La fuente de vida
—PUDE HABERLOS MANDADO matar —dijo el barón Ilden Dreksel—. De hecho, lo pensé bastante tiempo. Pero al final me ganó la curiosidad.
Arjen solo arrugó la frente. Tenía delante de él algún tipo de hechicero.
Eso los ponía, evidentemente, en significativa desventaja.
Sí, estaban solos con el barón, y podían intentar someterlo, incluso sin tener armas.
Pero si lo hacían enojar, ¿qué les haría?
¿Pedirles, por ejemplo, que se mataran a sí mismos, o el uno al otro?
No había cuchillos en la mesa, pero las manos, los puños, los pies podían ser poderosas armas.
Dreksel tomó su copa de vino y le dio un sorbo. Se lamió los labios.
—Me ganó la curiosidad de conoceros —continuó—. Podría decirse que soy un fiel seguidor vuestro.
—¿De qué demonios habla?
El barón introdujo su mano en la túnica y sacó de un bolsillo interior un panfleto de papel, doblado en tercios.
—¿Sabéis lo que es esto? Supongo que sí —dijo .
Arjen lo reconoció inmediatamente. Era un panfleto de Brisbán el Bardo, escritor de los folletines de «Los sabuesos del rey».
—Supongo que debéis de estar cansados, incluso fastidiados, de personas que os reconocen por las aventuras escritas aquí —dijo poniendo un dedo sobre el folletín, que había colocado en la mesa delante de él.
—Más de lo que podemos decir —respondió el capitán mirando rápidamente al sargento, quien sudaba, estaba tenso y respiraba profundo, intentando controlar su ira o temor.
—Cuando uno vive lo que yo he vivido, capitán, la vida se vuelve muy aburrida. En extremo aburrida. He pasado años viajando por el reino, incluso más allá. ¿Alguna vez habéis visto las montañas de Alaje-edán?
Arjen dijo que no con la cabeza.
—Supongo que no. Están más allá del norte inexplorado.
—El anfitrión hizo una pausa, se pasó el dedo índice por la línea de la quijada—.
También pasé algún tiempo entre los ragidianos.
Pero ellos son tremendamente aburridos. Solamente piensan en la guerra y en vengarse de Tresden.
Siempre termino regresando aquí, a esta isla.
—¿Es oriundo de aquí?
El barón sonrió con los ojos, mas no con la boca:
—Ni de aquí ni de allá, capitán. Nací en una antigua tierra que dejó de existir. Soy de una raza que está en extinción. ¿Sabéis de qué hablo?
—Puedo adivinar.
—Adivinad, entonces.
Arjen tragó saliva:
—La raza de los hechiceros.
—¿Vos creéis en eso, capitán ?
—Hace poco habría dicho que no.
—La Era de la Magia; así la llaman los cronistas del reino, ¿cierto? Sin embargo, ninguno de ellos estuvo allí. Incluso Regka, el cronista iluminado, vivió doscientos años después de la era mágica. Antes de la primera restauración.
—¿Y qué hace aquí?
—Cada cierto tiempo regreso para rejuvenecerme. Al igual que la muchos de los hechiceros que servimos a Doriatán, fuimos malditos. Somos eternos, pero no inmortales.
—¿Cómo?
—Podemos morir, capitán, por supuesto. Ningún hechicero puede sobrevivir a que lo decapiten o a que le claven una estaca en el corazón. Sin embargo, dependiendo de nuestra maldición, vivimos eternamente, siempre y cuando nos rejuvenezcamos.
—Entonces usted es el mismo barón Dreksel, al que apodaban el Verdugo.
Iksel Dreksel se rio, una risilla divertida e infantil:
—Han pasado ya casi doscientos años y la gente todavía me recuerda. Fueron años muy divertidos, capitán. Bebí de la fuente de la vida como nunca. Pero ahora llevo un año desde que regresé, y vosotros ya queréis cortarme la diversión. Eso no me gusta nada, capitán.
—Los tiempos han cambiado, supongo.
—Parece que sí. Ahora hay más comunicación en el reino. En aquel entonces, la isla del fuego prácticamente sobrevivía por sí misma. Y no existíais vosotros, por supuesto. Los sabuesos del rey. Con jurisdicción en todas las provincias. Ese soldadillo os mandó llamar y, por ello, pagó con su vida .
Así que él mandó matar a Vulán.
—¿Y entonces? —preguntó Arjen—. ¿Por qué mandarnos llamar, en lugar de mandarnos matar?
—Pensé que ya sería obvio —respondió—. Para quitarme el terrible aburrimiento.
Hubo un momento de silencio.
Al capitán se le erizó la piel. Estaban a merced del brujo. Si lo que quería era divertirse, había muchas cosas que podía hacer con ellos, sobre todo si ellos eran incapaces de resistirse a su voz.
La única arma a la mano era la copa de vino, pero ni siquiera era de vidrio sino de madera. De todas maneras podía intentar romperla contra la mesa, dejarla astillada e intentar clavársela en el cuello.
Pero estaba seguro de que, tan pronto como lo intentara, el hechicero lo detendría. O, habiéndola convertido en un puñal improvisado, le mandaría clavárselo en su propio pecho. O en de Zark.
El barón Dreksel dijo:
—Comamos, pues.
Tomó la campanita y la sonó.
Detrás de él, en una esquina a unos ocho pasos de distancia, se abrió una puerta. Entraron dos guardias, quienes sujetaban a un hombre que estaba evidentemente bajo la influencia del alcohol, alguna hierba, o alguna pócima.
Era el comandante Joán Aldani, con los ojos idos y la saliva escurriéndole por la barbilla. Apenas se sostenía en pie.
Dreksel se giró un poco para verlo de frente, y dijo:
— Atento .
Dos cosas pasaron en ese momento.
La primera: el comandante Joán Aldani se paró firme, los ojos bien abiertos.
La segunda: con la destreza de un prestidigitador, Arjen tomó el bollo de pan en su plato y lo escondió en un bolsillo de su túnica. El barón no lo vio, pues tenía su mirada puesta en Aldani. Zark sí notó el movimiento, y lo único que hizo fue arrugar ligeramente la frente.
Dreksel, con la mirada fija en el comandante, le dio otra instrucción:
— Ven .
El comandante de la Santa Hermandad obedeció, caminando hasta estar junto al barón.
Así que, para obedecer la «voz», debe haber contacto visual.
Probablemente era suficiente que el brujo viera a la persona que mandaba, incluso si la otra no lo mirara a él.
¿Y si me tapo los oídos?, pensó. Debo intentarlo.
— Inclínate —le ordenó el brujo al comandante Aldani.
El comandante hizo eso, de manera que su cuello quedó justo enfrente del barón, ligeramente por debajo de la altura de su mentón.
Aldani estaba congelado en una incómoda posición de reverencia.
El barón tomó de la mesa una servilleta de tela blanca, se la acomodó al cuello, y lo que sucedió a continuación dejó al capitán horrorizado.
Apenas lo vio por un momento, pero fue suficiente.
El barón abrió la boca grande, lo más grande posible, y Arjen alcanzó a ver que detrás de su dentadura había otra hilera de dientes, todos afilados. Pequeños dientecitos que brillaron.
Dreksel mordió el cuello de Aldani primero con delicadeza, encajando bien los múltiples colmillos, y luego con fuerza.
Y entonces empezó a succionar.