El barón
—¿ADÓNDE NOS LLEVARÁN? —preguntó el capitán al sargento.
—Ni idea —le respondió.
Estaban dentro del carromato, una pequeña prisión con una puerta reforzada y una ventanita con dos barrotes de hierro.
Las ruedas de madera hacían que el carro rebotara en cada piedra. Estaban en el suelo, amarrados de las manos, pero por lo menos no de los pies.
—Quizá a la comisaría —se preguntó Zark.
—Parece que no. Vamos en otra dirección.
El sargento, batallando, logró ponerse de pie y se asomó por la ventana.
—No reconozco lo suficientemente bien la ciudad.
—Yo tampoco, pero se me figuró que tomamos un camino hacia el este.
—Es cierto —respondió el sargento al recordar la posición del sol. Agregó—: Parece que vamos hacia las afueras de la ciudad .
—¿Sí?
—Así me parece —repitió.
—Si nos están sacando de la ciudad, no da buen augurio.
—No pinta bien.
Supuestamente los habían arrestado por asesinato.
Era un cargo serio, de los más serios, porque la pena era la muerte.
Puesto que ellos eran soldados de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey, la única manera de que fueran puestos a muerte era por un proceso legal en el cual un juez dictaría la sentencia, la cual no se podría llevar a cabo sin informar directamente al comandante de los sabuesos, el cual podría solicitar una revisión del caso.
Sin embargo, si los estaban sacando de la ciudad significaba que ni siquiera los llevarían a la cárcel.
Pero si la intención era simplemente matarlos, ¿por qué no deshacerse de ellos en el cuartel de la Santa Hermandad? Habría sido más sencillo. Acuchillarlos allí bajo la excusa de que pusieron resistencia. ¿Quién podría decir lo contrario?
Anduvieron por una vereda como por la mitad de una hora.
El sargento se asomó de nuevo y dijo:
—Siete Profetas, capitán. Creo que ya sé adónde nos llevan.
—¿Adónde?
—A la casa del Verdugo.
—¿Qué? —Arjen se puso de pie y miró también hacia afuera—. Por el Gran Creador, tienes razón, sargento.
—Queríamos entrar, y se nos va a cumplir —dijo Zark.
—Hubiera preferido entrar de manera furtiva.
El sargento se encogió de hombros:
—No siempre se cumplen nuestros deseos como nos gustaría, capitán.
—En eso tienes toda la razón.
Llegaron hasta el muro, en donde ya la puerta estaba abierta. Entró el carruaje, el cual era estirado por una mula, y escucharon la puerta cerrarse detrás de ellos.
Atrapados , pensó el capitán.
No era la primera vez que se enfrentaba a una situación así. De hecho, le fastidiaba que no había pasado mucho tiempo desde la última vez que ambos pasaron por algo similar.
El carro se detuvo, la puerta se abrió, y Karg les ladró que salieran. Las nubes estaban ya sobre ellos, negras y listas para descargar lo que parecía ser un buen chubasco.
—Caminad hacia el palacio, perros —les dijo el lugarteniente.
El palacio era elegante, firme, orgulloso.
Las paredes eran de un gris oscuro. Las torres subían rectas, con techos inclinados, y el viento movía las banderillas en las puntas.
Una escalinata ancha llevaba a la puerta, de madera gruesa.
Las ventanas eran delgadas en las torres y más grandes en el centro.
Alrededor de ellos, un patio con un césped bien cuidado.
A la derecha, un establo grande y un granero.
A la izquierda, un edificio que podría ser los dormitorios de la servidumbre, con una noria cerca de la puerta.
A excepción de los cinco soldados de la guardia que los habían acompañado en la excursión, no veían ningún guardia adicional.
Al subir las escaleras, antes de entrar, Karg dijo a los soldados:
—Desatadlos.
Mientras eso hacían, el lugarteniente se puso frente a ellos.
—Escúchame bien, capitán —le dijo—. El jefe quiere veros. Entraréis sin sogas en las manos. Pero te juro por el Gran Creador que si intentas cualquier cosa, o tu sargento, os mataré como lo que sois: perros callejeros. ¿Me oísteis?
