¿Me escuchas?
APENAS SE LARGARON Normán y Karg, Zark se puso de rodillas y vomitó la sangre.
Dio arcadas y vomitó de nuevo.
El capitán se acercó y puso una mano sobre el sargento, que temblaba.
—Profetas —dijo Zark—. Nunca en mi vida…
—Yo tampoco —contestó el capitán, sin saber exactamente a qué se refería el sargento. Lo que él pensó fue: Nunca en mi vida pensé ver algo así.
Le dio dos palmadas en el hombro:
—¿Estás bien, sargento?
Zark alzó la mirada. Su rostro parecía haber envejecido una década. Tenía una capa de sudor en el rostro, el cuello, los brazos.
—Estaré bien —respondió—. Estaré mejor cuando le meta un puñal en el corazón a ese brujo bastardo hijo de los demonios.
—Eso haremos .
El sargento miró en dirección del comandante de la Santa Hermandad:
—¿Está vivo?
El capitán se acercó y revisó el pulso en la garganta.
—Está vivo —afirmó—. Pero ni siquiera se tomaron la molestia de vendarle la herida.
Arjen rompió un pedazo del borde de su túnica y, lamentando no tener agua y ungüento para lavarle el cuello, le aplicó el vendaje improvisado.
Zark se tuvo que volver pues, al ver la impresión de sus propios dientes en la piel del comandante, comenzó a dar arcadas de nuevo, aunque logró controlarse. Respiró hondo y dijo, entre dientes:
—¿Cuál es el plan, capitán?
—Dijo que regresaría. Dijo que nos vería pronto. Tenemos que estar listos.
—¿Pero cómo? ¡No tenemos nuestras armas!
—No.
—¡Y puede controlar nuestra mente! ¡Por los Siete Profetas, todavía no lo puedo creer! ¡Como si fuéramos marionetas!
Arjen recordó la primera vez —hacía no mucho tiempo— que se enfrentó con brujería. Ese sentimiento de incredulidad mezclado con euforia al ver algo imposible de explicar. Incluso habiéndolo visto con sus propios ojos, por noches se preguntó si había sido una locura, un perverso juego de su mente.
Ahora estaba completamente seguro de que, efectivamente, la magia existía.
Arjen, mirando a su alrededor, dijo:
—Y toda esta gente aquí, prisionera .
—Hay que hacer algo. ¿Cuál es el plan, capitán?
Arjen sacó de su bolsillo el bollo de pan.
—Este es el plan.
—¿Un… pedazo de pan?
El capitán afirmó con la cabeza:
—¿Recuerdas lo que nos dijo el brujo cuando nos tapamos las orejas?
—Dijo que si su voz llegaba a la membrana del oído, con eso sería suficiente.
—Exacto. ¿Pero qué si logramos que no llegue hasta allí?
El sargento levantó las cejas:
—Ahhhh. Ya entiendo. ¿Pero funcionará?
—No tengo idea. Pero no se me ocurre otra opción.
Zark se llevó la mano al mentón, pensativo:
—Pudiera funcionar.
—Pudiera funcionar —repitió el capitán.
Era un plan un poco tonto, ciertamente. Pero con tan pocas posibilidades, era lo mejor que se le ocurría: usar el pan como un tapón de oreja. Ya existían los tapones para las orejas, incluso se vendían en el mercado, hechos de cera de abeja, principalmente.
El plan del capitán era ponerse un poco de pan en las orejas y, de ser necesario, taparse también los oídos con las manos.
Si eso no funciona, estamos perdidos. La única otra opción será destrozarnos los tímpanos. Y no estoy seguro de que eso es algo que pueda hacer, se dijo, estremeciéndose ante la posibilidad.
—Hagamos la prueba —dijo el capitán.
Pellizcó un trozo del pan, lo metió en su boca brevemente, luego lo hizo rodar en sus dedos hasta convertirlo en una bolita alargada. Lo introdujo en una oreja, después en la otra. Se aseguró de hacerlo hasta adentro, dejando para después el pensamiento de si sería capaz de sacar el pan de allí.
Ya me preocuparé por eso, si salimos con vida.
El sargento, de pie frente a él como a dos pasos de distancia, dijo:
—¿Me escuchas?
Supo que dijo eso por el movimiento de los labios, pero en realidad no oyó nada.
—No escucho nada —respondió el capitán, su voz resonando dentro de su cabeza—. Habla más fuerte.
—¿Me escuchas? —repitió el sargento.
—No escucho nada —dijo el capitán, una sonrisa en el rostro—. Quizás esto funcione, después de todo. A ver, grita.
—¡¿Me escuchas?!
Esta vez sí, aunque apenas. Arjen puso la punta de los dedos sobre la lengüeta de la oreja que tapa el oído. Cuando gritó el sargento una vez más, no escuchó nada.
Se abrió la puerta del granero, una ráfaga de viento entrando y pegándoles en el cuerpo.
El corazón del capitán se aceleró, la sangre bombeando con tanta fuerza que la vista se le nubló por un momento. En su cabeza resonaba cada palpitar.
—Rápido —le susurró al sargento, dándole el pedazo de pan.
Zark dijo algo entre dientes que no pudo escuchar y, al no tener tiempo suficiente para remojarlo en la boca, se colocó aprisa los dos pedazos de harina en las orejas.
El barón Ilden Dreksel venía flanqueado por Normán y Karg.
El capitán se concentró en sus labios .
El barón, al llegar a la reja, lo miró y sus labios se movieron. El primer sonido era labiodental, y el segundo puramente labial.
«Firme», adivinó Arjen, y se puso como estatua. Tenía al sargento a un brazo de distancia, a su derecha, medio paso al frente.
El brujo dirigió ahora su mirada hacia el sargento, y repitió la instrucción.
El cuerpo del sargento se estremeció ligeramente y se quedó rígido.
Maldición , pensó el capitán. Está hechizado.
O el sargento era un excelentísimo actor, o el tapón en sus oídos no había cumplido su función.
Normán abrió la jaula.
El barón entró primero, los otros dos andando detrás de él, como guardaespaldas.
Ilden Dreksel enseñaba sus dientes, una horrorosa sonrisa, divertido.
Acércate un poco más, brujo bastardo.
Dreksel dijo algo, pero Arjen no lo entendió bien. Se esforzaba por mirarle los labios, pero no distinguía las palabras.
¡Acércate más!
El barón lanzó una carcajada, ladeando la cabeza hacia atrás. Luego miró al capitán, sacudió la cabeza, condescendiente, y dio cuatro pasos en dirección del él. Se lamía los labios.
Viene a por mi cuello.
Se detuvo justo frente a Arjen.
Ahora.
Con un grito de furia y lo más rápido que pudo, el capitán lanzó su puñetazo.
Lo vio todo lento .
El rostro del barón, los ojos brillando como áspid, sonriente, la rosada punta de la lengua en la comisura izquierda del rostro, la piel pálida.
Luego cambió la expresión de los ojos al percatarse de que algo iba mal.
Se le abrieron grandes, aunque parecía como si la comunicación entre los ojos y la boca fuera mala, pues seguía sonriendo.
Los nudillos conectaron con la boca y la nariz con tal violencia que la cara se le deformó, los huesos tronaron, el cuello incapaz de detener la fuerza de la cabeza que se fue hacia atrás, las manos aleteando como pájaro atravesado por una flecha, y el barón Ilden Dreksel se desplomó de espaldas al suelo.