Poneos cómodos
UN ALARIDO SALIÓ de la garganta del capitán Arjen.
Un grito de impotencia, de terror…, de derrota.
El sargento Zark succionaba la sangre. De las comisuras de sus ojos salían lágrimas de ira.
—¿Qué te parece, capitán? —dijo el hechicero—. ¿Crees que si le chupa el cuello por un par de horas más, le llegará a gustar? Quizás moriría antes. Le reventaría el estómago de tanta sangre en las tripas. ¿O moriría primero el comandante Aldani? No lo sé. Podríamos averiguarlo. Sería divertido.
—Detente. ¿Qué es lo que quieres? Haré lo que quieras. Nos largaremos de aquí.
Realmente no tenía pensado irse sin intentar cortarle la cabeza a ese maldito hechicero de los mil demonios. Pero estaba dispuesto a decir lo que fuera con tal de salvar al sargento de la situación en la que estaba.
—Muy tarde para eso, capitán. Muy, muy tarde para eso .
—Entonces, ¿qué? ¿Nos tendrás aquí, chupando sangre, hasta que te aburras?
—Lo estoy considerando. ¡Mira a tu sargento! Se ve que lo está disfrutando. —Se carcajeó, una risa larga, divertida, guasona—. Te lo digo, podría gustarle.
El capitán tenía los puños tan apretados que las uñas cortaron la piel de las palmas de sus manos.
No hay nada que pueda hacer. Necesito que se distraiga…
— Para —le dijo al sargento, y éste dejó de succionar—. Írguete. Quédate quieto hasta que yo te ordene.
El sargento respiraba profundamente, su cuerpo tenso. Le escurría la sangre por la barbilla. Tenía los ojos perdidos, parecía a punto de desmayarse.
El barón Ilden Dreksel sonó la campanilla de nuevo, pero agitándola de una manera particular: tres veces, con una pequeña pausa entre cada campanada.
Esta vez entraron varias personas. De la puerta detrás del barón, dos soldados y el comisario Normán.
Los dos soldados eran los lugartenientes del comisario, los dos que habían dejado inconscientes en el ataque a la comisaría.
Además, la puerta de entrada se abrió dando paso al lugarteniente Karg.
Él y Normán se acercaron al hechicero y, al unísono, dijeron:
—A su servicio, barón.
—Llevadlos a la granja —dijo—. Si alguno de los sabuesos intenta algo, matadlos. Pero no los quiero muertos sin razón. Estaré con ellos pronto. Tengo planes.
—Lo que usted ordene, señor —respondieron, de nuevo al unísono, como si estuvieran bajo un embrujo .
Los dos soldados tomaron a Aldani por los brazos, y se lo llevaron a rastras.
Karg sacó una daga, la puso en la espalda de Zark, y le obligó a caminar. El comisario hizo lo mismo con Arjen.
Salieron por la puerta de atrás a un pasillo largo y oscuro, malamente iluminado por pequeñas antorchas.
Llegaron al patio exterior, el cual tenía un pasillo techado que corría por el lado izquierdo. El capitán se sorprendió de ver que llovía, ligero pero persistente.
—Andad —le dijo el comisario Normán.
Llegaron hasta el final del pasillo y atravesaron por el pasto, a la intemperie, la lluvia pegándoles en la cabeza. El cielo se iluminó con un relámpago y después un trueno cercano. La lluvia arreció.
Cerca de la muralla estaba lo que parecía ser un granero muy grande, de piedra gris y un techo de madera. La puerta estaba flanqueada por dos guardias con lanza.
Entraron.
Esto no es un granero. Es una prisión.
Había jaulas. Muchas jaulas.
En ellas, hombres, algunas mujeres… y niños.
Por lo menos unos treinta niños de unos cinco a diez años. Arjen sintió un mareo, y por un momento estuvo a punto de vomitar.
—Por el Gran Creador —dijo el sargento Zark—. Esto es… una abominación.
—¿Cómo puede ser que os prestéis para algo así? —le dijo el capitán al comisario Normán.
—Cierra la boca, perro.
—¿No sois los defensores y guardianes del pueblo ?
El comisario se puso frente al capitán y le apretó la punta de la daga en el estómago.
—No es tenemos mucha opción, sabueso —dijo Normán—. El barón es invencible. O nos unimos a él, o sería peor.
—¿Cómo puede ser peor? ¡Mira eso! ¡Son niños! ¡En jaulas! ¿Y para qué? ¿Para beberse su sangre hasta matarlos?
—La mayoría de esos niños son callejeros.
—¿Y eso qué? —dijo Arjen.
—Pues que iban a morir de todos modos. Aquí reciben pan y agua cada día.
—Estás demente, Normán.
—Ellos o nuestros hijos, así de fácil —dijo el comisario—. Esa era la opción. Ellos —apuntó a las jaulas— o nuestros hijos. ¿Tienes hijos, capitán?
Arjen negó con la cabeza.
—Entonces no lo puedes entender.
Así que esa era la razón por la que Normán y sus hombres trabajaban para Dreksel. Les había dado una opción imposible. Ellos tenían, entonces, que traer las víctimas, como sacrificios, o sufrir las consecuencias.
—Ahora muévete —le dijo el comisario, y lo llevaron hasta una de las jaulas. Estaba vacía excepto por el comandante Joán Aldani, al que habían arrojado al suelo. Estaba tirado, en un ángulo extraño, vivo o muerto. La jaula era espaciosa, un cuadrado de diez pasos de ancho y largo.
Cerraron la puerta que, al igual que la jaula, era de barrotes, y pusieron el candado.
—¿Qué de la caverna? —preguntó el capitán—. ¿La caverna del culto a Azkharel?
—¿Y qué te importa ya? —respondió Normán—. De aquí no saldrás jamás. Tenlo por seguro. Algo sucede cuando el barón chupa la sangre de una de sus víctimas. Se vuelven… lentos.
—De todos modos quiero saber.
—Es un farol —dijo Karg, una sonrisa dibujada en el rostro.
—¿Un farol? —preguntó el sargento, que se veía ya un poco mejor. La piel, que había estado pálida, volvía poco a poco a su color normal.
—De cuando en cuando montamos un supuesto culto allí —dijo el comisario—, para que la gente se asuste y piense que las desapariciones son por alguna secta oscura que sigue sacrificando niños. Fue idea del barón y, debo decir, muy acertada, porque nadie había sospechado de él.
Ni siquiera nosotros , pensó el capitán. No en realidad. No teníamos idea de lo que esto era. Jamás lo hubiéramos podido imaginar.
—¿Y entonces? ¿Qué harán con nosotros? —dijo el sargento.
—Poneos cómodos —dijo Karg—. Al barón no le gusta la sangre vieja. Pero de vez en cuando prefiere algún adulto. Sin duda vosotros seréis los predilectos del barón.