Ninguno de los dos respondió o hizo gesto alguno.
Karg sonrió:
—Lo tomaré como un «sí». Seguidme.
Caminó frente a ellos, con dos soldados detrás.
Entraron primero al vestíbulo amplio, tomaron una puerta a la izquierda que los llevó por un pasillo largo.
Al final, doblaron a la derecha y continuaron por otro pasillo, pasando varias puertas.
De nuevo, llegaron al final, a unas puertas grandes, dobles, elegantes.
—Entrad —les dijo.
Lo hicieron, y Karg cerró la puerta, quedándose del otro lado.
El salón era largo y angosto, con un techo alto. Estaba casi a oscuras, sin ventanas, y la iluminación provenía de un candelabro puesto sobre una mesa rectangular para seis personas. A la cabeza de la mesa, un hombre, sentado, cuyo rostro no podían ver bien debido a la penumbra.
—Adelante, caballeros —escucharon la voz del hombre. Una voz delicada, serpentina, de perfecta dicción.
Se acercaron.
—Tomad asiento —les dijo apuntando con la mano dos asientos que tenían un plato servido con fruta, un poco de carne seca, bollos de pan y una copa de vino llena.
Arjen se sentó del otro lado de la mesa, frente al anfitrión, con el sargento Zark a su izquierda inmediata. Puesto que la mesa no era muy grande, el anfitrión estaba lo suficientemente cerca para verle el rostro .
Era difícil saber su edad. Quizá a mediados de los treinta inviernos.
Llevaba una hermosa túnica de color vino, con botones dorados, y un cuello blanquísimo elevado que le llegaba a la quijada.
La piel blanca, los ojos negros, labios delgados y nariz aguileña.
Parecía, un poco, como una serpiente. Frente a él solo una copa de vino, y una pequeña campanita dorada, como para llamar a la servidumbre.
Nadie habló por un momento. El hombre los contemplaba con curiosidad.
—Bienvenidos al palacio Dreksel, caballeros.
—¿Con quién tenemos el gusto? —preguntó el capitán.
—Soy el barón Ilden Dreksel.
Arjen recordó la conversación con Zark: que en esa casa había vivido, muchos años atrás, el barón Dreksel, apodado el Verdugo. Quizás el hombre que tenían enfrente era su descendiente.
—¿Gustan un poco de comida? El vino es exquisito. Les puedo garantizar que en toda su vida no han bebido uno como este. Añejo como ninguno. Con tonalidades de madera y flores que…
—Este es un secuestro ilegal —interrumpió el capitán.
El barón arqueó las cejas y entrelazó las manos, unos dedos largos y huesudos:
—Pero ¿cómo dice, capitán?
—Estamos aquí ilegalmente. Demando, bajo la autoridad del rey, que se nos regresen las armas y nos pongan en inmediata libertad.
—Todo a su debido tiempo, capitán sabueso. Primero, vosotros hoy sois mis huéspedes. Disfrutad de mi hospitalidad. Tomad un poco de vino.
—No tengo sed. Reitero lo que…
— Toma el vino —repitió el barón Dreksel, pero esta vez su voz fue diferente.
En lugar del timbre delicado, la voz retumbó en los oídos del capitán y, para su sorpresa, su mano tomó la copa, se la llevó a los labios y bebió.
Por poco se atraganta, pues luchó por no dejar pasar el vino por su garganta, ya que no tenía idea de qué era lo que estaba tomando o si podía estar envenenado.
Dejó la copa en la mesa y miró al sargento.
Zark tenía los ojos bien abiertos:
—Capitán… ¿está bien?
Estaba a punto de decirle que no, cuando el barón, mirando al sargento, le dijo:
—Tú también, toma el vino.
Sucedió lo mismo. La cara del sargento se tornó en una de espanto mientras veía su propia mano moverse —como si le perteneciera a otra persona—, tomar la copa y llevársela a los labios.
Arjen sintió un sudor frío brotándole por todo el cuerpo.
Miró al anfitrión, cuyos ojos negros parecían, si fuera posible, haberse vuelto más oscuros.
—Ahora que tengo vuestra completa atención —dijo Dreksel—, conversemos.