El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Monstruo
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Monstruo

— PROFETAS —MURMURÓ ARJEN. El cuerpo le temblaba.

Delante de él, el barón seguía chupando el cuello de Joán Aldani, los sonidos de la succión fuertes y asquerosos.

Zark tenía la espalda pegada al respaldo de la silla, los ojos y la boca abiertos. Le pulsaba una vena en la frente.

Después de lo que pareció una eternidad, Ilden Dreksel abrió la boca, desencajó los dientes, y se inclinó hacia atrás.

— Írguete y quédate junto a mí —le dijo al comandante de la Santa Hermandad, quien obedeció, parándose junto al barón como si fuera su escudero, el cuello escurriéndole de sangre, las diminutas marcas impresas en la piel, de las cuales brotaban hilillos rojos.

—Ahhhh —dijo Dreksel, como si acabara de catar una fina copa del mejor vino—. La fuente de la vida. Lamento mucho que no tengáis el privilegio de disfrutar de un manjar como este, ¿eh, capitán ?

Arjen no respondió. No sabía qué decir.

Se tapó los oídos con fuerza. Zark también.

¿Funcionará?

El barón sonrió, mostrando dientes escarlata. Tenía la barbilla manchada de sangre. A Arjen de repente le pareció tener delante de él a un bufón, de esos que se pintaban la cara de blanco y la boca de rojo.

Dreksel se lamió los labios, tomó la servilleta del cuello y se limpió la boca y mentón.

—Eso no funciona, capitán —dijo, hablando más fuerte—. Si tan solo llega a tu tímpano una vibración de mi voz, será suficiente. Y si no me crees: ponte de pie.

Arjen obedeció. Maldita sea. No funciona.

—Siéntate.

Se sentó.

El barón soltó una carcajada.

—Qué divertidos sois. Ahora sabéis mi pequeño secreto —dijo, mirando primero al capitán y luego al sargento.

Ambos habían bajado las manos—. Cómo quisiera haceros como yo.

Quizá en otros mundos eso sea posible, pero en este no.

Nunca podréis saber lo delicioso que es tomar la fuente de la vida, el sabor de la sangre en la lengua, el vigor que produce en el cuerpo.

—Monstruo —musitó el capitán.

El barón Dreksel se rio, socarrón:

—Me divierte cómo pensáis vosotros, los humanos. ¿Es monstruo el chacal por comer carroña? ¿El coyote por devorarse al conejo? ¿El mosquito por chupar la sangre? ¿Yo, por rejuvenecerme gracias a la sangre de los niños?

Un escalofrío recorrió el cuerpo entero del capitán .

—¿Estás matando a los niños?

El barón negó con la cabeza:

—¿Matarlos? No. ¿Por qué haría eso, capitán? Son mi fuente de vida. El cuerpo humano es fascinante. Regenera la sangre. Matar a los niños sería deshacerme de una fuente alimenticia.

—Pero entonces, ¿por qué…?

—¿Por qué han desaparecido tantos niños? Eso es obvio, ¿no?

Sí lo era, ahora que lo pensaba bien. Usaba a los niños como ganado, dejándolos vivos para suministrarle la sangre que se bebía para mantenerse con vida.

—¿Por qué niños?

El hombre se encogió de hombros:

—Primero, es más fácil capturar a un niño que a un adulto.

Para traerme a este —dijo apuntando al comandante de la Santa Hermandad— necesité todo un escuadrón.

A los niños solamente les ofreces una manzana con miel, y vienen contigo.

—Lanzó una carcajada seca—. Además, la sangre joven es más dulce.

Sé que eso sonará ridículo a vuestros oídos, pero alguien como yo, con un paladar refinado, siente la diferencia.

Además, cada niño tiene su propio aroma, su propio sabor de piel.

—¡Monstruo! —gritó el capitán. Actuó sin pensarlo, por pura inercia. Se puso de pie, tomó la copa, la golpeó con fuerza contra la mesa, el cáliz salió volando y se quedó en la mano solo con el tallo de madera. Lanzó un grito y alcanzó a dar tres pasos cuando:

— Detente —dijo la voz. Se quedó petrificado, sin mover los músculos, plantado en el suelo como si sus pies hubieran echado raíz.

El sargento Zark lo intentó también. Se abalanzó sobre el brujo, ambas manos extendidas frente a él, al igual que los dedos. Tenía la intención de estrangular al chupa-sangre. Logró acercarse más que Arjen, pero el hechicero lo miró:

— Alto .

—Noooo… —alcanzó a decir Zark, y se quedó en donde estaba, con las manos hacia el frente, la cara una mezcla de espanto, ira y decepción.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Dreksel, divertido. Levantó un dedo y lo agitó—. Perros malos, perros malos. Eso estuvo muy mal. —Miró al capitán—: Siéntate en tu lugar.

Casi sin darse cuenta y sin saber cómo, ya estaba de regreso en el asiento. Crujiendo los dientes, dijo:

—Eres un maldito bastardo del infierno, hijo de Doriatán.

Con voz dulce contestó:

—Lo soy, capitán. Lo soy. —Agregó—: Cuando un perro se porta mal, hay que enseñarle una lección. Eso lo he aprendido en mis años de vida. Y los humanos son exactamente eso: animales. Tan estúpidos como los perros.

Se quedó un momento mirándolos, con los ojos brillando.

—Voy a poner unas reglas muy sencillas. El próximo que se levante de su silla sin permiso, mataré a su compañero. Sencillo de entender, ¿no creéis? Si te levantas de la silla, capitán, mato al sargento. Si el sargento lo hace, te mato a ti. ¿Entendido?

Arjen miró a Zark: sudaba profusamente. Él mismo sentía un sudor frío por todo el cuerpo.

Y sentía algo más. Algo que odiaba:

Miedo .

¿Cómo vencerlo? Tenía una idea. Pero necesitaba un momento. Quizá, solo quizá, funcionaría su plan .

El hechicero había dicho que era mortal. Y por la poca experiencia que Arjen tenía, pensaba que era verdad. Un cuchillo enterrado en el corazón. Una herida mortal, en el pecho, en el cuello, en la cabeza.

La única arma, el tallo astillado de la copa, yacía ahora en el suelo, a varios pasos de distancia. Nunca lograría llegar hasta allí, tomarlo, correr hacia el hechicero y clavárselo en la sien.

Gran Creador, estamos perdidos.

El barón, mirando rápidamente al comandante Aldani, le ordenó que se inclinara donde estaba.

Luego se dirigió al sargento:

—Ponte de pie.

Zark obedeció, la cara contorsionada de ira.

—Ponte frente al comandante.

Zark soltó un juramento mientras obedecía.

—¡Maldito bastardo, gusano de infierno! —dijo Arjen. Quería ponerse de pie, hacer algo, salvar al sargento. Pero sabía que en el momento en que se despegara de la silla, el hechicero cumpliría su palabra. Probablemente esperaba eso. La excusa perfecta para matar al sargento frente a él.

Y luego quién sabe qué hará conmigo. Yo podría ser su próxima víctima, un suministro de sangre por días, por meses, por años.

El sargento Zark Sedare se paró frente a Aldani, que seguía inclinado hacia delante, su torso en ángulo.

—Te mataré, brujo de los infiernos —dijo Zark, entre dientes. Tenía al barón a un brazo de distancia, pero no era capaz de moverse contra el titiritero.

— Succiona su cuello —dijo Dreksel.

—¡No! —gritó Arjen .

—No, por favor… —musitó Zark.

Pero no pudo resistirse a la orden.

Abrió la boca, mordió el cuello, y chupó.