prodigio... Hasta que ese caso me cambió la vida. El caso más difícil de mi vida.
Ella.
Ella fue mi caso más duro.
Sin duda, un caso que cambiaría mi vida dentro de esas cuatro paredes en la sala del tribunal.
◆◆◆
Aquel día, el sonido de la alarma fue el recordatorio perfecto de que no era feliz. Uno de esos días en los que desearía poder llamar al trabajo para decir que estoy enferma y en los que la oficina seguiría girando sin que nadie notara mi ausencia. O, al menos, eso era lo que quería creer.
Llevaba unos meses en racha y rendirme ahora no era una opción.
Los últimos casos habían sido largos y duros, pero los gané.
Todos. La felicidad de ver a mi cliente, realmente inocente, ser declarado libre era indescriptible.
Me agarraban las manos, llorando, y me agradecían lo que había hecho por ellos.
Sin duda, estaba en la profesión correcta.
Lo que empezaba a cuestionar era… si estaba en el lugar correcto.
Las luces de mi habitación se encendieron de golpe. Diecisiete horas fuera de casa; todo un récord. El caso de hoy había sido una mierda. «Si hubiera elegido Administración en vez de Derecho, no estaría tan agotada, tal vez…», pensé, sintiendo que mi cuerpo no podía más.
—¿Dahlia?
Escuché la voz de mi madre llamarme desde la cocina.
—Cariño, ¿estás en casa? ¡Te he preparado algo de cenar, debes estar muerta de hambre!
Me quedé inmóvil en la cama, sobre las sábanas, sin fuerzas para responder.
—Mamá, no tengo hambre —contesté, con la voz apagada, sintiendo culpa por ser tan fría—. Lo siento.
Solté un suspiro de desesperación.
—¡Cariño, tienes que comer algo —rogó—, por favor, baja! ¡Estoy preocupada!
No lo hice y, a los pocos segundos, subió las escaleras con paso decidido. Golpeó la puerta de mi habitación con suavidad, pero con la suficiente insistencia como para dejar claro que no se iría, e intentó girar un par de veces el pomo que había bloqueado con el seguro.
—Cielo… ¿Podrías abrir la puerta? Quiero hablar contigo.
Me quité las gafas y me froté los ojos. La cabeza me iba a estallar.
Caminé hacia la puerta y la invité a entrar. Se sentó en el borde de la cama y me sostuvo la mirada. Yo, por mi parte, me quedé de pie frente a ella, esperando a que dijera lo que fuera que tuviera que decir.
—¿Y bien? —pregunté.
—¿Quieres bajar a la cocina y hablamos?
—No me apetece cenar nada, la verdad. He comido mucho este mediodía en la oficina, así que no tienes que preocuparte por eso.
Deberías irte a dormir; es tarde y mañana entras a primera hora —dije, quitándome la americana mientras la dejaba en el cesto de la ropa sucia.
Abrí el armario y cogí el primer pijama que encontré.
Solo quería dormir, estaba realmente agotada.
—Pero, cariño…
No respondí y continué preparándome para meterme en la cama. Me hice una coleta, me lavé la cara y me puse las gafas.
—¿Estás segura de que estás tomando la decisión correcta?
Bingo.
La pregunta no era tan simple como quería hacerla parecer. Fue directa al grano, a pesar de que ya habíamos tenido esa conversación días, semanas e incluso meses antes. Pero justo hoy, en el peor momento para hablar de ello, volvió a plantearlo.
—Ahora no —respondí, cortante.
—Ya sabes… —Su voz empezó a quebrarse—. ¿Es necesario tanto estrés? Creo que este trabajo te está consumiendo y no creo que debas…
—No vamos a hablar de esto ahora, mamá —la interrumpí, sentándome a su lado—. Vete a la cama.
La miré fijamente, con las cejas ligeramente alzadas. El cansancio mental se me acumuló en la mirada y, por un instante, la vista se me nubló.
—Escucha, mamá… Esta profesión es lo único que me hace sentir que puedo ser alguien en esta vida. Por favor, hablémoslo en otro momento y déjame descansar. Ha sido un día muy largo.
—Dahlia, me duele escucharte decir eso. Para mí ya eres alguien, cariño. Eres mi princesa…
—¡No quiero ser tu princesa, mamá!
Me levanté de la cama y la tuve frente a mí.
Estaba envuelta en su bata, con las ojeras más marcadas que de costumbre.
Sus brazos cruzados sobre el pecho delataban miedo e inseguridad.
La mirada se le empezó a cristalizar y sentí el peso del mundo caerme encima, como si ya no pudiera sostenerlo más.
Aquella conversación, innecesaria a esas horas de la noche, despertaba en mí a la mujer que no quería que viera, pero a veces no podía contener. Estaba cansada y solo quería dormir. No quería irme a la cama sintiéndome culpable por nada, pero llevaba años siendo así.
El rostro de mi madre, frente a mí, solo reflejaba dolor. Sus ojos me pedían que me abriera, que compartiera la carga, pero yo no quería mostrarme vulnerable. No podía admitir que estaba luchando por no romperme delante de la mujer que alguna vez fue la más fuerte del mundo.
