El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Expresión de incredulidad
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Expresión de incredulidad

ALGO VOCIFERÓ NORMÁN antes de recibir la patada en la entrepierna. El grito de dolor se le atoró en la garganta, la mirada se le cruzó y las rodillas se le doblaron.

—¡Sargento! —dijo Arjen, esperando recibir ayuda, pero Zark seguía petrificado. ¿Por qué, si el brujo estaba desplomado en el suelo, inconsciente?

No, no estaba inconsciente.

Dreksel, en el suelo, ladeó la cabeza y escupió sangre y dientes.

Para entonces ya tenía a Karg encima con la espada desenvainada. Por media pulgada se salvó de que le abriera el pecho.

La jaula, que al principio se le había hecho amplia, ahora le parecía sofocantemente pequeña.

Esquivó un segundo espadazo y un tercero que le pasó tan cerca de la cara que sintió el aire.

Karg se detuvo. Miró rápidamente por encima de su hombro, hacia el sargento, que seguía de pie como estatua de mármol, y cambió de opinión: mataría primero al sargento. Más fácil.

—¡No! —gritó Arjen al ver al lugarteniente dando una zancada y levantando la espada.

Antes de que la hiciera descender, el capitán lo tomó por atrás, un abrazo que detuvo la fuerza del hachazo, aunque no del todo, pues el filo alcanzó el hombro izquierdo de Zark, sin fuerza para rompérselo pero suficiente para abrirle la piel.

Karg se plantó bien. Se preparaba para lanzar al capitán por encima del hombro, pero éste, sintiendo el movimiento del cuerpo, lo soltó al mismo tiempo que le daba una patada por encima de la cadera. El lugarteniente se dobló hacia la derecha, una mano sobre el golpe, y trastabilló.

Normán estaba a gatas cerca de él, intentando levantarse, sin éxito.

El capitán, apresurado y aprovechando la desorientación del comisario causada por el dolor, desenvainó la espada que el comisario llevaba al cinto y encaró a Karg, que lo miraba con ojos desorbitados de cólera. Antes de que intentara de nuevo clavarle la espada al sargento, el capitán atacó.

Saltaron chispas de los aceros.

Karg contraatacó, haciéndolo retroceder, pero el capitán desvió dos veces y se lanzó al frente rápidamente.

La punta de la espada alcanzó al lugarteniente en el pecho, en el área del corazón, pero el hueso de la costilla desvió la punta y no entró, sino que solo le desgarró la piel y la túnica.

Karg gritó de dolor y retrocedió hacia la puerta de la jaula.

Va a encerrarme.

Pero no, Karg se detuvo, una mueca de dolor en el rostro, la palma de la mano sobre la herida.

Arjen sintió movimiento a su izquierda. Era Normán, que había encontrado fuerzas, aproximándose con una daga en mano y el rostro desorbitado.

El capitán de los sabuesos dio un par de mandobles. El primero desvió el arma del comisario y el segundo le destrozó la sien, el filo entrando hasta la cuenca del ojo, que se reventó, se deshizo.

El comisario Normán regresó al suelo, muerto.

El barón Dreksel intentaba incorporarse y, al mismo tiempo, gritaba y se inspeccionaba la destrozada dentadura.

A ver si puedes arreglarte eso, brujo bastardo.

Karg acometió. Con fuerza, determinación, violencia.

Era buen espadachín.

Pero Arjen era mejor.

Se aseguró de dirigir el combate lo más lejos posible del sargento, pues sabía que, si le daba la oportunidad, Karg le enterraría el acero.

El lugarteniente cometió un error. Lanzó la espada al frente con demasiada fuerza. Arjen hizo descender el filo verticalmente, golpeando el recazo del arma enemiga, justo por encima de la guarda. Karg perdió la espada.

Te tengo, maldito.

Pero el lugarteniente no se dio por vencido.

Cuando el puño del arma abandonó sus dedos, inmediatamente se lanzó hacia el capitán, tomando fuertemente su muñeca con ambas manos, inmovilizando el acero, luego empujó con el hombro al pecho y, antes de que pudiera hacer algo al respecto, Arjen salió volando, una maroma que lo mandó pesadamente al suelo.

Ahora fue él quien perdió la espada, cuya punta pegó en el suelo y rebotó de manera extraña, haciendo tres giros y cayendo como a cinco pasos de distancia .

Tengo que recuperarla…

Ni siquiera logró ponerse de pie.

Karg se lanzó encima de él, sentándose sobre su abdomen, dificultando el respirar.

¡Plac! ¡Plac!

Arjen recibió dos golpes en el rostro, el primero en la mejilla y el segundo en el pómulo. Ese segundo puñetazo fue tan fuerte que, debido al golpe, al sudor y a la inercia, el pedazo de pan que tenía en el oído, ese tapón de oreja improvisado, salió volando.

Sin eso, estaba de nuevo a merced de la voz embrujada.

De pronto podía escuchar el jadeo del enemigo que tenía encima. Por alguna extraña razón fue como si también regresara su olfato, pues lo invadió el olor de sudor, sangre y tierra.

—¡Muérete, maldito perro! —gritó Karg, con todas sus fuerzas haciendo descender ambas manos como si fueran un martillo.

Arjen movió la cabeza y el golpe dio en el suelo.

Karg gritó. Levantó la mano izquierda. Estaba retorcida. Se había roto la muñeca.

Mi turno.

Arjen levantó el puño con toda pizca de energía que todavía tenía, que aunque era cada vez menos fue suficiente para dar justo en la barbilla de su enemigo.

Los dientes chasquearon, la cabeza hizo látigo hacia atrás, un segundo puñetazo con la mano izquierda que dio en la quijada, y Karg lanzó dos golpes, pero al aire, desorientado, y su cuerpo perdió fuerza.

El capitán empujó, se lo quitó de encima, fue a por la espada en el suelo, regresó con Karg…

Seguía vivo. Pero estaba en el suelo de lado, los ojos abiertos, la mirada perdida. Con la bota, el capitán lo puso de espaldas al suelo, y le encajó la espada en el corazón.

— Ahhhhgggg —agonizó el lugarteniente, los ojos abiertos, la frente cubierta de sudor. Se estremeció, y murió.

Arjen se dio la vuelta.

El barón Dreksel estaba de pie.

Por el golpe tenía la cara tan hinchada que no veía bien. Gruñía e intentaba aclararse la vista con los dedos, como tratando de quitarse algo que le estorbaba.

El capitán se apresuró hacia él.

Estaba a tres pasos de distancia cuando el brujo chupa-sangre se dio la vuelta y se miraron.

Tenía la cara desfigurada. Le faltaban tres o cuatro dientes. La nariz rota, la sangre bajando a borbotones. Las mejillas tan hinchadas que le habían dejado los ojos parcialmente cerrados.

—¡TÚÚÚ! —gritó el barón.

Antes de que verbalizara una instrucción, Arjen se deslizó al frente y lanzó la espada en arco horizontal.

La punta desgarró el cuello del barón Ilden Dreksel, un chorro de sangre salió expelido de la herida. El hechicero se llevó las manos a la cortada, los ojos saltones, la piel antes pálida y ahora roja.

Se le doblaron las rodillas y se fue de espaldas.

El capitán se acercó y lo miró mientras agonizaba, mientras gorgoteaba, temblaba y escupía sangre.

Hasta que, de repente, el brujo se quedó completamente quieto, los ojos abiertos y el semblante congelado en una última expresión de incredulidad.