—Mamá, escúchame —dije, luchando por mantener la firmeza—. Desde que papá se fue, me tratas como a una niña. Entiende que ya tengo veintiséis años, y esto no puede seguir así.
—Pero, hija, yo… —empezó a sollozar.
Ya había visto esas lágrimas antes.
A pesar de mi resistencia, una parte de mí echaba de menos la confianza que una vez compartimos.
Quería dejarla entrar, compartir con ella el dolor que había llevado en soledad durante tanto tiempo.
Sin embargo, el miedo al juicio o a la incomprensión me frenaba.
Estaba atrapada en una batalla constante entre el deseo de ser fuerte e independiente y la necesidad de consuelo que solo el abrazo de una madre podía darme.
—Mamá, por favor… no me hagas esto —dije, llevándome las manos a la cabeza—.
Hemos hablado mil veces de lo importante que es para mí aprender y ganar experiencia.
El mundo del derecho es demasiado competitivo y, si no soy lo bastante buena, no podré darte la vida que mereces…
la que ese gilipollas no fue capaz de darte.
Sé que le dolió que lo mencionara de nuevo, pero la verdad tenía la mala costumbre de perseguirme. Debía de ser cosa de mi naturaleza.
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire.
El dolor y una súplica muda para que no subiera a ese avión inundaron sus ojos. Sabía que entendía mis razones, aunque le rompieran el alma. En el fondo, siempre quiso que persiguiera mis sueños y encontrara mi lugar entre veredictos y juzgados, pero eso no hacía que doliera menos.
—No sé si podré seguir sin ti —susurró, secándose las lágrimas con su pañuelo favorito.
—Claro que puedes, siempre has podido. Además, jamás te dejaría sola. La tía Sienna vivirá aquí mientras yo esté fuera, para hacerte compañía. Ya lo hemos hablado.
La atraje hacia mí. Aunque me doliera verla sufrir, sabía que era algo que tenía que hacer por ambas.
Sentí su corazón acelerado contra mi pecho hasta que, poco a poco, su latido fue calmándose.
—¿Japón está muy lejos? —rompió el abrazo y me miró con esos ojos azules, llenos de miedo.
—No, está aquí al lado, te lo prometo. Podrás llamarme todas las noches, pero no olvides la diferencia horaria… Si me encuentro con cincuenta llamadas perdidas tuyas mientras estoy resolviendo un caso importante o durmiendo, ¡me enfadaré!
Reímos, pero lo cierto era que la primera vez que le dije que me iba a trabajar fuera, se pasó tres días sin apenas probar bocado.
No salía de la cama, consumida en el silencio y la desesperación de quien siente que la van a abandonar.
Tuve que llamar varias veces a sus superiores en el hospital para avisar de que estaba enferma y que la disculparan.
La culpa aumentaba cada día más, como un animal hambriento y perdido en mitad del bosque. Al principio pensé que quizá podría quedarme y cuidarla, pero enseguida entendí que no podía dejarme frenar por nadie, ni siquiera por ella.
Renunciar a lo que quería sería darme la espalda a mí misma, algo que jamás podría permitirme. No era justo ni para ella ni para mí.
Seattle se había convertido en una prisión de días monótonos y grises.
Repetía el mismo día una y otra vez: las mismas miradas vacías, las paredes frías y opresivas que me robaban cualquier chispa de vida, y los mismos clientes —rostros que ya había dejado de considerar anónimos y que apenas me provocaban emoción.
Por mucho que me empeñara, la felicidad se me escurría entre los dedos.
Verla así, rota y vulnerable, me partía el alma. Aun así, sabía que, si no me marchaba ahora, jamás lo haría. El miedo a perderla me oprimía la garganta y me recordó que, a veces, el amor duele tanto que el único acto posible es dejar ir.
Con el paso de los meses, cada conversación con ella parecía la última, y cada vez eran más duras y amargas. Pero, a pesar de todo, sabía que había tomado la decisión correcta.
Las predespedidas duelen más que las despedidas, os lo aseguro.
La miré con el corazón en un puño y la certeza de que nuestro tiempo juntas era cada vez más efímero. En sus ojos vi el amor que siempre me había dado, sin condiciones y sin ayuda de nadie. No me importa la distancia; sé que siempre estaremos unidas por un vínculo inquebrantable.
Me acerqué y tomé su mano. Por fin sentí paz, como si la guerra interna que me consumía por dentro hubiera llegado a su fin. La abracé, solo para sentirla cerca y absorber su calor un instante más.
Ese instante que ya no nos pertenecía del todo.
—Te voy a echar mucho de menos, mi pequeña Rapunzel.
Se me formó un nudo en la garganta, pero me contuve. El tiempo se acababa y sabía que dejarla atrás sería una de las cosas más difíciles que tendría que hacer en la vida.
—¿Sabes qué? A veces echo de menos cuando llevabas el pelo por los hombros… —colocó un mechón que caía sobre mi frente detrás de la oreja.
—Si me lo corto, dejaré de ser tu Rapunzel —respondí.
—Eso nunca —volvió a abrazarme.
—Está bien, mamá, deberías descansar —me aparté y la besé en la frente—. Buenas noches.
—Buenas noches, cariño.
Cerró la puerta y no volví a escuchar nada hasta el amanecer.